El sábado último vimos la película El Concierto, de Radu Mihaileanu. Me pareció buena, incluso muy buena. El tema de fondo: la redención de los errores del pasado y el triunfo de la verdad, la belleza y el amor, como búsqueda última de la vida. Los personajes parecen vivir encerrados obstinadamente en el pasado, pero una circunstancia fortuita les permitirá redimirse de algún modo y así dar comienzo a una nueva realidad.

La película me recordó esa dificultad que todos tenemos a perdonarnos de nuestros errores y fracasos. Todos sabemos que, muchas veces, perdonar es difícil. Pero quizá para algunos sea especialmente difícil perdonarse a sí mismos. Y están tristes porque no se perdonan sus propios fracasos, porque alimentan sus errores dándoles vueltas en su memoria, porque parece que se empeñan en mantener abiertas sus propias heridas. Son como cadenas que se ponen a sí mismos, cárceles en las que se encierran voluntariamente.

A lo mejor están tristes y sienten dentro del corazón como una especie de lanzada que les amarga la existencia, porque cargan con una responsabilidad que no les corresponde, por un fracaso que no es suyo, al menos en su totalidad.

La falta de perdón para uno mismo suele generar tristeza, y una y otra tienen su origen en el orgullo. Y así como el orgullo del que es simplemente vanidoso, o de quien está pagado de sí mismo, es el más corriente y menos peligroso; en cambio, pasarse la vida dando vueltas a los propios errores suele ser señal de un orgullo más refinado y destructivo.

Es preciso aprender a aceptarse serenamente a uno mismo. Aceptarse, que nada tiene que ver con una claudicación en la inevitable lucha que siempre acompaña a toda vida bien planteada, sino que es encontrar un sensato equilibrio entre exigirse y comprenderse a uno mismo.

A continuación te pongo dos ejemplos prácticos: Leer el resto de esta entrada »

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