¿Qué es la voluntad del Padre en Jesús?

Lunes, 8 marzo, 2010

Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4,34). Esta tarde tendré que dar una charla sobre la Voluntad de Dios y me he encontrado este texto de R. Guardini que puede servir muy bien como guión. Se nos abre una vista profunda al interior de Jesús si partimos de lo que en su vida significa la voluntad del Padre.

- Cuando el niño de doce años está sentado en el templo y su madre, angustiada y conmovida, le pregunta: «Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando con dolor», con la sorpresa de la más natural certeza el niño responde: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que yo esté en lo de mi Padre?» (Lc 2,49). Ya en el niño hay un interno «tener qué». No reflexiona si ha de hacer esto o lo otro. No quiere esto o lo otro, sino que «debe». Hay en él un profundo impulso que no procede de una voluntad deliberada; lo lleva, lo sostiene, de suerte que todo obrar brota de interna necesidad: una necesidad que no destierra la libertad, sino que hace más bien que la acción libre brote de la más honda unidad con el serLo que opera esta necesidad, lo esencial de que procede esta unión, es la voluntad del Padre.

- Después de bautizado en el Jordán, se dice que el Espíritu lo condujo al desierto: «el Espíritu le impulsó al desierto», dice Marcos con vieja violencia profética (1,12). Viene sobre él violencia, luz, ímpetu, entusiasmo. También esta violencia es voluntad del Padre; pero es violencia del Pneuma, del Espíritu, amor del Padre. Creemos encontrar otra vez lo inaudito, que impresionaba a un Elías, a un Eliseo, Habacuc, Daniel, y hacía de las figuras humanas instrumentos de Dios.

- Ha hablado en Cafarnaún. Todos están conmovidos, llenos, y piden que se quede. Pero Jesús se niega: «Vamos a otros sitios, a los pueblos cercanos, para que predique allí también: pues para esto he salido» (Mc 1,38ss). Jesús sabe que no obra por juicio y querer particular. Es un enviado. Vive en él un mandato. Cumplir ese mandato es la razón de su vida. Todo está a su servicio. Por él se legitima todo. Ahora bien, esta misión es a su vez voluntad del Padre.

- Un día, atravesando Samaría, se sienta, cansado, junto al pozo de Jacob (Jn 4,1ss). Los discípulos se han ido a la ciudad a comprar que comer. Llega una mujer al pozo y él entabla con ella el memorable diálogo acerca del tiempo nuevo, que ya alborea, en que Dios no será adorado en este o el otro monte, sino «en espíritu y en verdad». Los discípulos vuelven: «Maestro, come». Y él contesta, de lejos, como desde otro mundo: «Yo tengo para comer alimentos que vosotros no sabéis». Sorprendidos, los discípulos torpemente se preguntan: «¿Quizá le ha traído alguno de comer?». Y él: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió»… El hambre y la sed son la más profunda expresión del hombre. Somos, efectivamente, hambrientos por esencia. Hambrientos de una plenitud que nos sacie eternamente. Partiendo de esta elemental exigencia del ser del hombre, dice él que hacer la voluntad del Padre calma su hambre. No se trata de mera alegoría; verdaderamente que no. Se trata de algo vivido. Su esencia es hambrienta. Tiene hambre de cumplir la voluntad del Padre, que íntimamente lo acucia y reclama cumplimiento.

- Acaso sea aún más elemental la otra palabra (Mc 3,31ss): Está sentado en una casa y habla a la gente que le rodea. De pronto le dicen: «Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan ahí fuera». Y él, que sabía realmente quién era su madre, responde desde lo más hondo de que vive: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dando una mirada en derredor: «El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre…». No dejemos tampoco que estas frases se evaporen en lo parabólico o psicológico. La voluntad del Padre es una realidad. Es como un torrente de vida que viene del Padre a Cristo. Una corriente de sangre, de la que él vive, más profunda, más real, más fuertemente que de la corriente de su madre. Y el que está dispuesto a hacer la voluntad del Padre entra en esta corriente, y la voluntad del Padre es en él como un latido del corazón del mismo Padre y se halla en una unidad de vida con Cristo más real, más profunda, más fuerte que la que tuvo él con su madre. (…)

- Nada de sugestión ni fascinación, nada de ser ciegamente conducido. La voluntad del Padre habla a Jesús y es por él libremente aceptada. Así podemos sentirlo en aquella hora oscurísima de Getsemaní en que Jesús contempla ante sí esta voluntad del Padre en toda la terribilidad de su exigencia (Mt 26,39ss): «Padre mío, si es posible, que se aparte de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Aquí se enfrentan las personas. No opera aquí un conjuro, un poder oscuro y forzoso, sino la llamada y la respuesta. Hasta punto tal, que se expresa en una fórmula de contradicción: «No mi voluntad, sino la tuya», para confluir inmediatamente en la más profunda y santa unidad, en que la voluntad del Padre ha sido totalmente recibida en la suya. Su voluntad se ha conformado enteramente con la del Padre. Y es como una postrera y bienaventurada expresión de su vida interior, cuando dice: «Yo hago siempre lo que a él agrada» (Jn 8,29). (…)

Su vida entera, Jesús vive de la voluntad del Padre. Pero justamente, ahí es enteramente él mismo. Justamente por no hacer su propia voluntad, sino la del Padre, cumple lo más profundamente propio. Esto tiene un nombre: se llama amor.

La voluntad del Padre es el amor del Padre. En su voluntad viene el Padre a Jesús. Su llamar, su mandar, su exigir es un «venir». Y en la aceptación de esta voluntad recibe Jesús al Padre mismo. La llamada de esta voluntad y su cumplimiento es la armonía o aceptación del amor. Sólo partiendo de aquí tienen sentido palabras como las de «tener que», «comida», unidad de sangre, solicitud por el cumplimiento, el grito de conformidad: «No mi voluntad, sino la tuya», y el triunfante y bienaventurado: «Yo hago siempre lo que a él agrada». Cometeríamos una exageración, una violenta exageración, si quisiéramos tomar esta voluntad sólo objetiva o materialmente como mandato de justicia o de cualquier otro modo. Algo que habla desde fuera sólo puede recibirse así, en el interior propio, en el corazón, en el espíritu, cuando es amor.

Si partiendo de aquí auscultamos el interior de Jesús, tal como se trasluce en sus palabras y obras, percibimos un eterno diálogo íntimo. El Padre dice constantemente: «Haz esto». Y Jesús contesta: «Sí, lo quiero hacer, porque es bueno». Una contraposición y, a la par, la más íntima unidad. Hay ahí una divina bienaventuranza.

Añado esta reflexión, también de R. Guardini, acerca de la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad“:

(…) «Hágase tu voluntad». ¡Palabras misteriosas! Invocamos a Dios para que se haga su voluntad; pero ¿quién es entonces aquel a quien invocamos? Es el Todopoderoso; es decir, es aquel que puede lo que quiere, sin más, porque su poder es absoluto, pues no hay obstáculo para su voluntad. Y él es el Santo supremo; esto es, aquel cuya voluntad es buena en absoluto, verdadera, justa y fecunda. ¿Qué puede significar entonces que el Señor nos enseñe a rogar que se haga esa voluntad? ¿Puede ser incluso que no ocurra? Hemos de examinar cuidadosamente esta cuestión. Nos llevará a la profunda comprensión de nuestra existencia.

- ¿Cuándo ha querido Dios algo por primera vez con relación a nosotros? … En el principio de todas las cosas, cuando creó el mundo … «Al principio» -dicho infantilmente- no había nada. … «Entonces» quiso Dios que hubiera mundo, y lo hubo. … Así, pues, el mundo existe porque Dios ha querido que existiera. Y lo ha querido porque ha querido. Ahí se termina la sucesión de ideas. El mundo pende de su soberana libertad: ¡Gran misterio!, la existencia de lo finito. En principio, parece como si el mundo fuera lo cierto, y el problema consistiera en «si hay Dios», y luego cómo hay que concebirlo. Pero eso es apariencia: engaño de la finitud, que se ha cegado por su voluntad propia. En realidad, Dios es el soberano por sí mismo y el comprensible por sí mismo, absoluto en ser y sentido: por el contrario, hay que plantear la cuestión de cómo puede haber algo finito «fuera de él». En realidad, lo finito, nosotros mismos y el mundo, es misterio; un misterio que se acepta, incluso, que se percibe como dotado de sentido, sólo por su voluntad sagradamente libre. Algún día todo se transformará también y veremos de verdad. San Pablo lo dice en su primera Carta a los Corintios: «Ahora vemos por reflejo en enigma; entonces, en cambio, cara a cara; ahora conozco en parte, entonces conoceré tal como yo también soy conocido», esto es, totalmente y hasta el fondo (13,12).

Pero de cualquier modo que sea, el mundo es realización de la voluntad de Dios. Todo ser finito es obediencia.

Obediencia, cumplimiento de la voluntad de Dios son las cosas y hechos del mundo; pues Dios ha querido que fueran como son, y que se desarrollaran como ocurre. Lo que nos señalan la experiencia y la ciencia: desde el átomo hasta la totalidad del universo, junto con todo lo que queda en medio; la multiplicidad de energías y materias, formas y procesos; el inabarcable ajetreo de los cuerpos del universo, y entre ellos, desapareciendo en su pequeñez ante esas magnitudes abrumadoras, pero siendo el lugar de nuestra existencia, la tierra: todo eso existe porque Dios ha querido que existiera. Y las leyes según las cuales subsiste y actúa todo ello son expresión de su voluntad.

- El también ha querido que haya vida; plantas, con la abundancia de sus formas, creciendo, floreciendo y dando frutos. Dios ha querido que haya seres que se mueven por impulso interior y que construyen en torno su mundo: los animales. Todos tienen en sí su imagen específica, según la cual se realizan y se comportan. Esas imágenes son expresión de su voluntad, y su realización es una obediencia que nunca puede romperse, porque con eso se rompería la vida misma. El relato de la creación en el Génesis extiende ante nuestra mirada este inaudito acontecimiento, y una vez y otra lo expresa diciendo: «Dios dijo: hágase… y se hizo». Y lo que se hizo era «bueno», y «muy bueno» (Gn 1,4.31); justo, digno de ser; y él respondía de ello y lo amaba.

- Pero luego se da el gran paso: «Entonces Dios dijo: Hagamos hombres a nuestra imagen y semejanza, y que dominen a los peces del mar, a las aves del cielo, a los cuadrúpedos, a todos los animales del campo y a todos los que se arrastran por la tierra. Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios le creó; hombre y mujer los creó » (Gn 1,26-27). Así, según la voluntad de Dios, surgió un ser diferente del animal. Lleva en sí la posibilidad del animal, pero incorporada a un nuevo conjunto de sentido. El hombre no sólo se da cuenta de las cosas, sino que las comprende: su esencia y ordenaciones, causas e influjos, origen y objetivo, fin y sentido. El hombre actúa no por necesidad, como el animal, sino libre; y la libertad, por su parte, significa que no está encerrado en la órbita de las causas y efectos, sino que él mismo puede tomar iniciativas y por sí. Encontrando así las cosas, comprendiéndolas, captándolas, dándoles forma, el hombre había de construir ese mundo que Dios ha querido en realidad. Pero eso también en obediencia a su voluntad, y en su forma propia: como obediencia del ser dotado de espíritu, en conocimiento y libertad. Dios ha puesto el mundo en sus manos al hombre, para que éste, como se ha dicho, «lo cuidara y cultivara» (Gn 2,15); para que lo llevara a su plenitud en el ámbito de la libertad.

- Si pensamos el principio del hombre no podemos quedarnos detenidos en lo meramente natural, pues Dios se ha vuelto hacia el hombre de un modo que va más allá de lo ajustado a la naturaleza. Ha pensado en él, le ha tenido presente como lo hace quien dice a otro: «Tú tienes valor para mí; yo soy bueno para ti; estoy contigo». Esa intención la expresa la revelación con la frase: Dios ama al hombre. Eso significa -ya hemos tomado conciencia de ello muchas veces- no sólo bondad o benevolencia, sino algo totalmente personal; una ligazón en que entra él. A ese hombre le ha confiado el Creador su mundo, y para que pueda hacer honor a esa confianza, le ha dado parte en su propia fuerza sagrada: a eso lo llamamos gracia. De tal acuerdo había de surgir la vida y la obra del hombre.

La expresión de todo eso fue el paraíso. Es la proximidad en que Dios se ha acercado al hombre; la complacencia que ha tenido en él. Toda grandeza debía llegar a darse en el paraíso, vida humana y obra humana; pero en la obediencia del respeto y la fidelidad, en el acuerdo de la sagrada proximidad.

Si Dios da libertad al hombre, lo hace de modo sincero y auténtico; la autenticidad de esa libre entrega a su base y voluntad propia significa que el hombre también pueda decir «no». Es decir, Dios ha hecho algo inaudito: entregar el cumplimiento de su voluntad a la libertad del hombre. En tanto que su voluntad se expresa en las leyes naturales, debe ocurrir; éstas son las formas de la necesidad. En tanto que determina el crecimiento de las plantas y la vida de los animales, no puede permanecer inefectiva; también aquí rige la necesidad. Pero en cuanto que la voluntad de Dios se ha confiado a la libertad del hombre, ya no «debe», sino que es sólo justo que ocurra; y el hombre incluso puede rechazarla… Observemos de cerca qué Dios es ese que ahí se manifiesta: ¡Un Dios que confía lo que ama, esto es, su creación, al hombre, que la puede guardar y la puede echar a perder!

Y la echó a perder. Sabemos que traicionó a Dios, que se rebeló contra él; un hecho cuya importancia no cabe medir. Pues su peso se hace evidente en los efectos que causó, y en el destino con que el Redentor lo expió. La existencia entera queda bajo el signo de esa acción. Nadie entiende al hombre, ni su vida, ni la historia, si pierde de vista ese hecho.

Pero Dios no saca de ese hecho la consecuencia de rechazar el mundo, sino que mantiene en pie al hombre y al mundo. Esto se dice pronto y, sin embargo, es un gran misterio. ¿Puede entonces el Dios absoluto mantener así en su vigencia algo creado y finito, pasando por encima de la traición y la rebelión? Ya hemos llamado otra vez la atención sobre un mito indio, que nos hace presente la dificultad de la cuestión. Dice que tan pronto como el dios Siva hubo creado el mundo, encontró agrado en él por algún tiempo; pero que luego se hartó de él, lo rompió en pedazos y creó uno nuevo. Ese mito expresa nuestra pregunta: ¿Puede lo finito seguir siendo tan valioso para el Dios absoluto como para que él lo siga manteniendo siempre en pie, incluso cuando se pone contra su voluntad en el hombre? Pero Dios mantuvo esa alianza que ya había en el acto de creación, y guardó la fidelidad a su obra. Una fidelidad cuyo modo y grandeza pone al hombre ante la alternativa de creer y adorar, o de rebelarse y escandalizarse: escándalo por Dios mismo, afirmando que tal idea pone al ser absoluto en la insensatez.

Y, en efecto, Dios tomó sobre sí mismo la responsabilidad por la culpa del hombre. La voluntad del Padre envió al Hijo al mundo para que se hiciera hombre y lo siguiera siendo por la eternidad; el Enviado, a su vez, asumió la voluntad del Padre en la suya, y la cumplió. Entonces el mandato y la obediencia se hicieron en Dios una misma cosa: la obediencia, tan divina como el mandato. Allí se expió el terrible valor de la rebelión del hombre, y la existencia se abrió en un nuevo comienzo, a partir del cual la voluntad del Padre había de llegar a ser, otra vez y de modo nuevo, ordenación del mundo de la libertad.

Continuamente vuelve a aparecer nombrada en boca de Jesús la voluntad del Padre. Es el sentido y centro de su vida. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y cumplir su obra» (Jn 4,34). Esa voluntad la proclama él como lo decisivo: «No todo el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). Y el hecho de que se realice esa voluntad sagrada en el mundo, Jesús lo designa con un nombre singular, de que nos hemos ocupado: «Reino de Dios». Es el conjunto de esas personas, intenciones, acciones, en que rige la voluntad de Dios.

Pero en el corazón de Jesús, del que se dijo que «sabía lo que hay en el hombre» (Jn 2,25), había preocupación de que esta nueva posibilidad del reino de Dios fuera a acabar como las anteriores. El hombre que había dicho «no» al paraíso, porque quería su propia soberanía, puede también negar el reino de Dios, tal como surge de la redención, porque quiere su propio reino. Por esa preocupación nos enseña a rezar: «¡Hágase tu voluntad!». Así, pone en el corazón del hombre creyente la misma preocupación por el reino de Dios; por ese orden de las cosas en que tiene lugar la voluntad de Dios. Le enseña a rogar que el Dios todopoderoso, que tiene el poder de la gracia, conceda que su reino no quede destruido.

Pero ¿cómo es eso? ¿No nos contradecimos aquí? Pues hemos dicho que lo peculiar del hombre consiste en la libertad: ¿no queda abolida ésta cuando Dios concede que el hombre haga su voluntad? Nos hemos dicho que el misterio de la magnanimidad de Dios consiste en que pone en peligro su voluntad en la libertad del hombre: ¿no desaparece esa magnanimidad en una nueva relación de seguridad, si el Todopoderoso «concede» que ocurra lo que él quiere? Estamos aquí ante el misterio de la gracia. No lo podemos resolver racionalmente, pero sí mirarlo de tal modo que precisamente su carácter suprainteligible se nos manifiesta como verdadero.

El hombre está hecho libre por Dios y ha de alcanzar la plena libertad en el transcurso de su vida. Pero esa libertad no consiste en que el hombre se salga del campo de la dirección divina y se haga señor autónomo de sí mismo, sino que precisamente se realiza por llegar puramente a la voluntad de Dios. La libertad no es un derecho propio del hombre, que hubiera recibido por alguna otra parte, y que debiera defender frente a la pretensión de soberanía de Dios, sino que es libre, esto es, hombre precisamente por la voluntad divina, y su libertad crece en la medida en que esa voluntad se hace efectiva en él.

Esto no es contradicción, sino la impenetrabilidad de la existencia humana. De ella se puede dar un esbozo previo -creado por Dios mismo- precisamente en la importancia que el amor de una persona puede alcanzar para otra. No el amor del deseo, sino el amor real, personal; es decir, esa disposición de ánimo en el que ama, el otro se le hace más importante que él mismo. Quiere que aquél se haga justo, bueno y verdadero; que llegue a la plenitud de su peculiar esencia. Esta disposición de ánimo es una fuerza: en ella actúa toda la personalidad, el espíritu, el corazón y todas las potencias de la vida inmediata. Si se dirige al otro, ¿le quita la libertad? Sólo en la medida en que ésta todavía tenga algo de egoísmo, de afán de dominar y poseer. Pero en la medida en que es pura, es una llamada a la persona a quien se refiere, para una auténtica libertad, pues sólo a partir de ella se puede llegar a ser quien debe ser.

Esto es una imagen, pero una imagen que Dios mismo ha creado, por decirlo así, como esbozo del misterio de su gracia. Cuando el Padrenuestro ruega a Dios que conceda que se haga su voluntad, apela a su amor, el cual, sin embargo, no quiere sino que el hombre llegue a ser en verdad lo que ha de ser, esto es, libre en la voluntad de Dios. Eso es misterio de la gracia.

- Volvamos atrás: Está velado cómo irán realmente las historias de los hombres, quién de ellos recibirá y desarrollará el reino de Dios, quién quedará indiferente ante él, quién dudará, o lo combatirá, o lo destruirá. Por eso, todo se remite a un acontecimiento en que la existencia quedará patente y puesta definitivamente en la voluntad de Dios: el Juicio. Según lo que hemos considerado, su sentido podría determinarse en que el juez dirá al hombre: «Tal como te has situado respecto a la voluntad de Dios, así será de ti».

A ese juicio ya no cabe oponerse, pues está dado por la omnipotencia de Dios. Tampoco cabe discutirlo, por que en él se hace patente la verdad del bien y del mal. La posibilidad de decir «no» a esa verdad forma parte de la primera libertad, la de la tierra, donde todo está en ocultamiento y lucha. Pero un día cae ese velo y se decide la lucha; entonces se abre la libertad de la eternidad. Entonces aparece la verdad con tal poder que ya no será posible desconocerla; y el hombre está identificado con la sagrada voluntad tan hasta el fondo de su ser que él mismo se aniquilaría si quisiera contradecirla.

La consecuencia será una idea jubilosa y terrible: la verdad tendrá tanto poder cuanto sea verdadera. Hoy, en la historia, es casi al contrario: cuanto más verdadera es una idea, más débil se muestra en la lucha de la realidad inmediata; cuanto más noble un valor, más fácilmente se le echa a un lado; cuanto más alta es una intención, más de prisa se vuelve ridícula. Cuando un día se abra la eternidad, el bien se hará tan poderoso como bueno. Entonces el hombre estará a la luz y no podrá sino asentir con todo su ser a la voluntad de Dios. Sólo entonces será realmente libre; libre para la verdad y para el bien.

Cfr. Romano Guardini

About these ads

2 Responses to “¿Qué es la voluntad del Padre en Jesús?”


  1. [...] 2: HACER LA VOLUNTAD DE SU PADRE (Hágase tu voluntad, en el Cielo como en la Tierra), para esto ha ven…CONSUELO 2BIS:  Una anécdota de Santa Teresa de Jesús camino de Sevilla CONSUELO 3: Los santos [...]

  2. Roberto Says:

    Jesus siempre hizo la voluntad de su padre, aunque pudo desobedecerlo. A diferencia de Adan, quien tambien pudo haber sido obediente al padre hasta el final, Jesus si siguio fielmente la palabra de Dios. Mientras que Adan fallo, Jesus cumplio perfectamente la voluntad de Dios. De esa manera, probo mas alla de toda duda, que un ser humano perfecto puede ser leal a Dios.
    Con esa prueba suprema, respondio al desafio de Satanas y demostro de una vez y para siempre que el ser humano puede ser leal a Dios.
    Jesus se regocijaba haciendo la voluntad de Dios, por que a diferencia de Satanas el fue un hijo obediente.
    Mientras Satanas se ensalzo soberbiamente, queriendo ser igual a Dios; Jesus, el hijo amado,el primogenito, la persona mas encumbrada del universo despues de Dios, siempre fue fiel a su padre. No solo fue fiel, probo su lealtad al extremo de venir a la tierra y dar su vida en sacrificio.
    Una respuesta tremenda al arrogante Satanas, y por ello Dios lo ensalzo por encima de todo lo demas. El ejemplo supremo de humildad de Jesus, cuadra con lo que Jehova esperaba de toda su creacion.
    Ahora que Jesus a probado al Diablo mentiroso, queda en cada uno de los seres humanos seguir su ejemplo, recordando que la volutad de su padre es lo mejor para nosotros.


Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 543 seguidores

%d personas les gusta esto: