Ernesto SÁBATO: “En la soledad de mi cuarto, abatido por la muerte de Jorge, me he preguntado qué Dios parece esconderse detrás del sufrimiento”

Martes, 20 julio, 2010

Ernesto Sabato

Entresaco estos fragmentos escogidos del libro de José Ramón Ayllón “10 ateos cambian de autobús”.
En 1998, con casi noventa años de edad, embarcado «en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de cualquiera», Ernesto Sábato (1911) escribe Antes del fin. Un libro atípico, testamento intelectual y existencial de un novelista y ensayista también atípico, comprometido desde su juventud con la justicia, enamorado de la belleza, obsesionado por la verdad, por el sentido de «los hechos fundamentales de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor y la muerte».
¿Para quién escribe Antes del fin?

Sobre todo, para los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, soñado, escrito, pintado o, simplemente, esterillado sillas. Además, este libro «quizá ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores», donde también descubrimos en la belleza de la naturaleza, en la emoción del arte, en la nobleza de tantos gestos humanos, «modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia».
Sábato reflexiona al hilo de su propia biografía, que resume como «una vida llena de equivocaciones, desprolija, caótica, en una desesperada búsqueda de la verdad».

Hacia los dieciséis años empecé a vincularme con grupos anarquistas y comunistas, porque nunca soporté la injusticia social. En medio de la crisis total de la civilización que se levantó en Occidente por la primacía de la técnica y los bienes materiales, miles de muchachos volvimos los ojos hacia la gran revolución que en Rusia pareció anunciar la libertad del hombre. Con el tiempo, ese muchacho idealista abandona el marxismo-leninismo, «dada la convicción profunda que tenía sobre ese disparate filosófico», y «todos los diálogos, las experiencias que conocí a través de militantes de otros países, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la frágil construcción que en mi mente se vino abajo».

El joven nacido en la Pampa ha emprendido con éxito una carrera altamente especializada en el mundo científico y llega incluso a trabajar en el laboratorio Curie de París. Pero reconoce que allí, «en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido». Y buscó refugio en la escritura.

Extraviado en un mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota, la escritura ha sido para mí el medio fundamental, el más absoluto y poderoso que me permitió expresar el caos en que me debatía.

El vacío de sentido que siempre ha oprimido a Sábato está relacionado con el más perverso de los efectos del progreso científico y económico: la cosificación del hombre, su deshumanización. Ya denunció ese peligro en 1959, cuando publicó Hombres y engranajes:

El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual, sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ignoraba que también él llegaría a transformarse en cosa.

Sábato ilustra eficazmente esa lacerante deshumanización en tristes páginas sobre el terrorismo internacional, los conflictos bélicos de fin de siglo o la explotación infantil, y confirma que Hannah Arendt tenía razón al afirmar, ya en los años cincuenta, que la crueldad del siglo XX sería insuperable.
En la vejez de Sábato, el dolor repite su zarpazo insoportable con la muerte de su mujer y de su hijo.

Paso junto a la puerta del cuarto donde murió Matilde, luego de una dura y larga enfermedad que la dejó postrada durante años (…). ¡Cuánta congoja! Cómo va quedándose a oscuras esta casa en otro tiempo llena de los gritos de los niños, de cumpleaños infantiles, de los cuentos que Matilde inventaba por la noche para dormir a los nietos. Qué lejos, Dios mío, aquellas tardes en que venían a conversar con ella sus amigos. En sus años finales, cuando la he visto desolada por la enfermedad, es cuando más profundamente la quise.
El dolor, como hemos visto repetidamente, despierta de manera acuciante la pregunta sobre Dios. Un Dios cuya existencia o cuya bondad son salpicadas por el propio dolor y sufren entredicho. La tarde desaparece imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor.

En este atardecer de 1998, continúo escuchando la música que él amaba, aguardando con infinita esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que quizá, quizá exista.

¿Cómo mantener la fe, cómo no dudar cuando se muere un chiquito de hambre, o en medio de grandes dolores, de leucemia o de meningitis, o cuando un jubilado se ahorca porque está solo, viejo, hambriento y sin nadie?
Al mismo tiempo, Dios es ardientemente deseado como garantía de inmortalidad y como Padre compasivo.
Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo.
En mi imposibilidad de revivir a Jorge, busqué en las religiones, en la parapsicología, en las habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como a una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre.
Hace poco he visto por televisión a una mujer que sonreía con inmenso y modesto amor. Me conmovió la ternura de esa madre de Corrientes o del Paraguay, que lagrimeaba de felicidad junto a sus trillizos que acababan de nacer en un mísero hospital, sin abatirse al pensar que a estos, como a sus otros hijos, los esperaba el desamparo de una villa miseria, inundada en ese momento por las aguas del Paraná. ¿No será Dios que se manifiesta en esas madres?

Como Antonio Machado escribió de sí mismo, vemos a Ernesto Sábato siempre buscando a Dios entre la niebla. «Un Dios en cuya fe nunca me he podido mantener del todo, ya que me considero un espíritu religioso, pero a la vez lleno de contradicciones».

Muchos se han cuestionado la existencia de ese Dios bondadoso, que, sin embargo, permite el sufrimiento de seres totalmente inocentes. Una santa como Teresa de Lisieux tuvo dudas hasta momentos antes de su muerte; y, en medio del tormento, las hermanas la oyeron decir: «Hasta el alma me llega la blasfemia». Von Balthasar dice que, mientras hubiera alguien que sufriese en la tierra, la sola idea del bienestar celestial le producía una irritación semejante a la de Ivan Karamazov. Sin embargo, luego muere en la fe más inocente, absoluta, como también Dostoievski, Kierkegaard y el endemoniado Rimbaud, que en su lecho suplica a la hermana que le suministren los sacramentos.
Y entonces, cuando abandono esos razonamientos que acaban siempre por confundirme, me reconforta la imagen de aquel Cristo que también padeció la ausencia del Padre.

Al final:

Yo oscilo entre la desesperación y la esperanza, que es la que siempre prevalece (…). Por la persistencia de ese sentimiento tan profundo como disparatado, ajeno a toda lógica -¡qué desdichado el hombre que solo cuenta con la razón!-, nos salvamos, una y otra vez.

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