Comenzó el año: Año Nuevo: ¡lucha nueva!. Efectivamente, tras las vacaciones, el trabajo duro vuelve a enfrentarnos con la cotidiana realidad. Desde pequeños sabemos de la importancia de la fuerza de voluntad para formar el carácter, pero la cuestión es ¿qué hacer, o qué hacemos, los que hemos nacido con poca fuerza de voluntad?

La voluntad crece con su ejercicio continuado y cuando se va entrenando en direcciones determinadas. Esta consolidación de la voluntad admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen de natural más fuerza (de voluntad) que otros; pero sobre todo influye la educación que se ha recibido y el entrenamiento personal que uno haga, el alcanzar una buena “forma física”. Y para ello nada mejor que el entrenamiento en la lucha que —queramos o no— vamos librando de día en día. Se trata de seguir una tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad, haciendo ejercicios repetidos, y que supongan esfuerzo.

¿Una tabla? Sí. Por ejemplo: ahora hago esto porque es mi deber; y ahora esto otro, aunque no me apetece, para agradar a esa persona que trabaja conmigo; y en casa cederé en ese capricho o en esa manía, en favor de los gustos de quienes conviven conmigo; y evitaré aquella mala costumbre que no me gustaría ver en los míos; y me propongo luchar contra ese egoísmo de fondo para ocuparme de aquél; y superar la pereza que me lleva a abandonarme en mi preparación profesional, mi formación cultural o mi práctica religiosa.

Ejercítate cada día en vencerte, aunque sea en cosas muy pequeñas. No abandones esa tabla pensando que no tiene importancia. Recuerda aquello de que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero, por un caballero una batalla, por una batalla un ejército, por un ejército…

Con constancia y tenacidad, con la mirada en el objetivo que nos lleva a seguir esa tabla. Porque, ¿qué se puede hacer, si no, con una persona cuyo drama sea ya simplemente el hecho de levantarse en punto cada mañana, o estudiar esas pocas horas que se había propuesto? ¿Qué soporte de reciedumbre humana tendrá para cuando haya de tomar decisiones costosas?

Y en la educación hemos de alabar más el esfuerzo que las dotes intelectuales, pues lo primero produce estímulo, pero lo segundo sólo vanidad. Además, muchas veces las grandes cabezas, ésas que apenas tuvieron que hacer nada para superar holgadamente sus primeros estudios, acaban luego fracasando porque no aprendieron a esforzarse. Y quizá aquel otro, menos brillante, que se llevaba tantos reproches y que era objeto de odiosas comparaciones con su hermano o su primo o su vecino listo, gracias a su afán de superación acaba haciendo frente con mayor ventaja a las dificultades habituales de la vida.

¡Ah! Y no olvides poner siempre una “razón de amor” en esos esfuerzos diarios y ya verás como te cuestan menos.

Cfr. www.interrogantes.net

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