“Dad gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que hagáis”.
Miércoles, 2 junio, 2010

La gratitud está íntimamente relacionada con la humildad. Te has dado cuenta que solo agradece aquél que se considera indigno del servicio prestado. Por el contrario, el soberbio nunca siente que esté suficientemente reconocido, nada está a la altura de lo que él se merecería.
Hemos de aprender a dar gracias habitualmente. En primer lugar, a los que tenemos cerca, que son quienes más nos sirven: los parientes y los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo. También los conciudadanos: en la calle, en el medio de transporte, en el supermercado… Pero sobre todo hemos de dar gracias a Dios.
Y es que a poco que examinamos nuestras vidas, descubriremos muchos motivos personales de agradecimiento a Dios… Por eso, vamos tu y yo a acostumbrarnos a dar gracias a Dios por las alegrías y por las penas, por las facilidades y por las dificultades que hayamos podido encontrar, pues todo concurre al bien de los que aman al Señor (cfr. Rm 8, 28). San Josemaría, siendo sacerdote joven, aprendió a ser muy agradecido en todo: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.
»Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso…
»Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (Camino, 268).
El próximo Domingo celebraremos la Solemnidad del Corpus Crristi. La mejor manera de dar gracias al Padre es uniendo nuestra alabanza a la oración de Jesucristo en el sacrificio de la Misa. Juan Pablo II lo explicaba en la Exhortación Mane nobiscum Domine, n. 26:
“Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde se trabaja y se vive —en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida—, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se justifica sin referirla al Creador: «Sin el Creador la criatura se diluye». [GS 36] Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias» —justamente a una actitud eucarística— por lo todo lo que tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, [Ib.] sino que la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites”.
Que la Virgen María presente esta acción de gracias por medio de nuestra adoración y reverencia a Jesús en la Eucaristía, para que se cumpla en nuestra vida la invitación de san Pablo: “Dad gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que hagáis”.


