Las dos versiones de la Ascensión
Domingo, 16 mayo, 2010
Este Domingo VII de PAscua coincide con la Solemnidad de la Ascensión (propiamente su día fue el jueves) . Hoy en las lecturas de la Misa se leen las dos versiones de Lucas. Pero no me refiero a esas dos versiones, sino a las, cómo llamarlas, diríamos “versiones interiores”. Aquí van estas dos versiones de lo que ocurrió aquel día de la Ascensión del Señor al Cielo.
Tengo un amigo que dice que la Iglesia ha nacido como los niños listos: de cabeza (y que me perdonen los que hayan venido a este mundo de…, de otro modo). Así ha nacido también la Iglesia: de Cabeza (con mayúscula). De una forma muy hermosa, Fernando describe así la imagen: “Desde la oscuridad de este claustro materno que es la tierra, y empujado dolorosamente por las contracciones del Calvario, cuarenta días después de su resurrección Cristo, nuestra Cabeza, dejó finalmente atrás la oscuridad e irrumpió, lleno de gloria y cubierto de Sangre, en la Luz Celeste. Allí los serafines-comadronas, que habían asistido al parto desde el Cielo, se echaron a un lado y cayeron en tierra adorando al tres veces Santo y recién nacido. Uno de ellos, que en el momento más doloroso del alumbramiento había introducido la mano hasta las tinieblas de Getsemaní y había secado con ella la sangre de la frente de Jesús, emitió un suspiro de alivio al verlo aparecer al fin, y después se postró junto a los demás.
Se levantó el Padre, temblando de gozo, y con sus manos abrazó la Cabeza del Recién Nacido, aún empapada por la Sangre en cinco llagas de gloria. Depositó un beso en la frente del Hijo, y lo miró embelesado: después de haberlo enviado a la tierra solo y envuelto en una lágrima, ahora lo recuperaba cargado de almas y convertido en Cabeza de los Hijos de Dios. El Cielo, que ha sido siempre una fiesta, se volvió fiesta y media. Terminado el abrazo (¿acaso ha terminado?… No, en el cielo nada termina) que fue como el que Jesús soñó cuando cantó al hijo pródigo, el Verbo encarnado y glorioso se sentó, de nuevo, a la Derecha de la Majestad Divina… Pero, en esta ocasión, el Espíritu que a ambos une mantuvo sus miradas dichosas en suspenso… El alumbramiento apenas había comenzado.
La otra versión de la Ascensión es la nuestra, la que vemos desde nuestro lado. Miraban fijos al cielo, viéndole irse”… Efectivamente, aún en el vientre materno y sometidos a los espasmos de la Cruz, los miembros de este Cuerpo místico -que es la Iglesia- hemos dejado de ver a la Cabeza. No lo hemos perdido de vista en nuestro corazón, porque sabemos dónde está y porque sabemos a dónde nos dirigimos si no nos separamos de Él… Pero todavía nos falta un poco más; pero sólo un poco más; quien sabe si en dos o tres contracciones, y ¡Ya está!. Veremos a los ángeles, nos arrebatará su Luz, y nuestros ojos se descansarán en los de Cristo ya para siempre, siempre, siempre…
Aunque aún quedan unos meses para celebrarlo, hemos de tener en cuenta que el Cuello ya ha pasado también, de la oscuridad a la Luz del Cielo nuevo. Ese Cuello, que como decían los Padres antiguos une Cabeza y Cuerpo, se llama María.



