Caritas in veritate: Justicia y caridad

Lunes, 5 septiembre, 2011

Seguimos con la exposición temática que empezamos en Algunas ideas sobre la Encíclica Caritas in veritate. Aquí trataremos cómo se entrelazan y complementan estos dos elementos, justicia y caridad, en la encíclica:

La justicia es el primer criterio orientador de la acción moral en las relaciones sociales, sean del tipo que sean (cfr. n. 6). Refiriéndose en concreto a la economía, “la doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos. La obtención de recursos, la financiación, la producción, el consumo y todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales. Así, toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” (n. 37). La encíclica pone de manifiesto lo alejados que están muchos ambientes a este respecto, pues se tiende a considerar la actividad económica como algo regido por unas leyes propias que la convierten en autónoma, una especie de “lógica del dinero” en la cual la atención a la persona y a las exigencias de la justicia conducen a unas condiciones de desventaja inaceptables. En ese contexto, la atención a la moral queda marginada, de forma que quien tenga inquietudes de este tipo tendría que encauzarlas a través de actividades suplementarias a las que constituyen su actividad profesional o su actividad económica (inversión, por ejemplo). El documento sale al paso de ello en varias ocasiones, como cuando señala que “conviene esforzarse -la observación aquí es esencial- no sólo para que surjan sectores y segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto a las exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana” (n. 45). Es, por lo demás, una actividad profundamente humana -de entrada, el intercambio se basa en la confianza mutua-, por lo que la ética no es un añadido a la economía, sino una exigencia intrínseca a la misma: “la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (n. 45).

A la vez, la justicia no puede quedarse en sí misma, sino que conduce a la caridad, y -esto conviene subrayarlo pues no hay tanta conciencia de ello- de ella procede en realidad. El motivo es una profunda razón antropológica. “La caridad en la verdad pone al hombre ente la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente” (n. 34). De ahí que el dilema antropológico sea el amor al prójimo frente al exclusivo amor propio, el servicio o la búsqueda de sí mismo, el don de sí o el egoísmo. “Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (n. 34). Aplicada esta lógica a la labor profesional diaria, hay que concluir que “la caridad no es una añadidura posterior, casi como un apéndice al trabajo ya concluido de las diferentes disciplinas, sino que dialoga con ellas desde el principio” (n. 30).

La caridad no puede reducirse en la práctica a una virtud que “busca espacios” en la medida en que se lo permita la vida social, sino que está llamada a ser el centro mismo de la vida del cristiano en todos los ámbitos y posiciones sociales. Pensar de forma distinta supondría, se advierta o no, un principio serio de ruptura de la unidad de vida. Por eso, “la caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22, 36-40). Ella da la verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas” (n. 2). Cuando “en el ámbito jurídico, cultural, político y económico (…) se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales” (n. 2), la tarea del cristiano no puede consistir en aceptar esta mentalidad o plegarse a ella de hecho -aunque se deseara otra cosa-, quizás con la disculpa de que quien sostenga otro modo de ver las cosas desconoce la realidad específica de esos ámbitos, sino asimilarla interiormente, meditar sus consecuencias y buscar maneras concretas de abrir camino en su puesta en práctica: “todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis” (n. 7); “la visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad” (n. 19).

Es obvio que esta doctrina plantea retos importantes, de forma que resulta insuficiente la buena intención y el cuidado por evitar injusticias. Es necesario aplicar la inteligencia -una inteligencia práctica bien alimentada por la formación, el estudio, la experiencia y la oración- para entender las repercusiones del mensaje cristiano en la propia vida y traducirlo en obras. “Por eso, la caridad y la verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy vasto y complejo. Se trata de ensanchar la razón y hacer capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa «civilización del amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura” (n. 33). “Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad” (n. 77). “Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como don permanente de Dios” (n. 78).

Cfr. Fuentes

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