Karl Giberson

En un interesante artículo de Nuestro Tiempo,  Isabel Solana destaca la figura de Karl Giberson que por su doble faceta de físico y teólogo constituye el ejemplo vivo de que la amistad entre fe y ciencia resulta posible. No en vano,  ha dedicado a este campo más de veinte años de investigación en el Eastern Nazarene College (Estados Unidos). Entre sus publicaciones se encuentran algunos libros considerados de referencia, como The Oracles of the Science, que escribió junto con el fallecido profesor de la Facultad Eclesiástica de Filosofía Mariano Artigas. Es además director del Foro sobre Fe y Ciencia del Gordon College, vicepresidente de la Fundación BioLogos –creada junto con Francis Collins, responsable del Proyecto Genoma Humano–, y editor jefe de la revista Science&Religion Today. En un momento de la entrevista Karl Giberson dice:

Es un error pretender que la fe se convierta en ciencia. Precisamente, una de las cosas que más frustra a los creyentes es intentar que su fe tenga el mismo tipo de apoyo racional que la ciencia. Los compromisos más importantes de la vida suelen requerir la superación de los datos que se poseen. Los hechos nos ponen en una dirección, pero se trata de dar un paso más. No es adoptar creencias sin motivo o completamente irracionales, pero tampoco se puede justificar todo mediante una argumentación racional. Afirmar que Dios existe, que es bueno, que se reveló en Jesús y que la Iglesia porta la verdad de esa revelación a lo largo de los siglos implica asumir unos argumentos que sobrepasan lo que se podría conseguir de forma científica. Si nos limitásemos a las conclusiones de la ciencia, nunca podríamos asegurar que nuestra esposa nos quiere o que nuestros hijos se preocupan de nosotros, pues todo lo que podríamos afirmar serían ciertos modelos empíricos de comportamiento.

¿Cree que algunos científicos desdeñan la fe porque la consideran mera especulación?

La Teología y la fe religiosa se mueven en el campo de las generalizaciones metafísicas sobre el carácter último de toda realidad; en ese sentido, hay más especulación que en la ciencia. Pero también hay una dimensión de fe en esta última; debe creer en la predecibilidad de la naturaleza, en la consistencia de las leyes y en el poder de la razón humana. Darwin mostró su perplejidad ante el hecho de que nuestra capacidad de razonar evolucionase a través de la selección natural. No podía dilucidar por qué nuestra razón debería ser fiable en ese caso. Se preguntaba por qué, si el cerebro de los humanos se desarrollaba en las tierras de África hace un millón de años para alimentarse, encontrar pareja y tener descendencia, por qué puede hacer ahora mecánica cuántica. No hay ninguna razón en absoluto, pero el hecho es que somos capaces. Contestar este tipo de cuestiones supone un asunto de fe para el poder de nuestra racionalidad humana.

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