Ernesto Sabato

Entresaco estos fragmentos escogidos del libro de José Ramón Ayllón “10 ateos cambian de autobús”.
En 1998, con casi noventa años de edad, embarcado «en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de cualquiera», Ernesto Sábato (1911) escribe Antes del fin. Un libro atípico, testamento intelectual y existencial de un novelista y ensayista también atípico, comprometido desde su juventud con la justicia, enamorado de la belleza, obsesionado por la verdad, por el sentido de «los hechos fundamentales de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor y la muerte».
¿Para quién escribe Antes del fin?

Sobre todo, para los adolescentes y jóvenes, pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, soñado, escrito, pintado o, simplemente, esterillado sillas. Además, este libro «quizá ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores», donde también descubrimos en la belleza de la naturaleza, en la emoción del arte, en la nobleza de tantos gestos humanos, «modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia».
Sábato reflexiona al hilo de su propia biografía, que resume como «una vida llena de equivocaciones, desprolija, caótica, en una desesperada búsqueda de la verdad».

Hacia los dieciséis años empecé a vincularme con grupos anarquistas y comunistas, porque nunca soporté la injusticia social. En medio de la crisis total de la civilización que se levantó en Occidente por la primacía de la técnica y los bienes materiales, miles de muchachos volvimos los ojos hacia la gran revolución que en Rusia pareció anunciar la libertad del hombre. Con el tiempo, ese muchacho idealista abandona el marxismo-leninismo, «dada la convicción profunda que tenía sobre ese disparate filosófico», y «todos los diálogos, las experiencias que conocí a través de militantes de otros países, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la frágil construcción que en mi mente se vino abajo».

El joven nacido en la Pampa ha emprendido con éxito una carrera altamente especializada en el mundo científico y llega incluso a trabajar en el laboratorio Curie de París. Pero reconoce que allí, «en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido». Y buscó refugio en la escritura.

Extraviado en un mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota, la escritura ha sido para mí el medio fundamental, el más absoluto y poderoso que me permitió expresar el caos en que me debatía.

El vacío de sentido que siempre ha oprimido a Sábato está relacionado con el más perverso de los efectos del progreso científico y económico: la cosificación del hombre, su deshumanización. Ya denunció ese peligro en 1959, cuando publicó Hombres y engranajes:

El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual, sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ignoraba que también él llegaría a transformarse en cosa.

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