El príncipe feliz

Martes, 1 febrero, 2011

Estos días por las calles de Oviedo se está viendo un cartel publicitario en el que aparece una niña con una cartulina que dice: “¿quieres tener menos tiempo para ti y ser más feliz?...” La pregunta se las trae. Aquí os dejo con uno famoso relato que encontré y que está relacionado. Se trata de la fábula de Oscar Wilde, que presentamos resumida, y que ha sido definida como «una de las más bellas de todos los tiempos».

La estatua del Príncipe Feliz dominaba la ciudad. Toda ella estaba revestida de láminas de oro; por ojos tenía dos diamantes y un gran rubí resplandecía en la empuñadura de su espada.

Una noche llegó a la ciudad una golondrina. Sus compañeras se habían marchado al sur seis semanas antes. Ella se había retrasado y debía volar antes de que llegase el frío. Vio la estatua encima de una columna y decidió pasar la noche allí. Se posó a sus pies, protegió la cabeza debajo de las alas y se durmió. Hasta que sintió que le caía una gota de agua.

- ¿Estará lloviendo? -se preguntó la golondrina. Y le cayó otra gota.

Segura de que llovía, decidió buscar mejor sitio para dormir. Pero antes de que pudiese abrir sus alas, la golondrina vio algo asombroso: a la estatua del Príncipe Feliz le brotaban lágrimas de los ojos. Eran las gotas que la habían mojado.

- ¿Por qué lloras? -le preguntó la golondrina, intrigada.

- Lloro porque, cuando estaba vivo, tenía un corazón como el tuyo y me pasaba las horas jugando en los jardines de mi palacio. Todo me alegraba y por eso me llamaban Príncipe Feliz. Pero, desde que me han puesto en este lugar tan alto, puedo contemplar a todas las personas tristes del pueblo y, aunque ahora tengo un corazón de plomo, la tristeza de los demás me hace llorar. Mira, no lejos de aquí vive la señora más pobre de este pueblo. Su hijo está enfermo y tiene mucha sed. El niño le pide naranjas a su madre, pero ella no tiene con qué comprarlas y sólo puede darle agua del río. Toma uno de mis ojos de diamante y llévaselo.

Aunque la golondrina sabía que debía huir de aquel frío mortal, hizo lo que le pidió el Príncipe Feliz. Cogió en su pico uno de los ojos de diamante y lo llevó a la madre.

Cuando la golondrina regresó a la plaza donde estaba la estatua, dijo al Príncipe:

- ¡Qué extraño! Con todo el frío que hace, siento un calorcillo que me crece en el pecho.

- Te sientes así -comentó el Príncipe- porque has obrado bien. Toma ahora mi otro ojo y entrégalo a aquella niña que busca pan para la familia y no lo encuentra. Leer el resto de esta entrada »

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