“Toda relación empieza a construirse en nuestro interior, en nuestro círculo de influencia, en nuestro propio carácter” (S. Covey)

Martes, 19 enero, 2010

No puede haber amistad sin confianza, ni confianza sin integridad (Samuel Johnson)

No, no nos habíamos olvidado de S. Covey y su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Hoy vamos a dar un salto. Hasta ahora nos estábamos moviendo en lo que el denomina la “victoria privada” o personal. Hoy vamos a intentar aclarar lo que el designa como “la victoria pública” y los paradigmas de la interdependencia. La idea de fondo podríamos resumirla así: “toda relación empieza a construirse en nuestro interior, en nuestro círculo de influencia, en nuestro propio carácter.”

Antes de pasar al área de las victorias públicas, debemos recordar que la interdependencia efectiva sólo puede construirse sobre una base de verdadera independencia. La victoria privada precede a la victoria pública. El álgebra es anterior al cálculo.

Si recordamos y estudiamos el terreno para determinar dónde hemos estado y dónde estamos ahora, en relación con el punto al que queremos llegar, vemos con claridad que no hubiéramos podido arribar a nuestro lugar actual sin seguir el camino que seguimos. No hay otras rutas, no hay atajos. No hay modo de lanzarse en paracaídas. El panorama que tenemos por delante está cubierto con los fragmentos de las relaciones rotas de las personas que lo intentaron. Ellas pretendieron saltar hacia relaciones efectivas sin la madurez y la fuerza de carácter necesarias para mantenerlas. Y tampoco nosotros podemos hacerlo; tenemos que recorrer la senda que nos corresponde. No se puede tener éxito con otras personas si no se ha pagado el precio del éxito con uno mismo.

Hace algunos años, cuando yo dirigía un seminario en la costa de Oregon, un hombre se me acercó y me dijo: «Stephen, ¿sabe?, yo realmente no disfruto viniendo a estos seminarios». Le presté atención.

«Fíjese en todos los que están aquí», continuó. «Mire esa hermosa playa y el mar, y lo que está sucediendo. Y todo lo que puedo hacer es sentarme y pensar en las preguntas con las que va a abrumarme mi esposa, por teléfono, esta noche.

»Me tortura cada vez que estoy fuera de casa. ¿Dónde he desayunado? ¿Quién más estaba? ¿He estado toda la mañana? ¿Cuándo hemos hecho la pausa para el almuerzo? ¿Qué he hecho durante el almuerzo? ¿Cómo he pasado la tarde? ¿Cómo me he distraído por la noche? ¿Quién estaba conmigo? ¿Sobre qué hablamos?

»Y lo que realmente quiere saber, pero nunca termina de preguntar, es a quién puede llamar para comprobar lo que le digo. No hace más que regañarme y cuestionar todo lo que hago cuando viajo. Le está quitando su sabor a toda esta experiencia. Realmente no la disfruto en absoluto.»

Se le veía muy desdichado. Caminamos un poco, y después él hizo un comentario muy interesante. «Supongo que ella sabe qué preguntas tiene que hacer», dijo tímidamente. «La conocí en un seminario como éste, cuando yo estaba casado con otra mujer.»

Consideré lo que implicaba ese comentario, y le dije: «Usted querría un “arreglo rápido”, ¿no es así?».

«¿Qué quiere usted decir?»

«Bien que le gustaría tomar un destornillador, abrir el cráneo de su mujer y reajustarle con firmeza esa actitud. ¿Me equivoco?»

«Por supuesto que me gustaría que cambiara», exclamó. «No creo que esté bien que me acose a preguntas tal como lo hace.»

«Amigo mío», le dije, «no puede huir de problemas en los que se ha metido usted mismo.»

En este caso estamos afrontando un cambio de paradigma muy dramático y fundamental. Uno puede tratar de lubricar sus interacciones sociales con técnicas y habilidades de la personalidad, pero en el proceso puede que mutile la base caracterológica vital. No se pueden recoger frutos cuando faltan las raíces. Éste es el principio de la secuenciación: la victoria privada precede a la victoria pública. El autodominio y la autodisciplina son los cimientos de una buena relación con los otros.

Hay quienes dicen que uno tiene que gustarse a sí mismo antes de poder gustar a los otros. Creo que esta idea tiene su razón de ser, pero si uno mismo no se conoce, no se controla, no tiene dominio de sí, es muy difícil que se guste, salvo por sugestión y de un modo breve y superficial.

El verdadero autorrespeto proviene del dominio de sí, de la verdadera independencia. Y ése es el objetivo del primero, segundo y tercer hábitos. La independencia es un logro. La interdependencia sólo está al alcance de gente independiente. A menos que estemos dispuestos a conseguir una independencia real, es inútil que tratemos de desarrollar habilidades para las relaciones humanas. Podemos intentarlo, e incluso alcanzar algunos éxitos cuando las cosas van bien. Pero en los tiempos difíciles (que sin duda llegarán) nos faltarán bases para evitar la disgregación.

El ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Y si nuestras palabras y acciones derivan de técnicas superficiales de relaciones humanas (la ética de la personalidad) y no de nuestro núcleo interior (la ética del carácter), los otros sentirán esa duplicidad. Sencillamente, no podremos crear y sustentar la base necesaria para la interdependencia efectiva.

Las técnicas y aptitudes que realmente representan una diferencia en la interacción humana son las que fluyen casi de manera natural de un carácter verdaderamente independiente. De modo que toda relación empieza a construirse en nuestro interior, en nuestro círculo de influencia, en nuestro propio carácter. Cuando nos volvemos independientes —proactivos, centrados en principios correctos, impulsados por principios y capaces de organizamos y realizar cosas con integridad en torno de las prioridades de nuestra vida— podemos también elegir la interdependencia y construir relaciones ricas, duraderas y altamente productivas con otras personas.

Al observar el terreno que tenemos por delante, vemos que estamos ingresando en una dimensión completamente nueva. La interdependencia nos abre mundos de posibilidades con asociaciones profundas, ricas, significativas; con una productividad que aumenta geométricamente; con servicio, contribución, aprendizaje y desarrollo. Pero es allí también donde se experimentan el mayor dolor y la mayor frustración; allí están los más grandes obstáculos del camino a la felicidad y el éxito. Y tenemos conciencia del dolor porque es agudo.

Muchos sobrellevamos durante años el dolor crónico de nuestra falta de visión, liderazgo o administración en nuestras vidas personales. Nos sentimos vagamente incómodos y ocasionalmente tomamos medidas para aliviar ese dolor, por lo menos por un tiempo. Como es crónico, nos acostumbramos a él, aprendemos a vivir con él.

Pero cuando tenemos problemas en nuestras interacciones con otras personas, se hace muy consciente un dolor agudo, y queremos que desaparezca.

Entonces abordamos el síntoma con arreglos y técnicas transitorios: los parches de la ética de la personalidad. No comprendernos que el dolor agudo es un síntoma del problema crónico, más profundo. Mientras no dejemos de tratar los síntomas, mientras no empecemos a afrontar el problema, nuestros esfuerzos sólo producirán resultados contraproducentes. Sólo lograremos ocultar aún más el dolor crónico.

Ahora bien, al abordar la interacción efectiva con los otros, volvamos a nuestra definición anterior de la efectividad. Hemos dicho que es el equilibrio P/CP, el concepto fundamental de la fábula de la gallina de los huevos de oro.

En una situación interdependiente, los huevos de oro son la efectividad, la maravillosa sinergia, los resultados creados por la comunidad abierta y la interacción positiva con los otros. Y para conseguir huevos con regularidad tenemos que cuidar a la gallina. Necesitamos crear y cuidar las relaciones que hacen realidad esos resultados.

De modo que antes de descender de nuestra atalaya y entrar en los hábitos cuarto, quinto y sexto, yo querría introducir lo que creo que es una metáfora muy poderosa para la descripción de las relaciones y definir el equilibrio P/CP en una realidad interdependiente.

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One Response to ““Toda relación empieza a construirse en nuestro interior, en nuestro círculo de influencia, en nuestro propio carácter” (S. Covey)”


  1. [...] parece que S. Covey en su libro hace tres grandes aportaciones básicas o fundamentales. Y, de ahí, desde dentro, salen otras cinco grandes consecuencias. Veamos un [...]


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