Yo era su hija, pero todavía más importante, ella era mi madre

Lunes, 9 marzo, 2009

Seguimos con la misma idea de la filiación divina, pero ahora referida también a la Madre, la Virgen María. La siguiente historia cuya autora dice ser verdadera, puede ayudarnos a comprender esto.

Yo fui una adolescente abominable. No como la mayoría, que supone que lo sabe todo, que no limpia su habitación, que muestra una actitud de “porque tengo ya quince años”. No, yo era un monstruo manipulativo, mentiroso, de lengua mordaz, que comprendí desde temprana edad que podía lograr que las cosas se hicieran a mi modo con sólo unos pequeños ajustes menores. Los escritores de las telenovelas más candentes de hoy día no podrían crear una “villana” peor. Algunos comentarios maliciosos aquí, una mentira o dos allá, tal vez una mirada maligna como toque final, y las cosas me resultaban grandiosas. O por lo menos así lo pensaba yo.

La mayor parte del tiempo, y en el exterior, era yo una buena chica. Una marimacha risueña de nariz respingada, a quien le gustaban los deportes y le emocionaban las competiciones (una bonita forma de decir, agresiva y exigente). Y es quizás por eso que mucha gente me dejaba ingeniármelas y usar lo que yo ahora denomino “tácticas de conducta tractor”, esto es, sin consideración ninguna a nadie. Por algún tiempo, al menos.

En vista de que yo era bastante perspicaz para que algunos se doblegaran a mi voluntad, me sorprende que haya necesitado tanto tiempo para comprender que estaba lastimando a mucha gente. No sólo logré alejar a muchos de mis mejores amigos al tratar de controlarlos; también conseguí sabotear, una y otra vez, la relación más preciada en mi vida: la relación con mi madre.

Incluso ahora, a casi 10 años de que naciera mi nuevo yo, mi comportamiento anterior me sigue asombrando cada vez que lo recuerdo. Comentarios ofensivos que hieren y lastiman a la gente que más quería. Actitudes de confusión e ira que parecían gobernar mis movimientos, todo para asegurarme de que las cosas se hicieran a mi modo.

Mi madre, quien me trajo al mundo a sus 38 años en contra de la voluntad del médico, me gritaba, “Esperé tanta tiempo tu llegada, por favor no me alejes. Quiero ayudarte“.

Yo le respondía con mi mejor cara de piedra, “Yo no te lo pedí. Nunca quise que te preocuparas por mí. Déjame en paz y olvídate de mí“. Mi mamá empezó a creer que yo la decía de verdad. Mis acciones no mostraban otra cosa.

Yo era mala y manipulativa al tratar de hacer mi voluntad a toda costa. Al igual que muchas muchachas de secundaria, los muchachos que sabía ya tenían un compromiso, eran los primeros con los que tenía que salir. Me escabullía fuera de casa a todas horas de la noche, sólo para demostrar que podía. Engañaba con mentiras complejas que siempre estaban al borde de estallar en mi cara. Encontraba cualquier modo de atraer la atención hacia mí aunque al mismo tiempo trataba de ser invisible.

Es irónico, pero me gustaría decir que le pegaba duro a las drogas en ese periodo de mi vida, que tomaba pastillas para alterar la mente y fumaba porros que cambiaban mi personalidad, como pretexto de las terribles y mordaces palabras que salían volando de mi boca. Sin embargo, no era ese el caso. Mi única adicción era el odio; mi única emoción era infligir dolor.

Pero de pronto me empecé a preguntar por qué. ¿Por qué la necesidad de lastimar? ¿Y por qué a la gente que más quería? ¿Por qué la necesidad de tantas mentiras? ¿Por qué los ataques a mi madre? Me estaba volviendo loca con todos estos “por qué” hasta que un día exploté en un ataque suicida.

Acostada despierta en el “hotel” (así llamaba cariñosamente al hospital), la noche siguiente a mi intento cobarde y fallido de saltar desde un vehículo que corría a 120 kilómetros por hora, algo me quedó muy claro, que no quería morir. Y que no quería infligir más dolor a la gente para ocultar lo que en verdad trataba de esconder, esto es, el odio a mí misma. Odia a mí misma desatado contra todos los demás.

Por primera vez en años, vi el rostro dolorido de mi madre, ojos marrones cálidos y cansados con ninguna otra cosa que agradecimiento por la nueva oportunidad de vivir de su hija y amor por su pequeña que esperó 38 años para tener. Mi primer encuentro con el amor incondicional. ¡Qué sentimiento tan poderoso!

A pesar de todas las mentiras que le había dicho, me seguía queriendo. Una tarde lloré en su regazo horas enteras y le pregunté por qué me seguía queriendo después de todas las cosas horribles que le había hecho. Solamente me miró, me retiró el cabello de la cara y me dijo con franqueza: “No lo sé”. Algo similar a una sonrisa se introdujo entre sus lágrimas mientras las líneas de su afligido rostro me decían todo lo que yo necesitaba saber. Que yo era su hija, pero todavía más importante, que ella era mi madre.

(…) El amor incondicional es el regalo más precioso que uno puede dar. Que se le perdone a uno por lo sucedido en el pasado es el más precioso regalo que uno puede recibir… Yo pertenezco a los afortunados, lo sé, y quiero extender el regalo que mi madre me dio a todos los adolescentes descarriados en el mundo que están confundidos.

No es malo sentir dolor, necesitar ayuda, sentir amor, pero hay que sentirlo sin ocultarlo. Sal de tu escondrijo protector, de detrás de tus rígidos muros y aléjate de esos aspectos de tu personalidad que te sofocan, y respira vida.

Fuente: Sarah J. Vogt

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One Response to “Yo era su hija, pero todavía más importante, ella era mi madre”

  1. maria Says:

    quisiera tener una mama asi


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