Francis Collins

Viernes, 16 octubre, 2009

Francis Collins

Francis Collins

Seguimos con el libro de José Ramón Aiyón, “10 ateos cambian de autobús”

La ciencia tiene su campo de acción en la exploración de la naturaleza, pero es incapaz de decirnos por qué existe el Universo, qué significado tiene nuestra vida o qué podemos esperar después de la muerte.

El norteamericano Francis Collins es un médico genetista, director -en su país- del Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano. Entre otros muchos galardones ha sido premio Príncipe de Asturias en 2001, y pertenece a la élite de la ciencia mundial.

En una época que suele esgrimir la ciencia como prueba fehaciente de la no existencia de Dios, Collins se descuelga con el argumento contrario: el tránsito del ateísmo a la fe, guiado por la razón y las conquistas científicas. Lo explica con amenidad en un libro cuyo título original –The language o f God– es una bella metáfora del genoma, perdida en el ¿Cómo habla Dios? de la traducción española. Al empezar a leerlo, el autor nos revela su propósito de «explicar cómo un científico especialista en genética llegó a creer en un Dios que está por encima del espacio y del tiempo e interesado en los asuntos de cada persona».

Una anciana y C. S. Lewis

Tras una infancia y una juventud sin formación religiosa, Collins obtiene un doctorado en Fisicoquímica en Yale. Tiene veintidós años, está casado y se ve a sí mismo como un agnóstico que no desea rendir cuentas ante nadie, «con ese patrón de pensamiento y de conducta que C. S. Lewis denomina ceguera deliberada». Sus ídolos son Einstein, Bohr, Heisenberg y Paul Dirac. Al leer la biografía de Einstein y descubrir que no cree en el Dios de la Biblia, «reforcé mi conclusión de que ningún científico inteligente podía sostener seriamente la posibilidad de la existencia de Dios sin cometer alguna clase de suicidio intelectual. Así que pasé del agnosticismo al ateísmo».

Después estudia Medicina y se asombra de la seguridad y la paz que la fe comunica a muchos de sus pacientes, a pesar de todo su sufrimiento. Un día, una viejecita que sufría por una severa e incurable angina de pecho, le preguntó qué era lo que él creía. La pregunta era pertinente, pues habían hablado de la vida y de la muerte muchas veces, y ella le había confiado sus convicciones cristianas.

Sentí que mi cara enrojecía mientras balbucía «no estoy seguro». Su sorpresa ante mi respuesta puso de relieve un problema del que había estado huyendo durante toda mi vida: nunca había considerado seriamente las razones a favor o en contra de la fe. Caer en la cuenta de esto fue una experiencia aterradora. Si mi posición atea no era sólida, ¿tendría que asumir la responsabilidad de algunas acciones sobre las que no quería ser juzgado? ¿Debía dar cuentas a alguien además de a mí mismo? La pregunta era demasiado imperiosa para evitarla.

Collins va entonces a visitar a un ministro metodista, que después de escucharle atentamente toma un pequeño libro de su estantería y le sugiere que lo lea. Se trata de Mero Cristianismo, de C. S. Lewis, el célebre autor de las Crónicas de Narnia.

Mientras lo leía, me daba cuenta de que mis ideas contra la fe eran pueriles. Lewis parecía conocer todas mis objeciones, a veces antes de que yo terminara de formularlas. Cuando me enteré de que había sido ateo, comprendí por qué sabía tanto de mi camino: también había sido el suyo.

El argumento que más le impresiona es la fuerza que en todos los seres humanos tiene la obligación moral. Una obligación presente tanto en el niño que se queja porque algo «no es justo», como en los debates éticos de la medicina o en la invocación a unos Derechos Humanos que nadie en su sano juicio puede negar. Un deber moral exclusivo del hombre, imposible de explicar con el esquema evolucionista de la selección natural, pues me pide curar al enfermo, intentar la recuperación del que se muere y salvar al hombre que se está ahogando, incluso si es mi enemigo y arriesgo mi propia vida.

Esta ley moral no es específica de ninguna cultura, pues en sus líneas fundamentales es la misma para todas. Por eso tampoco es un producto cultural, como pueden serlo la multitud de lenguas habladas por los hombres. Entonces, si no procede de la cultura ni de la biología, ¿de dónde procede? Veamos la respuesta que Collins encuentra en Lewis:

Si Dios es externo y diferente al mundo, no le podemos identificar con nada de lo que hay en el mundo, de la misma manera que un arquitecto no puede ser identificado con las paredes o las escaleras de sus edificios. La única forma de mostrarse a nosotros sería dentro de nosotros mismos, como una sugerencia o mandato para obrar de determinada manera. Y eso es exactamente lo que encontramos dentro de nosotros mismos.

Estas palabras de Lewis le resultan plenamente convincentes a Francis Collins:

Al encontrar este argumento a los veintiséis años, su lógica me dejó pasmado. Aquí dentro, escondido en mi propio corazón de forma tan familiar como la experiencia diaria, surgía un principio esclarecedor: la ley moral que iluminaba los rincones de mi infantil ateísmo.

Empecé un viaje de exploración intelectual para confirmar mi ateísmo, que se arruinaba a medida que la ley moral y otras muchas cuestiones me empujaban a admitir la hipótesis de Dios. El agnosticismo -refugio de segunda mano- se me mostraba como una gran evasiva, y creer en Dios me parecía más racional que no creer.

El lenguaje bioquímico de Dios

El genoma humano son las instrucciones de construcción del cuerpo humano. Se trata de un texto de tres mil millones de caracteres, escrito en cada una de nuestras células con un alfabeto de cuatro letras. Ese texto –como digo- lo poseen cada una de los miles de millones de células de un cuerpo humano, en sus moléculas de ADN. Fue descubier to por Watson y Crick, a mediados del siglo XX, pero no fue descifrado hasta el año 2000.

Al terminar su doctorado en Bioquímica, Francis Collins decide matricularse en Medicina. En un curso de genética queda «maravillado con la elegancia del código del ADN» y su enorme capacidad terapéutica: «Para mí, como médico, la posibilidad de abrir las páginas del libro de texto más poderoso de la Medicina resultaba extremadamente atractiva». Años más tarde, cuando Watson abandona la dirección del Proyecto Genoma Humano, todo el proceso de selección del nuevo líder apunta a Collins, que toma el relevo y trabaja una década «en una montaña rusa desbocada de experiencias». Su equipo de investigadores trabaja de forma simultánea en veinte centros repartidos por seis países diferentes, y logra transcribir 1.000 pares básicos por segundo. A finales de abril de 2000, los dos mil científicos coordinados por Collins habían logrado la hazaña de terminar un borrador inicial.

Así fue como me encontré de pie, junto al Presidente de los Estados Unidos, en la Sala Este de la Casa Blanca, el 26 de junio de 2000, anunciando que se había transcrito el primer borrador del libro de instrucciones del cuerpo humano, y que el lenguaje de Dios había sido revelado.

El Presidente Bill Clinton tuvo el privilegio de anunciarlo al mundo con estas palabras:

Sin duda, este es el mapa más importante y maravilloso jamás producido por la humanidad. Hoy estamos aprendiendo el lenguaje con el que Dios creó la vida.

Collins continuó tres años liderando el Proyecto Genoma. Para él, como cristiano, la revelación de la secuencia del genoma humano tenía un significado especial, pues se trataba del texto con el que Dios daba a miles de millones de seres humanos la orden de vivir.

Me sentía sobrecogido al explorar el más importante de todos los textos biológicos. Ciertamente está escrito en un lenguaje que apenas entendemos, y se requerirán décadas o siglos para comprender todas sus instrucciones, pero hemos cruzado un puente hacia un territorio profundamente nuevo.

Después de estas palabras, Collins nos recuerda que el propósito de su libro no es cantar las excelencias de sus investigaciones, sino reflexionar sobre la profunda armonía entre la ciencia y la creencia en Dios:

El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la catedral o en el laboratorio, porque su creación es majestuosa, sobrecogedora, complejísima y bella, y no puede estar en guerra consigo misma. Solo nosotros, humanos imperfectos, podemos iniciar tales batallas. Y solo nosotros podemos terminarlas.

Implicaciones teológicas del Big Bang

Francis Collins nos cuenta que Copérnico, al descubrir que la Tierra gira alrededor del Sol, también descubrió una oportunidad de celebrar la grandeza de Dios, como él mismo reconoce:

Conocer las poderosas obras de Dios; comprender su sabiduría, majestad y poder; apreciar el funcionamiento de sus leyes ha de ser, con toda seguridad, un modo adecuado y gustoso de adorar al Altísimo, pues la ignorancia no puede ser más agradecida que el conocimiento.

En esa línea de reflexión sobre la armonía entre la fe cristiana y la ciencia, Collins dedica un sugestivo capítulo al origen del Universo. Y nos recuerda que su expansión -observada, medida y publicada por Edwin Hubble en 1929- ha dado pie a un diluvio de mediciones y a una conclusión admitida por casi todos los físicos y cosmólogos: que el Universo nació hace catorce mil millones de años, en un momento bautizado por Fred Hoyle como Big Bang. Esa Gran Explosión implica necesariamente otra pregunta: ¿qué o quién la provoca? Es decir: ¿qué había antes del Big Bang? Collins cita en este punto al prestigioso astrofísico Robert Jastrow:

Para el científico que ha vivido de la creencia en el poder de la razón, la historia de la ciencia concluye como una pesadilla: ha escalado la montaña de la ignorancia, está a punto de conquistar el pico más alto y, cuando trepa al último peñasco, salen a darle la bienvenida un montón de teólogos que estaban allí sentados desde hace siglos.

En otra página de Dios y los astrónomos, el agnóstico Jastrow -que ha sido director del Instituto de Estudios Espaciales de la NASA- afirma que el relato bíblico del Génesis coincide, en lo esencial, con el relato de la Astrofísica. Y añade: «la cadena de hechos que desemboca en el hombre comenzó repentinamente en un momento concreto, como un relámpago de luz y energía». Después de recoger esa cita, Francis Collins apostilla:

Tengo que estar de acuerdo. El Big Bang exige una explicación divina, obliga a la conclusión de que el Universo tuvo un inicio definido. No veo cómo la naturaleza se hubiera podido crear a sí misma. Solo una fuerza sobrenatural, fuera del espacio y del tiempo, podría haberlo hecho.

Cierro este resumen del itinerario intelectual de Collins con unas palabras que me parecen especialmente esclarecedoras:

¿Todavía existe la posibilidad de lograr una armonía fecunda entre la visión científica y la visión religiosa del mundo? Yo respondo con un sonoro ¡Si! En mi opinión, no existe ningún conflicto para creer en un Dios que se preocupa personalmente de cada uno de nosotros y ser, al mismo tiempo, un científico riguroso. La ciencia tiene su campo de acción en la exploración de la naturaleza, pero es incapaz de decirnos por qué existe el Universo, qué significado tiene nuestra vida o qué podemos esperar después de la muerte.

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4 Responses to “Francis Collins”


  1. [...] embargo, quienes le niegan o ignoran empiezan a escucharle en el inmenso lenguaje de las galaxias, en el elegantísimo idioma de la genética, en los números increíbles de la física atómica, en la lengua inefable del amor y también en [...]

  2. Anónimo Says:

    No es que sea atea, pero siempre he dudado de la existencia de Dios, más aún, después del fallecimiento de mi pequeña hija, preguntandome el por qué?, pero después de leer este pequeño espacio de información, proveniente de unos científicos tan prestigioso, quienes estudian sobre el genoma humano, no me ha quedado más que llorar y vislumbrar un poco más ese camino, del cual estoy perdida. Gracias.

  3. Eduardo Says:

    yo siempre he dicho que la rama de la ciencia y la fe, no se diferencian entre si, al contrario cuando los cientificos mas prestigados a nivel mundial descubren situaciones dentro de un munto material, temporal, espacial, se han dado cuenta que la Biblia ya lo mencionaba muchisisisimo antes que ellos lo descubrieran, la razon esta en que muchos cientificos no lo reconocen. Arriba mi señor creador de los cielos y la tierra y todo lo que en ello esta………………………………


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