Ayer, miércoles 21 de enero de 2009, Benedicto XVI, en su habitual audiencia general, aunque siguiendo su catequesis sobre san Pablo ha tratado de su carta a los Efesios, podemos decir que ha dedicado casi la totalidad de su discurso al diálogo ecuménico propio de la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos, cuyo octavario termina el próximo Domingo 25, festividad de la conversión de san Pablo. Ha sido grande el esfuerzo de Benedicto XVI todo el año pasado en este aspecto ecuménico. Selecciono este párrafo:

En el pasaje del libro del profeta Ezequiel del que se ha sacado el tema, el Señor ordena al profeta que tome dos maderas, una como símbolo de Judá y sus tribus y la otra como símbolo de José y de toda la casa de Israel unida a él, y les pide que los “acerque“, de modo que formen una sola madera, “una sola cosa” en su mano. Es transparente la parábola de la unidad. A los “hijos del pueblo“, que pedirán explicación, Ezequiel, iluminado desde lo Alto, dirá que el Señor mismo toma a las dos maderas y las acerca, de forma que los dos reinos con sus tribus respectivas, divididos entre sí, sean “una sola cosa en su mano“. La mano del profeta, que acerca los dos leños, se considera como la mano del mismo Dios que recoge y unifica a su pueblo y finalmente a la humanidad entera. Podemos aplicar las palabras del profeta a los cristianos, como una exhortación a rezar, a trabajar haciendo todo lo posible para que se cumpla la unidad de todos los discípulos de Cristo, a trabajar para que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios. Esta exhortación resulta particularmente conmovedora y apremiante en las palabras de Jesús tras la Última Cena. El Señor desea que su entero pueblo camine -y ve en él a la Iglesia del futuro, de los siglos futuros- con paciencia y perseverancia hacia la realización de la unidad plena. Empelo este que comporta la adhesión dócil y humilde al mandato del Señor, que lo bendice y lo hace fecundo. El profeta Ezequiel nos asegura que será precisamente Él, nuestro único Señor, el único Dios, quien nos coja en “su mano“.

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