Sobre la “incompetencia” de Dios

Miércoles, 1 julio, 2009

Iba a titular el post “sobre la impotencia de Dios”, pero me ha parecido un poco fuerte y he buscado algún sinónimo. Y de entre los que encontré (ineficacia, nulidad, incapacidad, ineptitud, etc), este de “incompetencia” me ha parecido el más delicado.

Si, con frecuencia hablamos mucho del poder de Dios y de su Omnipotencia, de su sabiduría y Omnisciencia, etc… Pero las lecturas de la misa del próximo 14º domingo del T.O. nos hablan de tres misiones difíciles y que al menos aparentemente terminan en fracaso. La misión de Ezequiel fue difícil por su dureza y rebeldía del pueblo escogido (1 Lect.). Los paisanos de Jesús se niegan a recibirlo como profeta y enviado de Dios (Ev.). Pablo experimenta toda clase de dificultades en su predicación (2 Lect.).

No pudo hacer allí ningún milagro

Pero es que, y aunque nos resulte extraño, la Omnipotencia de Dios, es “Impotente”. Y esto es la que la hace asombrosa y quizás el atributo más maravilloso de Dios. Me explicaré.

Si Jesús no pudo hacer en Nazareth ningún milagro fue por la falta de fe de sus paisanos. Efectivamente, este Dios Omnipotente pide permiso primero para hacer sus maravillas y si no queremos, Él se queda en silencio esperando, arrodillado ante la puerta cerrada de nuestro corazón. No se tú, pero yo si fuera todopoderoso pienso que no me arriesgaría a fracasar… Sin embargo, ¡Dios sí! Y esto, precisamente esto, es lo que más me encanta de la “Impotencia” de Dios, su impresionante “Omnipotencia Arrodillada”.

Pero también es cierto que al actuar Dios así, hace que mi vida tenga una trascendencia tremenda. Es como si me dijera: mira, Yo ya he hecho mi parte; ahora, te toca a ti… Tu propia salvación está en tus manos… ¡Parece increíble, pero es verdad!: todo un Dios me ha perdonado, a mí; me ha salvado, a mí; me ha abierto las puertas del cielo, a mí… Y después… Después se ha arrodillado ante mi, un miserable, y me ha dicho con un respeto exquisito: ¿Me darás permiso para ser “omnipotente” contigo? … Y ahí sigue a la espera de mi respuesta.

Un momento de la historia dependió de la respuesta de una Virgen a una pregunta parecida…. Que yo sepa responder como Ella: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

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