Benedicto XVI dos semanas después de dedicar la catequesis de la Audiencia General a Santa Teresa de Jesús, ayer miércoles volvió a hablar de otro carmelita, contemporáneo de la santa Española: San Juan de la Cruz. Nació en 1542, y una vez ordenado sacerdote, de inmediato se unió al proyecto de reforma llevadas a cabo por el Carmelo de Santa Teresa de Ávila, “para mayor gloria de Dios.”. Entro otras cosas, benedicto XVI dijo:

Si un hombre tiene en sí un gran amor, este amor casi le da alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Cristo Jesús. Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar la carga de cada día. Y la santidad no es obra nuestra, muy difícil, sino que es precisamente esta “apertura”: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar, no olvidar a Dios porque precisamente en la apertura a su luz se encuentra fuerza, se encuentra la alegría de los redimidos. Oremos al Señor para que nos ayude a encontrar esta santidad, a dejarnos amar por Dios, que es la vocación de todos nosotros y la verdadera redención. Gracias.

Cfr. Texto completo de la audiencia general.

El amor nos hace vulnerables

Jueves, 17 febrero, 2011

«Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra.»

Al leer esta frase, es bueno recordar que en muchas ocasiones quisieron los judíos apresar a Jesús, y sólo cuando humanamente le fue imposible escapar sin herir a hombre alguno se entregó a ellos. El resto de las ocasiones vemos a Jesús evadiéndose, retirándose, escapando de ser detenido y lo hace con mucha habilidad. Pero nadie dirá que Jesús no cumplió lo que enseñó, ni que retiró la mejilla siempre que pudo. Otro ejemplo, cuando el sumo sacerdote Ananías ordena que castiguen a Pablo, él reacciona censurando la acción: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” (Hech 23, 3). Pero nadie dirá que esto fue un pecado de ira del apóstol o una falta de humildad.

Y es que la Nueva Ley que el Señor nos trae, antes que en la conducta ha de residir en el corazón, porque es de ahí de donde toma su verdadero valor, “aguas arriba”, de donde nace.

Me explicaré un poco más. El amor, lo sabemos por experiencia, nos hace vulnerables. Cuando amamos a alguien, le estamos entregando las llaves de nuestro corazón. Es decir, le damos el poder sobre nosotros de hacernos feliz o de arruinar nuestra vida. Resulta evidente que si alguien que no conozco me agravia, me duele relativamente; pero si el que me ofende es un ser muy querido, entonces se me parte el alma.

Dios al decidir amarnos, nos ha dado el poder de romperle el Corazón, así como el poder de consolarlo… parece increíble pero es así. Al pecar la primera vez, le abofeteamos por primera vez sus mejillas, y Él, a pesar de todo, decidió seguir amándome, es decir, seguir vulnerable… ofrecerme la otra mejilla. Y después, vino otro pecado, y otro “te quiero”, y otra mejilla… Por eso Jesús crucificado tiene las mejillas destrozadas.

Ahora viene la pregunta: Tú y yo, que hemos sido amados, y seguimos siendo amados de este modo, ¿dejaremos de amar a quien nos ofenda?… Es lícito, evitar como hizo Jesús, y denunciar la ofensa, como hizo Pablo… Pero se nos enseña que hemos de seguir amando, seguir siendo vulnerables.

Las palabras del Señor adquieren su sentido pleno al contemplar la llaga del Costado de Cristo, y entramos a través de ella en el Corazón de Jesús. Por eso, vamos con María al Calvario un momento, y pongamos con ella un beso en las mejillas rotas de su Hijo.

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