Los ojos de Simeón

Miércoles, 2 febrero, 2011

Hoy es la Presentación del Niño en el Templo. Al leer el Evangelio de la misa, me ha llamado la atención un aspecto de Simeón. La insistencia en sus ojos y en su mirada. Primero se nos dice que había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Señor.

Después se nos dice que al entrar sus padres al Templo, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu promesa: porque mis ojos han visto a tu Salvador”

La verdad es que comprendo a Simeón. Me lo imagino en una actitud de espera toda su vida. Ya desde muy joven, desde que el Señor le hizo la promesa, sus ojos solo descansarían cuando reposaran en la faz del Salvador. Ninguna criatura retuvo sus ojos más de lo necesario. La belleza de los montes, las sombras de los bosques, las luces del atardecer, el brillo de los ojos de una mujer hermosa…, Todos reclamaban su mirada, pero él sabía que no era eso, que sus ojos estaban reservados para su Señor… Y así fueron pasando sus años, uno tras otro, y sus ojos vírgenes seguían a la espera del cumplimiento de la promesa de que debía entregarlos sólo a aquella belleza…

Quizás alguna vez dudó al ver que la edad se adueñaba de su esperanza ¿Habrá sido para nada tanta abnegación? ¿Qué dirán ahora aquellos que saciaron sus ojos con los brillos de este mundo?… Pero, entonces apareció Él. Se cumplió la promesa: ¡ha valido la pena!… Entonces, y por primera vez, aquellos ojos se abrieron de par en par y se sacian amando en aquella Luz  de Cielo, maravillosa, que procede de los ojos de Aquel Niño.

Vamos tu y yo a aprender de Simeón a cuidar nuestra mirada, a reservar también nuestros ojos para Dios: bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Virgen del Amor Hermoso, llévanos hasta Jesús y “Después de este destierro… Muéstranos a Jesús, Fruto bendito de tu Vientre“.

Una última cosa. Madre ¡cómo abrazarías a Jesús niño después de escuchar aquellas  palabras de Simeón!: “Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción”. Lo estrechaste contra tu pecho con más amor que nunca y desde entonces decidiste no dejarle nunca y prepararte para ser fuerte cuando llegara aquel momento

 

Hace ya tiempo que pusimos esta entrada en el blog pero es bueno de vez en cuando volver a repasar los temas importantes. Y este lo es.

A veces nada resulta tan eficaz para distanciarse de uno mismo como el sentido del humor. El buen humor es una actitud que nos ayuda a situarnos un poquita más allá de esa situación concreta que nos preocupa.

También resulta muy eficaz, aprender a reírse de uno mismo. Muy posiblemente sea el mejor camino para salir de esos atolladeros angustiosos en los que a veces nos metemos.

Es propio del sentido del humor generar un cierto desprendimiento de uno mismo, que tiene, en sí mismo, un efecto muy positivo en nuestra psicología.

A través del buen humor aprendemos a distanciarnos y a ironizar sobre esas situaciones o circunstancias que con frecuencia nos preocupan en exceso, aprendemos a mirar de frente a la angustia, y si es necesario llegar a reírnos de ella ante sus narices. Para ello a veces es necesario coraje y saber aguantar el ridículo.

En el Diario de un cura de aldea, de Bernanos, se encuentra esta bella sentencia: Es más fácil de lo que se piensa el odiarse; la gracia consiste en saberse olvidar”. Conseguir liberarnos de ese exceso de reflexión sobre uno mismo mediante el olvido de sí y la sana espontaneidad en la vida real, siempre ayuda a ver las cosas en una perspectiva más real (más madura) y menos subjetiva.

Quizás una de las claves de la felicidad esté en pensar más en los demás, en reírse de uno mismo… En definitiva, en la trascendencia de uno mismo, en el olvido de sí y en centrarse en una misión que dé sentido, alegría y sabor a la vida.

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