La vida humana se desarrolla en un tiempo limitado. Nace, crece, madura, da sus frutos y muere. En ese trayecto, se despliega lo que el hombre es y puede ser. Y, al final, cada hombre lleva sobre sí su historia. La que ha ido escribiendo día a día, rica o pobre.

En nuestro tiempo, muchos hombres tienen un sentido muy agudo del aprovechamiento del tiempo. Procuran multiplicar su actividad, desarrollando mucho trabajo, y llegando también a actividades complementarias: cultivo de la música, gimnasia, práctica de algún deporte, desarrollo de aficiones manuales o artísticas, conocimientos de arte, etc. Son los que podríamos llamar “activistas“. En el otro extremo, están los hombres que realizan rutinariamente su actividad; que les parece que la vida ya no les va a dar más o que les costaría demasiado esfuerzo conseguirlo. Procuran trabajar lo menos posible y eludir todo lo molesto o lo que produce cansancio. Aman su tiempo libre, aunque no saben cómo emplearlo, y se aburren. Están acostumbrados a huir de la realidad, aunque la critican muchas veces sin compasión y, casi siempre, sin ninguna intención de mejorarla.

A unos, les falta tiempo para su actividad desbordante, y otros no saben cómo llenarlo. Entre ambos extremos, discurre la vida y la actividad de la mayoría de los hombres. Y a todos, hay que recordar una realidad obvia, pero que no se suele tener presente: “No es otra cosa el tiempo de esta vida (comenta San Agustín) sino una carrera hacia la muerte” (De Civ. Dei, 13). A la luz de esta verdad, bien meditada, se puede plantear con todo su rigor existencial, la pregunta por el sentido de la vida: para unos, por el sentido de esa actividad frenética, llamada a acabarse; para otros, por el sentido de ese derroche de matar el tiempo, cuando hay tanto que hacer por los demás.

“Enséñanos Señor a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio” (Sal. 90,12). ¡Que sintamos la urgencia de aprovechar la vida! Pero no para dar satisfacción a nuestra ambición o porque nos dejemos llevar por la fiebre de la actividad, sino para amar a Dios y servir a los demás.

Así llegamos a la idea de que la mayor parte del tiempo y de las energías de una persona madura se consumen en su trabajo profesional. El trabajo es el lugar donde obtenemos nuestro sustento; nuestro modo ordinario de contribuir a la sociedad en que vivimos y es el servicio principal que realizamos a los demás hombres. En el trabajo se despliega nuestra personalidad y madura. Nos obliga al desarrollo de las virtudes, pues: vencemos la pereza; nos acostumbramos a concentrar nuestra atención; nos obligamos a obedecer a otros, desarrollamos nuestras habilidades; nos formamos profesional y humanamente, etc. El trabajo es, además, un gran nudo de relaciones sociales. Mediante él, nos integramos en la sociedad y ordinariamente, es la ocasión de formar nuestras amistades.

Y para ti y para mi que procuramos vivir todo esto por amor de Dios, y convertir nuestro trabajo en un encuentro con El, copio estas palabras: “Me has preguntado qué puedes ofrecer al Señor. No necesito pensar mi respuesta: lo mismo de siempre, pero mejor acabado, con un remate de amor, que te lleve a pensar más en El y menos en ti” (san Josemaría en Surco 495).

Fuente: esta tomado de “Para ser cristiano”, J. L. Lorda

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