Durante la Semana Santa hemos contemplado la muerte de Cristo como el testimonio supremo de su Caridad. Ahora en estos días estamos contemplando su resurrección  como el testimonio definitivo de su Verdad. «La fe de los cristianos -dice San Agustín- es la resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».

El próximo Domingo in Albis –el segundo más importante del año después del Domingo de Resurrección- termina este octavario o gran domingo del año. En el Evangelio veremos que se narran las dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles en el cenáculo. En la primera de estas apariciones Jesús dice a los apóstoles: «“¡La paz con vosotros! Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». Es el momento solemne del envío.

En la segunda aparición se destaca por medio de Tomás la fe en la Resurrección del Señor. Por eso estos días mientras contemplamos a Jesús resucitado van brotando del corazón agradecido muchos actos de fe, esperanza y amor a este Señor mío y Dios mío. Hemos besado, como Tomás, muchas veces sus llagas y hemos escuchado como si se nos dijera a cada uno de nostros: Mirad mis llagas“Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lc 24, 39). Juan Pablo II ponía en relación ese pasaje del Evangelio con otras palabras de San Juan en la primera Carta: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon… os lo anunciamos” (Jn 1, 1-3).

A San Josemaría le gustaba decir que esas llagas eran como el documento de identidad del Señor. La experiencia venía de lejos, pues el 6 de abril de 1938 escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”.

Y podemos sacar, de esta experiencia mística, consecuencias apostólicas. Tenemos que ser tu y yo también testigos de Cristo resucitado: “Podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro” (san Josemaría en Es Cristo que pasa, n. 3).

En el Samo 117 repetiremos “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. En la historia de las religiones nunca, nunca nadie se había atrevido a perdonar los pecados. Solo con la llegada a este mundo del Hijo de Dios fue posible levantar la maldición que pesaba como una losa terrible sobre todas las almas, y nadie, fuera del propio Dios, tenía fuerzas para levantarla. Sin embargo, hoy: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Con la ligereza de un soplo, Jesús resucitado y glorioso nos ofrece su misericordia y consagra las manos de sus apóstoles para llevarla al mundo este Perdón divino. Por eso las manos del sacerdote están consagradas. No me explico cómo los sacerdotes podemos con nuestras manos.

Y también la Virgen María quiere dejar en las manos del sacerdote, ministro de su Hijo, un beso de perdón y una mirada de misericordia.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 581 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: