El Evangelio del próximo II Domingo del Tiempo Ordinario es el episodio de las bodas de Caná. Es la última epifanía o manifestación de la divinidad del Señor. En el reciente tiempo de Navidad, vimos como se manifestó esta divinidad de Jesús en el anuncio del cielo a los humildes pastores, después por la ciencia y la Escrituras a los reyes magos y por último el reconocimiento que el mismo Dios dio de se su Hijo Amado al ser bautizado por Juan. Hoy será la propia naturaleza (símbolo del agua) quien de su testimonio. Fíjate, bastó un simple pensamiento de Jesús, para que el agua sin dudar un instante se transforme en vino y rinda así pleitesía a su Creador y Señor; el agua es hoy epifanía gozosa de la creación al Creador. Pero ¿sabes? Aún falta una epifanía… Falta aún una epifanía, la más importante: la de tu obediencia y la mía… Ya todos se han rendido; hasta la Creación entera, visible e invisible, está arrodillada ante el Señor… ¿No ves que estamos “dando la nota” delante de los ángeles, de los pastores, de los magos, del agua… y del propio Dios? ¡Anda, vamos, mira a tu Madre!…

¡Vaya! Llevo solo un tercio del folio. Sigamos. ¿Qué más nos quiere decir Jesús? Aceptando participar en una boda bendijo con su presencia la unión matrimonial. Pero en Caná, símbolo y realidad se encuentran además de las bodas humanas son la ocasión para hablarnos de otro desposorio fruto del Amor entre Cristo y la Iglesia. Así lo afirma san Pablo cuando afirma en Efesios, 5, 25-33, que en el origen y centro de todo matrimonio debe estar el amor: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella». Jesús, sigue diciendo Pablo en el texto de los Efesios, se entregó “a fin de presentarse a sí mismo su Iglesia resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida”. ¿Qué quiere decir con esto? ¿Se pueden quitar las arrugas de la propia esposa? ¡Claro que se pueden quitar! Son las arrugas del desamor y la soledad. Amar como Cristo a la esposa implica cuidarla, comprenderla, respetarla, tranquilizarla, reafirmarla, tenerla devoción. Quien ama así no tiene arrugas, o si las tiene son arrugas que expresan belleza madurada. “Y las esposas den confianza a sus maridos”. A veces, mujeres, lo que más cuenta en el mundo para el esposo, es esa palabra vuestra de aprecio y confianza, de aceptación y admiración, de aprobación y ánimo. Sería grave si faltara esa palabra. El amor se alimenta de estima y muere sin ella. No lo olvidéis.

Aún me queda un poco del folio. Volvamos a Caná. ¿Qué más nos quiere decir Jesús? Es corriente y sucede en muchos matrimonios que lo que  empezó con el entusiasmo y en la alegría como el vino en Caná simboliza, con el paso del tiempo se termina y puede llegar a echarse en falta. Es corriente y sucede en muchos matrimonios que entonces se empiecen a hacer las cosas por rutina y costumbre (símbolo del agua), y si no se pone cuidado puede llegarse a la sensación de aburrimiento y tedio; es decir ya “¡no les queda vino!”… El Evangelio nos propone una solución: ¡invitar a Jesús! Porque si Él está presente, se le puede pedir que repita el milagro de Caná: transformar el agua de la rutina, del desafecto, en el vino de un amor y de una alegría mejor que la inicial, como ocurrió en Caná.

Vamos a invitar a Jesús a nuestras vidas, a leer el Evangelio, a rezar juntos, a recibir los sacramentos, a ir a la Iglesia con más frecuencia… ¿Quién va a tomar la iniciativa? Pues el que más le conozca, y pronto terminará siendo un “amigo de la familia”.

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