Sed del alma, sed de Dios
Miércoles, 23 marzo, 2011

Este 3º domingo de cuaresma nos invita a revisar nuestros tipos de sed y las maneras de saciarlas. Porque hay muchos tipos de sed y también muchas formas de calmarla. Podemos saciarla con el método “coca-cola”, aquel que nos calma momentáneamente, produciéndonos incluso un gran placer, pero poco después nos genera nuevamente una sed aún más intensa. O calmarla con el método “agua sin gas”, que aunque es mucho más suave e insípido, sus efectos resultan mucho más duraderos.
Como dice Mar Galceran, hay también distintos tipos de sed. Esta la sed tipo “cacahuete o chips”, porque una vez que los pruebas ya no puedes parar. Así tenemos, la sed de cambiar de canal, de conectarse al ordenador, de enviar SMS… Y la sed de comodidad, de dinero, de subir profesionalmente, de prestigio y afirmación personal, de poder, de influencia en los otros… Y la sed de hablar por el móvil, de ir al gimnasio, de leer libros, de correr con el coche, etc.
Hay otra sed distinta, más profunda y universal, es la sed tipo “aire”, porque desea algo necesario para vivir: es la sed de amor. Sed de ternura, de escucha y comprensión, sed de perdón, de paz y serenidad. Porque el cariñó, lo necesitamos todos. No tengamos miedo a querernos noblemente. Que os queráis mucho: no os de vergüenza tener corazón. No basta con que nos toleremos, eso es poco. ¡Cariño! Que es lo que distingue a los discípulos del Señor, de aquellos que no lo son.
Por último está la “sed del alma que busca a Dios”: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío” (Sal 41). A esta sed es a la que se refiere el Señor cuando dice a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú”. Hay, también, una sed en su alma (“le pedirías tú”) con la que nunca se ha enfrentado…. Escuchémoslo: “¿No ves que nunca quedas satisfecho? Todas tus riquezas y todos tus amores no bastan para llenar tu corazón. Cuando logras lo que deseas, pronto te cansas de ello y quieres más… Tienes sed, y no puedes saciarla. Yo, sin embargo, tengo la única agua que puede llenar tu alma para siempre”: “Quien beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.
No podemos vivir sin ese deseo, pues como decía Agustín con una expresión muy conocida: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Esa sed del alma que solo se sacia en Cristo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú”. Por eso le diremos: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz». Confesiones (X, 27, 38).
Madre mía, tú que supiste vivir con finura de amor, enséname a ser cada día mejor hijo de Dios y mejor hermano.
Encontrarás dragones
Miércoles, 23 marzo, 2011
Te hago una sugerencia cinematográfica que no te va a defraudar: Encontrarás dragones, del célebre cineasta Roland Joffé, que se estrena en España el viernes que viene.
Mirarse en su mirada
Miércoles, 23 marzo, 2011
Yo me confieso con una frecuencia prácticamente semanal (al menos lo intento), y he de admitir que a veces me cuesta un poco encontrar pecados. Así se lo dije hace muchos años a mi confesor. Para mi asombro, me dijo que eso se debía a que no conocía bien a Jesucristo. Yo esperaba que me dijera que se debía a que no me conocía bien a mí mismo.
Lo entendí cuando recordé, que cuando era joven y quería ponerme elegante, me miraba bien en el espejo para que no quedara caspa en las solapas y la corbata estuviera en su sitio, etc. Pero con frecuencia ocurría que al despedirme de mi madre, ella siempre encontraba algo que mejorar: un hilillo aquí, una mancha acá… ¿Por qué era tan fijona? Porque me quería mucho.
Compredí que la mirada cariñosa de Jesús, al igual que la de mi madre, me descubría muchas cosas en las que podría mejorar: Señor, ¿te parece bien cómo voy? ¿Es de tu agrado esta actitud que tengo?…
Jesucristo nos quiere mucho —también con corazón humano— y se siente dolido si nos metemos en la cama sin decirle algo, o nos levantamos como un perrito, sin hacer siquiera la señal de la cruz. Me enseñaron a hacerme tres preguntas antes de meterme en la cama: ¿Qué he hecho bien hoy? ¿Qué he hecho mal hoy? ¿Qué puedo hacer mejor mañana? Quien se enfrente consigo mismo de esta manera, seguro que encuentra aspectos en los que mejorar y pedir perdón.



