Andalucía

Miércoles, 28 abril, 2010

No sé quién ganará si el Barcelona o el Inter. Pero este vídeo de Andalucía, tierra donde pasé mi infancia me ha parecido muy bueno. Y ya mañana, si eso, os contaré que pasó con el partido.

Se necesitaba la gracia…

Miércoles, 28 abril, 2010

Al leer las lecturas del próximo V Domingo de Pascua una palabra destaca pronto porque se repite varias veces: «un nuevo cielo y una nueva tierra», la «nueva Jerusalén», Dios hace «nuevas todas las cosas», y el «mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado». «Nuevo», «novedad» son palabras que nos evocan con frecuencia esperanza, expectativa, sueño, sorpresa, alegría. Así lo sentimos cuando hablamos de algo que es nuevo, de la ropa nueva, de una vida nueva, del nuevo día, del año nuevo. La palabra Evangelio significa «buena nueva», precisamente porque contiene la novedad esencial.

¿Dónde radica la novedad? En la gracia que se nos ha dado tras su muerte y resurrección. El mandamiento de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado. La Ley imponía la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo. Se necesitaba la gracia. Y de hecho, cuando Jesús lo formula es cuando justo antes de morir en la cruz y tras darnos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, porque se nos otorga el amor que Él mismo tiene por cada uno.

San Agustín expresó esta “novedad” de ese modo tan característico suyo, genial: “Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo”. Y como dice el P. Catalamessa: Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas».

Nos puede servir para comprender esto lo que cuenta José Fernando Rey. “Supongamos que Jesús Resucitado se presenta hoy ante mí y me dice: “Ya has visto hasta qué punto tu corazón es incapaz de amar; ya has descubierto las limitaciones que el pecado ha dejado grabadas en tu alma, y que te impiden caminar según mis preceptos. Hoy derramo sobre ti mi Espíritu, y te concedo amar con mi propio Corazón, omnipotente y misericordioso. Y si tu corazón mezquino estaba incapacitado para el verdadero amor, hoy te ofrezco el mío, para que desde Él entregues tu vida por cada hermano de forma incondicional… ¿Aceptas mi regalo, recibes mi Espíritu? ¿Quieres vivir en gracia de Dios para que sea Yo quien ame desde ti?“. Supongamos que hoy no se nos impone una carga, sino que se nos ofrece un Don. Escucha, con oídos nuevos, el mandamiento nuevo: “Como yo os he amado, amaos también entre vosotros”… ¿Aceptas el regalo? ¿Quieres recibir el Don que haga posible en ti el milagro? Pues ya sabes: ¡A rezar! ¡A frecuentar los sacramentos, que son las fuentes de la gracia!…

Nos puede servir también esta otra anécdota. Se desarrolla en un campamento militar. Cuenta un joven teniente que, para celebrar la fiesta de la Inmaculada, “después de la Santa Misa, nos invitaron a comer los infantes. Éramos unos veinte oficiales. De sobremesa –vino abundante– se cantaron canciones de todos tonos y colores. Entre ellas una se me quedó grabada: “corazones partidos, yo no los quiero/ yo cuando doy el mío lo doy entero”. El Espíritu Santo se sirvió de aquella canción para que aquel muchacho pensara: “¡Qué resistencia a dar el corazón entero!” —Y la oración brotó, en cauce manso y ancho.

Venga, anímate a amar, de un modo nuevo, que es el de la Santísima Virgen, a todos sin excepción. Ya verás como te llenarás de paz. Y la caridad no será ya una carga pesada, sino una posibilidad gozosa.

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