Los cuatro amores, de C.S. Lewis

Sábado, 17 julio, 2010

Los cuatro amores“, de Clive Staples Lewis. Hace años leí este libro y ahora al volver a releer algunos párrafos me ha parecido que merece una pequeña reseña bibliográfica. Por otro lado, muchas veces ya comentado. Escrito con un estilo directo y colmado de ejemplos, es un libro formativo, y no requiere especial esfuerzo para su lectura.

En esta obra, Lewis analiza desde muy variadas perspectivas, cuatro manifestaciones del amor humano: el Afecto, la Amistad, el Eros y la Caridad. Antes de tratarlos, distingue —en el capítulo I— dos categorías formales del amor humano: el Amor-que-da o amor de donación y entrega desinteresada de la persona; y el Amor-Necesidad, amor interesado que nace de una carencia o vacío de la propia persona. Con esta distinción nos da la clave de los desórdenes del amor:

los amores humanos son realmente como Dios, pero sólo por semejanza, no por aproximación. Si se confunden estos términos, podemos dar a nuestros amores humanos la adhesión incondicional que le debemos solamente a Dios. Entonces se convierten en dioses: entonces se convierten en demonios. Entonces ellos nos destruirán y también destruirán. Porque los amores naturales que llegan a convertirse en dioses no siguen siendo amores. Continúan llamándose así, pero de hecho pueden llegar a ser complicadas formas de odio.

Esta idea la aplica Lewis en el siguiente capítulo (II) a los Gustos y amores por lo subhumano. Son los amores humanos de menor categoría, pues su objeto es más bien material: la patria, los animales, el medio ambiente, el trabajo... Sin embargo, no los desprecia, pues, lo más alto no puede sostenerse sin lo más bajo. Y, por tanto, son fundamentales para cimentar bien los otros amores más elevados.

En el capítulo III, se adentra en el Afecto. Es el amor de los padres hacia la prole, o del profesor hacia el alumno, y viceversa.

El afecto es lo que enseña al hombre a observar a las personas que de hecho simplemente están ahí, luego a soportarlas, después a sonreírles, a gustar de ellas y, finalmente, a apreciarlas. Se trata del más instintivo, el más animal de los amores y el más sujeto a perversiones (los feroces celos del afecto), que el autor ilustra con varios ejemplos.

En el capítulo IV hace un encendido elogio de la Amistad, a la que adjudica un papel decisivo en la historia de la Humanidad. También tiene sus peligros: la excelencia de la Amistad no debe ocultar que de por sí es ambivalente, es decir, que puede ser una escuela de virtud; pero también una escuela del vicio. Explica también el valor que, en su opinión, debe tener este amor para un cristiano:

Para un cristiano, estrictamente hablando, no hay casualidades. Un secreto Maestro de Ceremonias ha entrado en acción. Cristo puede de veras decirle a cada grupo de amigos cristianos ‘Vosotros no os habéis elegido unos a otros, mas yo os elegido unos para otros’. La Amistad es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás.

Después, en el capítulo V, al tratar del Eros, Lewis analiza las diversas nociones que se han dado sobre el cuerpo humano, quedándose con la que expresaba San Francisco de Asís al llamarle Hermano Asno. Y confirma:

Asno es exquisitamente correcto (…). Es una bestia útil, robusta, floja, obstinada, paciente, adorable y exasperante, que merece ora el garrote, ora la zanahoria; patética y absurdamente hermosa a la vez. Así es el cuerpo. El Eros (amor sexual) puede hacer que en ciertos momentos el hombre tome a su cuerpo, en cuanto al sexo se refiere, demasiado en serio: por ahí se podría llegar a permitir una divinización del Eros, que llevaría a justificar con facilidad cualquier pecado, hasta el punto de enfrentar el amor con la moral y con la virtud.

El último capítulo del libro, dedicado a la Caridad, lo inicia con una especie de resumen. Señala que

los amores naturales no son autosuficientes. Algo más debe venir en ayuda del simple sentimiento. Ese algo más aparece inicialmente como una vaga decencia y sentido común, pero más adelante se muestra en su plenitud: el Amor a Dios. Para Lewis, en esta dependencia radical de los amores respecto al Amor, en este yugo, reside su verdadera libertad; ‘son más altos cuando se inclinan’ (…) Cuando Dios llega (y sólo entonces), los semidioses pueden quedarse. Entregados a ellos mismos desaparecen, o se vuelven demonios. Lo que no significa que hay que despreciar los amores naturales.

De estas premisas deduce una noción mas completa de lo que es un amor natural desordenado. Ese carácter no tiene que ver con la cantidad, pues resulta imposible amar a un ser humano simplemente demasiado. El desorden proviene más bien de la falta de proporción entre ese amor natural y el Amor a Dios. Es la pequeñez de nuestro Amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye desordenado.

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