Edith Stein: “Mi sed de verdad era toda una oración en sí misma”

Viernes, 12 noviembre, 2010

Edith Stein

Como cada viernes, la conversión de algún personaje de relieve entra a  formar parte del blog. Seguimos,como otras veces, el libro de José Ramón Ayllón, 10 ateos cambian de autobus. Esta vez se trata de Edith Stein (1891-1942), la menor de una familia de alemanes judíos, fue educada según un elevado código ético integrado por virtudes como la sinceridad, el trabajo, el sacrificio y la lealtad. En su magnífica autobiografía, que lleva por título Estrellas amarillas, nos cuenta que conocía la religión judía pero no creía en ella ni la practicaba, y que su búsqueda apasionada de la verdad le llevó a estudiar Filosofía en la Universidad de Gottingen, porque allí enseñaba Edmund Husserl, famoso por su obra Investigaciones lógicas. Husserl, que había abandonado las Matemáticas por la Filosofía, gozaba de un inmenso prestigio y desenmascaraba el cientificismo con palabras severas:

«La ciencia no tiene nada que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las cuestiones del sentido o sinsentido de la existencia humana».

Edith participa activa y gozosamente en la vida universitaria. Esos años serán para ella una etapa de especial maduración:

Todas las pequeñas bonificaciones que nos proporcionaba nuestro carné de estudiantes —rebajas para el teatro, para conciertos y otros espectáculos- las veía yo como un cuidado amoroso del Estado para con sus hijos predilectos, y despertaban en mí el deseo de corresponder más tarde con agradecimiento a la sociedad y al Estado, mediante el ejercicio de mi profesión. Yo me indignaba por la indiferencia con que la mayoría de mis compañeros reaccionaban ante las cuestiones sociales. Algunos no hacían otra cosa en los primeros semestres que ir tras los placeres. A otros solo les preocupaba lo que necesitaban para pasar el examen y más tarde asegurarse el pesebre.

Entre los compañeros de Edith se decía en broma que, mientras otras chicas soñaban con besos, ella soñaba con Husserl. Lo cierto es que, a través de las Investigaciones lógicas, se embarcó en la búsqueda incondicional de la verdad hasta llegar a ser ayudante de cátedra del maestro. Alrededor de Husserl se había formado un grupo de jóvenes bien dotados y tenaces en el estudio: Adolf Reinach, Max Scheler, Roman Ingarden, Hans Lipps, Dietrich von Hildebrand y algunos otros. Todos brindaron a Edith su amistad y dieron a esos años un sabor inolvidable:

¡Querida ciudad de Gottingen! Creo que solo quien haya estudiado allí entre 1905 y 1914, en el corto tiempo de esplendor de la escuela fenomenológica, puede comprender lo que nos hace vibrar este nombre.

Edith se integró en el grupo gracias a la generosidad de Adolf Reinach, joven profesor de mente aguda y gran corazón. Reinach, ateo, se enfrentó al horror de la guerra en 1914, y la búsqueda de sentido le llevó a la fe cristiana. Edith también se sintió fascinada por Max Scheler, converso igual que Reinach:

Tanto para mí como para otros muchos, la influencia de Scheler rebasó los límites del campo estricto de la Filosofía. No sé en qué año llegó a la Iglesia católica, pero ya por entonces se encontraba imbuido de ideas católicas y las propagaba con toda la brillantez y la fuerza de su palabra. Este fue mi primer contacto con un mundo completamente desconocido para mí. No me condujo todavía a la fe, pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los que yo no podía estar ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos ver todas las cosas sin prejuicios ni anteojeras. Así cayeron los prejuicios racionalistas en los que me había educado sin darme cuenta, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí. Personas con las que trataba diariamente y a las que admiraba vivían en él. Tenían que ser, por lo menos, dignas de ser consideradas en serio.

Los prejuicios de Edith eran los prejuicios de todo racionalismo: a tendencia a pensar que solo el conocimiento que significa un control exhaustivo de la realidad es digno de una persona culta. Esos prejuicios la encerraron durante años en un mundo estrecho, hasta que el trato con la escuela fenomenológica fue derribando las barreras. Un día, paseando con Pauline Reinach por la ciudad vieja de Francfort y recordando lo que de ella cuenta Goethe, Edith confiesa que le esperaba una experiencia mucho más impresionante:

Entramos unos minutos en la catedral y, en medio de aquel silencio, entró una mujer con su bolsa del mercado y se arrodilló con profundo recogimiento para orar. Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo conocía, se iba solamente para los oficios religiosos. Aquí, en cambio, cualquiera en medio de su trabajo se acercaba a la iglesia vacía para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar.

La Primera Guerra Mundial hace saltar la paz en mil pedazos. Papini dirá que, en esos años, Europa será un infierno iluminado por la condescendencia del sol. Edith se enfrentará a esa nueva situación con energía y un gran sentido de la solidaridad.

Ahora mi vida no me pertenece, me dije a mí misma. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales.

Supe que se preparaba un curso de enfermeras para estudiantes e inmediatamente me inscribí. A partir de ese momento fui a diario al Hospital de Todos los Santos. Asistía a clases sobre cirugía y epidemias de guerra y aprendí a hacer vendajes y a poner inyecciones. También hacía ese curso mi antigua compañera Toni Hamburger, y ambas competíamos por adquirir conocimientos. Como nuestro manual de enfermera no me satisfacía, en casa eché mano del atlas de anatomía de Erna y sus gruesos manuales de Medicina. Iba frecuentemente a la clínica de ginecología a verlas y para hacer prácticas de asistencia a partos. Se alegraban mucho de mi interés por su especialidad.

Tuvimos que declarar si nos poníamos a disposición de la Cruz Roja. Por parte de mi madre encontré una fuerte resistencia. Como sus argumentos no surtían efecto, me dijo con toda su energía: «No irás con mi consentimiento». A lo cual yo repuse abiertamente: «En ese caso tendré que ir sin tu consentimiento». Mis hermanas asintieron a mi dura respuesta. Mi madre no estaba acostumbrada a una resistencia semejante. Arno o Rosa le habían dirigido frecuentemente palabras mucho peores, pero en momentos de excitación en los que estaban fuera de sí, y que se olvidaban inmediatamente. En este caso, la situación era peor.

Adolf Reinach muere en el frente de batalla. Edith viaja a Friburgo para asistir al funeral y consolar a la viuda. La entereza de su amiga Ana, su confianza serena en que su marido estaba gozando de la paz y la luz de Dios reveló a Edith el poder de Cristo sobre la muerte. Hubiera sido comprensible la rebelión de Ana ante la desgracia que destruía su vida, y Edith hubiera considerado normal encontrarla abatida o crispada. Pero se encontró con algo totalmente inesperado: una paz que solo podía tener un origen muy superior a todo lo humano.

Allí encontré por primera vez la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En esos momentos, mi incredulidad se derrumbó, y el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz.

Esta luz se acrecentó de forma decisiva en la casa de campo de unos amigos. Pasaba Edith unos días de vacaciones. Una noche tomó de la biblioteca un libro al azar, que resultó ser La vida de Santa Teresa, su célebre auto-biografía.

Empecé a leer y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro, me dije: «¡Esto es la verdad!».

El 1 de enero de 1922, Edith sintió que, con el bautismo, renacía a una vida que la colmaba de gozo. Dejó la Universidad y trabajó en el Instituto Pedagógico de Münster hasta su destitución, en 1933, por el régimen nacional-socialista. Un año más tarde profesó como carmelita descalza. En 1938, ante el antisemitismo nazi, sus hermanas del Carmelo de Colonia piensan que es prudente que salga de Alemania y se traslade al convento de Echt, en Holanda. Allí fue hecha prisionera en 1942. El 9 de agosto de ese mismo año entregó su alma al Señor en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz.

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One Response to “Edith Stein: “Mi sed de verdad era toda una oración en sí misma””


  1. para quienes siempre están criticando a los protestantes: la querida ciudad de Göttingen es la flor y nata del protestantismo alemán ;)


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