Escuchando nuestro lenguaje

Martes, 12 enero, 2010

Muy sugerente y revelador resulta este postulado de S. Covey (cfr. su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente eficaz”) según el cual nuestras actitudes y conductas fluyen de nuestros paradigmas, de nuestros mapas mentales subyacentes. Una evidencia de esto radica en el lenguaje que empleamos al expresar nuestras preocupaciones. Veamos:

El lenguaje de las personas reactivas las absuelve de responsabilidad. Suelen emplear expresiones como:

-«Ése soy yo. Yo soy así, eso es todo.» Es decir: Estoy determinado. No puedo hacer nada al respecto.

-«¡Me vuelvo loco!» Es decir: No soy responsable. Mi vida emocional es gobernada por algo que está fuera de mi control.

-«No puedo hacerlo. No tengo tiempo.» Es decir: Me controla algo que está fuera de mí: el tiempo limitado.

-«Si mi esposa fuera más paciente…» Es decir: La conducta de algún otro está limitando mi efectividad.

-«Tengo que hacerlo.» Es decir: Las circunstancias u otras personas me fuerzan a hacer lo que hago. No tengo la libertad de elegir mis propias acciones.

Ese lenguaje deriva de un paradigmas básico determinista. Y en su espíritu está transferir la responsabilidad. No soy responsable, no Puedo elegir mi respuesta.

(…)

Un serio problema del lenguaje reactivo es que se convierte en una profecía de autocumplimiento. Refuerza el paradigmas de que estamos determinados y genera pruebas en apoyo de esa creencia. La gente se siente cada vez más impotente y privada de su autocontrol, alejada de su vida y de su destino. Culpa a fuerzas externas —a otras personas, a las circunstancias, incluso a los astros— de su propia situación.

En un seminario en el que yo hablaba sobre el concepto de proactividad, un hombre dijo: «Stephen, me gusta lo que dice. Pero las situaciones difieren entre sí. Por ejemplo, mi matrimonio. Estoy realmente preocupado. A mi esposa y a mí ya no nos unen los antiguos sentimientos. Supongo que ya no la amo, y que ella ya no me ama a mí. ¿Qué puedo hacer?».

— ¿Ya no sienten nada uno por el otro? —pregunté.

— Así es. Y tenemos tres hijos, que realmente nos preocupan. ¿Usted qué sugiere?

— Ámela —le contesté.

— Pero le digo que ese sentimiento ya no existe entre nosotros.

— Ámela.

— No me entiende. El amor ha desaparecido.

— Entonces ámela. Si el sentimiento ha desaparecido, ésa es una buena razón para amarla.

— Pero, ¿cómo amar cuando uno no ama?

— Amar, querido amigo, es un verbo. El amor —el sentimiento— es el fruto de amar, el verbo. De modo que ámela. Sírvala. Sacrifíquese por ella. Escúchela. Comparta sus sentimientos. Apréciela. Apóyela. ¿Está dispuesto a hacerlo?

En la gran literatura de todas las sociedades avanzadas, se habla de amar, del verbo. Las personas reactivas hablan del sentimiento. Ellas se mueven por sentimientos.

Hollywood, por lo general, nos convence de que no somos responsables, de que somos un producto de nuestros sentimientos. Pero los guiones de Hollywood no describen la realidad. Si nuestros sentimientos controlan nuestras acciones, ello se debe a que hemos renunciado a nuestra responsabilidad y que permitimos que los sentimientos nos gobiernen.

Las personas pro-activas hacen hincapié en el verbo amar. Amar es algo que se hace: los sacrificios que se hacen, la entrega de uno mismo, como una madre que pone un recién nacido en el mundo. Para estudiar el amor, hay que estudiar a quienes se sacrifican por los otros, incluso por personas que los hieren. Los padres tienen el ejemplo del amor que en ellos mismos despiertan los hijos por los que se sacrifican. El amor es un valor creado por medio de acciones amatorias. Las personas proactivas subordinan los sentimientos a los valores. El amor, el sentimiento, puede recuperarse.

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