Amor con amor se paga

Miércoles, 14 enero, 2009

Os dije que lo iba a intentar: hacer un comentario de las lecturas del domingo siguiente. Esta vez se trata de un proceso de tres pasos: llamada, encuentro y respuesta. Una llamada: Dios llama a Samuel en el silencio de la noche (1Sam 3, 3b-10. 19). Un encuentro: dos discípulos de Juan se encuentran con Jesús y hacen de intermediarios para que otros lo encuentren también (Jn 1,35-42). Una respuesta: Pablo recuerda que nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo, por eso nos hemos de comportar sin profanar el templo (1Cor 6,13c-15a.17-20). Resulta evidente que cada una de estas escenas (Samuel, Juan, Pablo) conlleva un proceso sucesivo de estos tres pasos: llamada, encuentro y respuesta.

Lo malo es cuando ni siquiera empezamos este proceso. Hoy día, la “llamada a la santidad” resulta para muchos como una especie de “cristianismo llevado al extremo“. Para algunos es algo así como una cima sólo asequible a tres o cuatro especialistas del tema religioso. Para otros, aspirar a la santidad es algo así como un modo de fanatismo del que se defienden diciendo: “¡Hombre, tampoco es para tanto, no hay que llevar las cosas tan lejos!“. Incluso hay algunos -los he visto-, que en su interior piensan se trata de una pretensión arrogante: “¿Quién se habrá creído éste que es? ¿Se imaginará que es mejor que los demás?, ¿o es que quiere dejarnos mal a todos?“.

Cuenta José-Fernando Rey como en cierta ocasión, a una persona que acudió al confesonario para hacerle una consulta, le dijo: “¡Es que tú tienes que ser santo!“. Se levantó, se apartó de la rejilla, se puso en pie frente a él y le contestó: “¡Oiga, míreme! ¿Cree usted que yo tengo cara de santo?“.

Así las cosas, y exceptuando esos tres o cuatro “especialistas“, resulta muy difícil que los cristianos de a pie lleguen si quiera a oír la “llamada a la santidad”, asumiendo como mucho lo que podríamos denominar: “la aventura religiosas de tratar de ser Buenas personas: ¡que no es poco, oiga!” Ir a misa los domingos, confesarse una o dos veces al año, no hacer daño al prójimo, ser sobrio y moderado con los placeres y rezar alguna vez que otra…

Pero si vuelves a leer las lecturas del próximo domingo, eras a un joven Juan conociendo a Jesús a las cuatro de la tarde, y fascinado por un Rabí que parecía estar viendo el Cielo en su mirada; un joven Samuel, que por cuatro veces se levanta de la cama, para terminar arrodillado en una locura de amor y gozo ante Dios… Y un joven Pablo, entregado en cuerpo y alma al amor de sus amores… ¡Eso es la santidad! ¡Eso es lo que hemos olvidado!… El conocimiento y el sobrecogimiento ante la cercanía de un Hombre que es Dios, de un Amor que dice: Amor con amor se paga… Eso es la santidad, y nada más que eso.

Toma el Evangelio a diario, y busca en él con la curiosidad propia de alguien enamorado. Comulga con el corazón hambriento del Señor. Confiésate con el dolor de quien no quiere dejar cerrar la herida de amor que le causa su modo de proceder ante Quien tanto quiere…

Mira: si cualquiera puede enamorarse, cualquiera puede ser santo. Eso es la santidad, y nada más que eso.

Claro, que es más sencillo aspirar sólo a “la aventura religiosas de tratar de ser buenas personas: ¡que no es poco, oiga!… Pero también es verdad que es más pleno y gozoso vivir enamorado. Por eso, sólo el santo puede decir de un modo único con María: “¡Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!“.


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