Pinzas para el pelo

Lunes, 9 febrero, 2009

Un relato más de estos que te estoy poniendo últimamente. A mi me ha emocionado un poco al final:

Cuando tenía siete años, escuché a mi madre decir a una de sus amigas que cumpliría treinta años al día siguiente. Pensé dos cosas cuando la escuché: primera, que nunca antes había advertido el cumpleaños de mi madre; y, segunda, que no recordaba que ella hubiera recibido nunca un regalo de cumpleaños.

Pues bien, podría hacer algo al respecto. Mi dirigí a mi habitación, abrí mi alcancía y tomé todo el dinero que tenía adentro: cinco monedas de cinco centavos, que representaban cinco semanas de mesada. Caminé entonces hasta la pequeña tienda al lado de mi casa y le dije al dueño, el señor Sawyer, que deseaba comprar un regalo de cumpleaños para mi madre.

Me enseñó todo lo que había en su tienda por un valor de veinticinco centavos. Había varias figuritas de cerámica que a mi madre le hubieran encantado, pero ya tenía muchísimas y era yo quien debía limpiarlas una vez a la semana; definitivamente no sería eso. Había también unas cajas de caramelos pero mi madre era diabética, así que tampoco serían apropiadas.

Lo último que me enseñó el señor Sawyer fue un paquete de pinzas para el cabello. Mi madre tenía un hermoso cabello negro y largo, y dos veces a la semana se lo lavaba y rizaba con pinzas. Cuando las retiraba al día siguiente, parecía una actriz de cine con sus bucles largos y oscuros cayendo en cascada sobre sus hombros. Decidí entonces que aquellas pinzas serían el regalo perfecto para mi madre. Le entregué al señor Sawyer mis veinticinco centavos, y él me dio las pinzas.

Las llevé a casa y las empaqué en una página Nena de colores vivos de las tiras cómicas del domingo (no tenía dinero para el papel de regalo). A la mañana siguiente, cuando mi familia se encontraba en la mesa del desayuno, me dirigí a mi madre, le entregué el paquete y le dije: “¡Feliz cumpleaños, mamita!”

Mi madre permaneció muda de asombro algunos momentos. Luego, con lágrimas en los ojos, rompió la envoltura, y cuando llegó a las pinzas para el cabello, estaba sollozando.

“¡Lo siento, mamita!-me disculpé-. No deseaba hacerte llorar. Sólo quería que tuvieras un feliz cumpleaños”. ‘¡Oh, cariño, estoy feliz!”, me dijo. Miré sus ojos y vi que sonreía a través de las lágrimas. “¿Sabes que éste es el primer regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida?”, exclamó.

Luego me besó en la mejilla y me dijo: “Gracias, cariño.” Se volvió hacia mi hermana y le dijo: “¡Mira, Linda me trajo un regalo de cumpleaños!” Después se volvió hacia mis hermanos y les dijo: “¡Miren, Linda me trajo un regalo de cumpleaños!” Y se volvió hacia mi padre y le dijo: “¡Mira, Linda me trajo un regalo de cumpleaños!’

Y luego fue a lavarse el cabello para sujetarlo con sus pinzas nuevas.

Cuando salió de la habitación, mi padre me dijo que cuando era niño, en su hogar no acostumbraban a dar regalos de cumpleaños a los adultos sino sólo a los niños pequeños, y que la familia de mi madre era tan pobre, que ni siquiera eso hacían. Y agregó: “Al ver cuán feliz has hecho a tu madre hoy, me has hecho pensar acerca de esto de otra manera. Lo que quiero decir, Linda, es que creo que has sentado un precedente aquí”.

Y, en efecto, senté un precedente. Después de esto, cada año mamá se veía abrumada de regalos el día de su cumpleaños por parte de cada miembro de la familia. Y, desde luego, cuanto más crecíamos los niños, más dinero teníamos y eran mejores los regalos que recibía. A los veinticinco años, yo ya le había regalado un equipo de música, un televisor en colores y un horno de microondas (el cual decidió cambiar por una aspiradora).

Cuando cumplió cincuenta años, mis hermanos y yo reunimos dinero y le compramos algo espectacular, un anillo de perla, rodeada de diamantes. Cuando mi hermano mayor le entregó aquel anillo en la fiesta que habíamos hecho en su honor, abrió la caja de terciopelo y fijó la mirada en la joya. Luego sonrió y mostró el estuche para que los invitados pudieran apreciar aquel obsequio especial, y dijo: “¿No son maravillosos mis hijos?” Luego pasó el anillo de mano en mano, y fue emocionante escuchar el suspiro colectivo que se extendió como una ola por todo el salón.

Me quedé en casa para ayudar en la limpieza cuando los invitados se marcharon. Estaba lavando los platos en la cocina cuando escuché la conversación que sostenían mis padres en la habitación contigua. “Bueno, Pauline -dijo mi padre-, qué belleza de anillo el que tienes. Creo que es el mejor regalo de cumpleaños que has recibido jamás”.

Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando escuché la respuesta de mi madre. Dijo suavemente: “es un anillo precioso, no puedo negarlo. Pero el mejor regalo de cumpleaños que haya recibido jamás fue un paquete de pinzas para el cabello”.

Fuente: Linda Goodman

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One Response to “Pinzas para el pelo”

  1. Carmen Says:

    ¡Qué bonita historia!, A mi que tengo hijos tambien me ha emocionado.


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