¿Y qué decir cuando es un “enemigo” el situado en el centro de la propia vida?
Viernes, 18 diciembre, 2009
Seguimos con el libro“Los 7 Hábitos de la Gente Altamente Efectiva” de Stephen R. Covey. Esta vez vuelve a sorprendernos este autor por su agudo análisis psicológico. Se trata de esas veces en que parece como si nos obsesionáramos con alguien que nos está causando algún tipo de daño y sin apenas percibirlo empieza a ser el centro de nuestras toma de decisiones .
La mayoría de las personas nunca piensan en ello, y probablemente ninguna lo hace conscientemente. Sin embargo, es muy común que la gente se centre en un enemigo, en particular cuando existe una interacción frecuente entre quienes se encuentran en un conflicto real. Cuando alguien siente que ha sido injustamente tratado por una persona emocional o socialmente significativa, es muy fácil que se obsesione con esa injusticia y convierta a la otra persona en el centro de su vida. En lugar de conducir proactivamente su existencia, la persona centrada en el enemigo reacciona con contradependencia a la conducta y las actitudes de un enemigo percibido.
Un amigo mío que daba clases en una universidad se sentía muy aturdido a causa de las impertinencias de cierto administrador con el que mantenía una relación negativa. Se permitía pensar constantemente en aquel hombre hasta que se convirtió en una obsesión. Le preocupaba tanto que ello influyó en la calidad de sus relaciones con la familia con su Iglesia y con sus compañeros de trabajo. Por fin llegó a la conclusión de que tenía que dejar la universidad y aceptar un puesto docente en alguna otra parte. Le pregunté entonces:
- ¿Preferirías realmente enseñar en esa universidad, si ese hombre no estuviera allí?
- Sí —contestó—. Pero mientras él esté allí, quedarme sería una acción destructiva en todos los aspectos de mi vida. Tengo que irme.
- ¿Por qué has convertido a ese administrador en el centro de tu vida?
La nueva pregunta le sorprendió. Negó el hecho. Pero yo le señalé que estaba permitiendo que un individuo y sus impertinencias distorsionaran todo el mapa de su vida, socavaran su fe y la calidad de sus relaciones con sus seres queridos.
Finalmente admitió que aquel individuo había ejercido ese efecto en él, pero sin aceptar que se trataba de una elección propia. Atribuyó al administrador la responsabilidad de la situación conflictiva. Declaró que él mismo no era el responsable. Mientras hablábamos, poco a poco fue comprendiendo que sin duda el responsable era él, pero que, como no controlaba bien esa responsabilidad, se estaba convirtiendo en un irresponsable.
Muchas personas divorciadas caen en una pauta semejante. Todavía las consume la ira y la amargura, y la ansiedad por justificarse con respecto al ex cónyuge. En un sentido negativo, todavía están psicológicamente casadas; cada una de ellas necesita de los defectos de su ex pareja para justificar sus acusaciones.
Muchos «niños grandes» atraviesan la vida odiando secreta o abiertamente a sus padres. Los culpan por su comportamiento pasado, su desatención o favoritismo, y centran su vida adulta en ese odio, siguiendo las estipulaciones del guión reactivo y justificador que lo acompaña.
El individuo centrado en amigos o enemigos no tiene una seguridad intrínseca. Su sentimiento de los propios méritos es volátil, está en función de los estados emocionales o de la conducta de otras personas. La guía proviene del modo en que percibe que responderán los otros, y la sabiduría está limitada por la óptica social o por una Paranoia centrada en el enemigo. El individuo no tiene ningún poder. Otras personas manejan los hilos.




Lunes, 8 febrero, 2010 at 1:04 pm
[...] para que sean responsables deben tener su origen en esa libertad interior (y no en otros centros: enemigos, cónyuge, etc.). Que somos interdependientes nos hace ser primero independientes, y en un segundo [...]