Fiódor Dostoievski: “De repente, como por milagro, todo el odio y el rencor se desvanecieron en mi corazón”

Viernes, 6 agosto, 2010

Seguimos con la entrada que dejamos a medias: Fiódor Dostoievski: “Pero yo me pregunto cómo podría obrar bien sin Dios, a quién amaría el hombre entonces, a quién cantaría himnos de alabanza”. Seguimos con el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”. Tras su condena a Sibería, Dostoievski fue desposeído de su título de noble, de su graduación militar (teniente de ingenieros) y de sus derechos civiles. Enviado al presidio militar de Omsk, cumplió su condena desde enero de 1850 hasta febrero de 1854. Después sirvió en Siberia como soldado raso hasta 1859. Con los derechos civiles recobrados, fue autorizado a regresar a San Petersburgo, ciudad en la que pudo pro-seguir su oficio de escritor. En 1860 publicó Memorias de la casa muerta, obra única e irrepetible en la medida en que también lo fue su experiencia del presidio, pero también por el complejo y fascinante equilibrio entre auto-biografía, ensayo y ficción. Las condiciones materiales del penal siberiano eran durísimas.

Vivíamos apretujados todos en una barraca. Imagínate una construcción de madera, vieja y ruinosa, que se suponía debía haber sido derribada mucho tiempo atrás. En verano había una intolerable proximidad. En invierno, un frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La mugre en el suelo tenía casi tres centímetros de espesor, y te hacía resbalar y caer. Pulgas, piojos y cucarachas a montones. Las ventanas tenían también tres centímetros de hielo en los cristales. En el techo goteras, y por todas partes corrientes de aire. La estufa, con seis leños, no conseguía caldear el ambiente, sino llenarlo de un humo irrespirable. Y esto duraba todo el invierno. Dormíamos sobre tablas desnudas. Extendíamos sobre nuestros cuerpos el abrigo de piel de oveja, que dejaba los pies al descubierto. Toda la noche la pasábamos temblando.

En la prisión de Omsk, una docena de presos pertenecían a la nobleza. Los demás prisioneros eran campesinos, personas rudas e irritables, con un odio ilimitado hacia la nobleza.

A nosotros nos recibieron con hostilidad y se alegraban de nuestra desgracia. Si hubieran tenido oportunidad, nos habrían comido vivos (…). Eran ciento cincuenta enemigos que jamás se cansaban de acosarnos (…). Y nosotros teníamos que padecer todo su hostigamiento y venganza contra la nobleza, que era la razón de su vida.

Fue intolerable la miseria de todo el primer año de prisión. El continuo aborrecimiento con que me trataron los prisioneros, por ser caballero, envenenó toda mi vida. Pero un día, echado en las tablas sobre las que dormían, Dostoievski recordó un incidente de su niñez. Tenía nueve años, estaba en un bosque de su finca y creyó oír un grito avisando que había un lobo en los alrededores. Salió corriendo del bosque, hacia un campesino que estaba arando. Era Marey, un siervo de su padre. Llegó hasta él aterrorizado y temblando. Entonces Marey interrumpió su trabajo, sonrió al chico «como una madre», lo bendijo con el signo de la cruz y le aseguró que no había ningún lobo y que nadie había gritado. Después le dijo que se fuera a su casa, y le aseguró que no lo perdería de vista.

Todo esto volvió a mi memoria de súbito, con sorprendente claridad y detalle (…). Aunque yo fuera su único hijo, él no me pudo haber mirado con más amor. ¿Quién le obligó a hacerlo? (…). Solo Dios vio, tal vez, desde lo alto, aquel profundo y moral sentimiento humano, la ternura tan delicada y casi femenina que podía contener el corazón de un rudo campesino ruso, bestialmente ignorante, que no esperaba ni siquiera sospechaba que podía ser libre.

Como resultado de este consolador recuerdo, la actitud de Dostoievski hacia sus compañeros de prisión experimenta una transformación mágica.

Recuerdo que, al levantarme del entarimado y observar con atención a quienes me rodeaban, sentí de pronto que podía ver a estos desgraciados con ojos por completo diferentes. De repente, como por milagro, todo el odio y el rencor se desvanecieron en mi corazón. Y caminé entre ellos contemplando sus rostros. Ese campesino despreciable, con cabeza rapada y marcas de hierro candente en la cara, que se tambaleaba por la bebida y vociferaba su canción de borracho… ¿no podía ser Marey?

La mirada del escritor preso empieza a cambiar. Es cierto que Dostoievski descubrió la maldad humana en La casa muerta, «las acciones más terribles y anormales, y los crímenes más monstruosos, narrados con las risas más espontáneas, más infantilmente alegres». Pero también es cierto que allí realizó el hallazgo contrario: que la mayoría de los campesinos encerrados eran mucho mejores de lo que él había creído en un principio.

Era un gozo descubrir el oro debajo de la dura y áspera superficie. Y no en uno, ni en dos, sino en varios. Es imposible no respetar a algunos de ellos, y algunos eran positivamente espléndidos. Le enseñé a un joven circasiano, condenado por asaltar en los caminos, a leer y escribir en ruso. ¡Me colmó de gratitud! Otro reo lloró al despedirse de mí. Solía darle dinero…, poca cosa. En cambio, su agradecimiento fue infinito.

A Dostoievski le impresionó el cambio que provocaban en los reclusos las solemnidades cristianas. Respecto al día de Navidad, comenta que «el respeto por el augustodía es costumbre observada estrictamente por los presos. Muy pocos se embriagan y todos se comportan con seriedad. Los prisioneros percibían inconscientemente que por la observancia de la Navidad seguían en contacto con el resto del mundo, que no estaban completamente aislados del género humano». Ese ambiente no era mera ilusión de los reclusos, pues iba acompañado de una solidaridad real:

Llegaba una inmensa cantidad de provisiones: roscas, pastelillos de requesón, pastas, bizcochos y otros sabrosos alimentos parecidos. Creo que no había en la ciudad una sola madre de familia que no enviara algo de lo que había horneado, a manera de saludo navideño.

Los habitantes de la ciudad también enviaban limosnas a lo largo del año. Algunas eran entregadas a los presidiarios cuando caminaban por las calles de Omsk en cuadrillas de trabajo, arrastrando sus grilletes y escoltados. La primera vez que Dostoievski experimentó esa caridad fue al poco tiempo de ingresar en el penal. Una niña de unos diez años se acercó a él y puso en su mano una moneda. «Toma este Kopeck en nombre de Cristo», dijo la niña, y el novelista lo guardó como un tesoro durante muchos años. Dostoievski también atesoró estas experiencias, y en el futuro se opondrá con firmeza a todos los que deseen reemplazar los valores cristianos por una mera ética. Él había experimentado el cristianismo en circunstancias en las que la supervivencia de cualquier moral podía considerarse un milagro. Antes de ingresar en el penal, unas mujeres habían reconfortado al grupo de condenados:

Hicieron el signo de la cruz y nos entregaron el Nuevo Testamento, único libro permitido en prisión. Lo tuve bajo mi almohada durante los cuatro años de mis trabajos forzados. Lo leía a veces, y se lo leía a otros. Usando el Nuevo Testamento enseñé a leer a un presidiario.

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