Y es que hay que darse prisa, venga, vamos, corre, corre… No, no me entiendas mal. Ya sé que no has parado ni un minuto: compras, llamadas, felicitaciones navideñas, limpieza general de la casa para que esté presentable cuando venga la familia, el árbol, el belén, la estrellita, los detalles de última hora… El teléfono no para de sonar, y ¡la cantidad de cosas que aún quedan por hacer! Mira: no digo que lo estés haciendo mal. Pero…

Mira, me contaba Fernando, un sacerdote amigo, que en su parroquia una víspera de Navidad lanzó al aire la siguiente pregunta: “Queridos niños, ¿quién viene esta noche?”. Poseído de un frenesí digno de mejor causa, un infante de la primera fila alzó la mano mientras jadeaba, ansioso por tener cerca el micrófono y hacer saber al resto de la asamblea que él conocía la respuesta a tan difícil pregunta. Me acerqué a él, puse el micrófono junto a sus labios, y volví a preguntarle: “a ver, Luisito, dinos ¿quién llega esta noche?”… Y entonces, como un grito de triunfo, el tal Luisito disparó: “¡Papá Noel!”… Ya veis que cuando los hombres queremos fabricar la Navidad, el engendro que resulta se llama Papá Noel: he ahí nuestro máximo logro… ¡Una pena!

Sí, todos esos preparativos están muy bien, pero ten cuidado, no vayas a terminar pensando que la Navidad la haces tú y termines viéndola como un desafío a tu capacidad de organización, o como una cuestión de “protocolo familiar”. El activista piensa así: «Yo, el hombre, soy quien hago la historia, al menos en «mi terreno», es decir, en mi casa, en mi trabajo, en mi ciudad… Yo soy quien decide y todo depende de mi trabajo». Sin embargo, todo depende de Dios. Es Él quien decide, y quien da las fuerzas necesarias. En “nuestra navidad”, todo queda reducido a un encuentro familiar y a unos regalos colgados de un árbol. ¡Que eso ya es mucho! Sí, pero -no te ofendas- eso no es Navidad; es una obra humana. Bonita, tierna, maravillosa si quieres, pero humana. Y la Navidad es obra de Dios… Por eso, es muy importante que en estos días, además de preparar las cosas, dedique algunos ratos a la oración y dirijas los ojos del corazón a María, la fuente humana de la Navidad.

Leía hace podo del cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, como en un encuentro con sacerdotes de su diócesis, habló, de la necesidad de dedicar cada día media hora a la oración. Después de la conferencia, ya durante la discusión, se levantó un joven sacerdote y dijo: «Eminencia, es evidente que desde el punto de vista teórico eso es algo muy sencillo y claro… Hay que practicar la oración, pero…, ¿cuándo? Ocurre que yo tengo las siguientes obligaciones durante el día: me levanto a las 6:30, tengo la misa a las 7: 00, luego desayuno y doy clases de religión, almuerzo y me pongo a trabajar en la oficina, hago visitas a los enfermos y me dedico a las conversaciones pastorales; después de la cena tengo que reunirme con los jóvenes en el oratorio, más o menos hasta la medianoche. ¿De dónde puedo sacar media hora para la oración, si apenas tengo tiempo para el breviario?». Después de exponer sus razones miró triunfante al cardenal y al resto de los reunidos. «Tienes razón, —le dijo el cardenal— es cierto que no tienes tiempo para dedicar media hora a la oración. Tus ocupaciones te abruman de tal manera que no te queda tiempo para orar. Tú no puedes permitirte el lujo de orar durante media hora, tú tienes que hacerlo durante hora y media».

Por eso, si te examinas a la luz de la fe, entenderás que cuanto más abrumado te sientas por las ocupaciones que tienes, tanto más tiempo deberás dedicar a la oración. En el caso contrario, te quedarás vacío y solamente tendrás la ilusión de que das algo a los demás. Pero, nadie da lo que no tiene… Por eso la oración tiene que ocupar el primer puesto entre todas las actividades que llevamos a cabo. El contacto con Dios determina el valor y la importancia de nuestro trabajo. «No importa lo que haces —dijo Juan Pablo II— sino lo que eres». Lo importante es que seas un hombre de fe y oración.

No tengas miedo y desconecta el móvil, apaga el televisor, y siéntate delante del Belén. Allí puedes rezar, con tu familia, el Santo Rosario, o leer algunos pasajes del evangelio… Después, ya con el alma en paz, ¡a moverse otra vez! Pero ya no será para preparar tu navidad; será para prepararte a recibir la Navidad de María. No lo olvides; tú ya has hecho bastante; ahora le toca a Dios. Si no le dejas obrar, no hay Navidad ¡A rezar!

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