Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir

Miércoles, 14 abril, 2010

Y entonces Dios interviene. Pero interviene en su momento concreto: Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Efectivamente, el “alba” en la Biblia indica con frecuencia el momento de intervenciones extraordinarias de Dios. En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y a la invitación de Jesús:  Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis, ellos obedecieron sin dudar y pronta fue su recompensa: por la abundancia de peces no tenían fuerzas para sacar la red“, la misma red que había estado vacía toda la noche estaba ahora llena. Por eso, Señor, no desanimarse, seguir trabajando, no perder el norte y esperar el momento de gracia del Señor. Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Concluye Benedicto XVI: “La página evangélica que acabamos de escuchar, por una parte, nos recuerda que debemos comprometernos en las actividades pastorales como si el resultado dependiera totalmente de nuestros esfuerzos. Pero, por otra, nos hace comprender que el auténtico éxito de nuestra misión es totalmente don de la gracia.”

Una última cosa: Aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:  “Es el Señor” . Ya sabéis que vivo en Palencia, y al leer esta frase recordé que el beato Manuel González García, obispo de Palencia, dejó escrito en su epitafio, bajo el altar de la catedral, la frase:  “¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!”. Vamos a cuidar con amor y afecto la Eucaristía estos día.

La anterior anécdota requiere hacer un poco de historia. Al poco tiempo de estrenar su ministerio sacerdotal fue enviado por sus superiores a predicar una misión en Palomares del Río (Sevilla). Nada más llegar, fue directamente al Sagrario en busca de fuerzas para llevar a cabo con éxito la tarea pastoral encomendada. El propio Don Manuel ha dejado por escrito la dolorosa impresión que recibió en ese instante: “¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro que aún estaba amarrado a los aldabones de la iglesia y salir corriendo para mi casa. Pero no huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo. Allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía, a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba… De mí sé decir que aquella tarde, en aquel rato de sagrario, yo entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había soñado: ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo; emplear mi sacerdocio y cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida de sagrario le han creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud…”

Madre ayúdanos en el camino de la santidad, especialmente cuando resulta difícil.  Que podamos ser “Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. Sí, somos testigos de los prodigios que Dios obra en “los que le obedecen”.

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