Un hombre dijo a su esposa: «Tengo muchas cosas que hacer; pero todo, todo, lo hago por ti». Al parecer, se trata de un proverbio chino, pero con esta excusa, no hallaban tiempo para estar juntos ni charlar, y el día en que se encontraron de nuevo ya no supieron qué decirse. Y así ocurre tantas veces. La soledad es una experiencia que todos, quien más quien menos, hemos sufrido a lo largo de nuestra vida.

Y con la soledad llega la tristeza. Marcel afirmaba: «sólo existe un sufrimiento: estar solo»; y añadía desde su experiencia: «nada está perdido para un hombre que vive un gran amor o una verdadera amistad, pero todo está perdido para quien se encuentre solo».

Así lo explica Javier Echevarría: «sólo el amor —no el deseo egoísta, sino el amor de benevolencia: el querer el bien para otro— arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas —conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad—, es requisito necesario para no sentirse solo».

No hay que olvidar la estrechísima relación entre amor y éxtasis. Según San Agustín, «el alma se encuentra más en aquel a quien ama que en el cuerpo que anima». Quien ama tiende a dar y a darse, se da de hecho, se «comunica» a la persona amada, entregándole —de todos los modos posibles— lo mejor de sí mismo: su propia persona. Y acoge libre y gozosamente cuanto le ofrenda aquel o aquella a quien quiere: también, en fin de cuentas, su persona.

Con todo, se dan circunstancias en que la raíz del malestar no es la falta de amor, sino el no saber o no conseguir comunicarse adecuadamente. Pero esto lo veremos más adelante.

Cfr. Acerca de la comunicación (y de las discusiones) entre los cónyuges, por Tomás Melendo Granados

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