Fue primero un soplo suave como un beso…
Jueves, 20 mayo, 2010
Las lecturas del próximo Domingo de Pentecostés alternan dos escenas que en su contraste expresan la fuerza interna que tienen.
“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”… “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar”… Estaban en oración, primero escondidos con miedo, con timidez… Después están ya todos reunidos en un mismo lugar abiertos y a la espera de la acción de Dios…
“Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos”… “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”... Fue primero un soplo suave y después un ruido impetuoso que hacía saltar en pedazos la timidez.
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”… “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras”… Es como si se nos fuera diciendo primero en un susurro y luego con un ruido impetuoso: ¡Venga a llenar el mundo con la Luz de ese fuego de cielo,! Y con el don de lenguas expande por todos los rincones del mundo y todas las lenguas la Palabra de Dios!
Hay cosas que están ahí, silenciosas, calladas, ocultas, que casi nunca las advertimos: el aire que respiramos, el latido del corazón, lo que comimos ayer, etc… Son vitales, pero apenas pensamos en ellas. En la vida espiritual ocurre muy parecido: la vida de gracia en el alma, la acción del Espíritu Santo en nosotros, el ser hijos de Dios, etc. Realidades de una fuerza renovadora extraordinaria pero apenas tomamos conciencia de ellas. He leído estos días el efecto que tuvo sobre un joven (que llegaría a ser san Josemaría) el consejo recibido de su director espiritual: “Frecuente el trato con el Espíritu Santo. No le hable: óigale”. Su respuesta la dejó veladamente escrita en Forja 430: “No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!. En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres…
Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla…, pero no habías “comprendido” esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente…, facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender… ¡No sabré hacerlo!, pensabas. —Oyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres…, ¡que sí quieres!
—Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte“.
Tu y yo le pediremos a la Esposa del Espíritu Santo, en el mes de María, que nos ayude a agasajarlo como Divino Huésped, a escuchar sus lecciones de Divino Maestro, a encendernos con su Luz; a seguirlo y a amarlo como lo hizo ella.



