El sufrimiento (y 2)

Lunes, 1 Diciembre, 2008

Empecé la semana pasada una cita de André Frossard en torno al tema del sufrimiento. Hoy la termino. Me parece que su percepción de esta realidad, aunque parezca una experiencia espiritual, es de un gran realismo existencial.

El sufrimiento es la cuestión de las cuestiones. Hace su aparición con el primer vagido del niño que viene al mundo y no cesa de perseguirnos hasta el fin, hasta el instante último en que el poderoso hálito de la agonía nos arranca del mundo de los vivos. Negar el valor del sufrimiento no implica en absoluto una ayuda para los enfermos, sino que supone, por el contrario, arrebatarles algo más; es una indignidad. Los sufrimientos son ocasión para que generen caridad, pareciéndose a Dios en eso, aunque ¿quién podría parangonarse con Él? Poseen la virtud de hacernos mejores aunque sólo sea un momento. ¿No hemos de mostrarles nuestra gratitud por tan señalado favor?

«Estaba enfermo y me visitasteis», nos dice Jesús. Y no: «Estuvisteis enfermos y los que fueron a veros tienen toda mi simpatía»: Él es el enfermo, el leproso, el preso, el desvalido, y eso significa que en el pobre ser que somos todos, cada carencia es una forma de presencia de Dios: quien no lo comprenda así nunca entenderá nada del cristianismo.

Sucede en efecto, que ante el zarpazo de una desgracia repentina, o el anuncio de una enfermedad irreversible que afecta a algún ser querido, con gran frecuencia advertimos como su fe fortalece la nuestra a la vista de su valor, su tesón, su paciencia, que provocan nuestra admiración y dan testimonio de que el ser humano es más grande que su condición y que hay una belleza de alma que de alguna manera nos susurra que la fe es incorruptible. En tales condiciones, hablar de lo «absurdo» o de la «inutilidad» del sufrimiento pone de relieve una cierta zafiedad espiritual.

El sufrimiento ni aguarda a que se le llame ni perdona a nadie. Se presenta cuando menos se espera y se introduce hasta en la felicidad al hacernos ponderar la fugacidad de la misma. A veces somos nosotros los que lo generamos por nuestra resistencia a dar -porque si Dios es efusión, nosotros seríamos más bien retención- y esa avaricia, de la que no siempre somos conscientes, da lugar a estos dolorosos exponentes de rechazo que son el equivalente psicológico de lo que en medicina se conoce por «cálculos».  (…)  O los males que los hombres se infligen unos a otros por su egoísmo, sus ambiciones, su voracidad, su fanatismo, el desbordamiento de ese odio rapaz que aún proyecta su sombra sobre el calvario de Auschwitz, y todas las abominaciones de las que somos culpables por el ejercicio abusivo de nuestra libertad. Sólo nosotros tenemos la responsabilidad de tales horrores y desastres. En verdad que nuestro siglo ha conseguido prodigios, pero no es menos cierto que también se ha distinguido en matanzas y en mentiras, y se hace enteramente insoportable contemplarlo; todavía manchado con las señales de sus crímenes, volviendo hacia el creyente la cara lívida de Caín para preguntarle: «¿Dónde está tu Dios?», cuando acaba de matarlo en el justo y en el inocente. (…)

Como el niño que hace rebotar sobre un espejo un rayo de sol para encender una cerilla, me he esforzado por colocar todas las respuestas en la vía de aquella luz que me enseñó de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e insuperable, pura caridad, y que las demás verdades no eran más que reflejos de aquella Verdad; he intentado fundamentar la lógica de mis experiencias sobre eso irracional que se llama amor. (…)

Y luego, un día -que será otra revelación- al doblar la esquina de una calle, (..) de repente, pensareis que nada sería peor que el olvido, que ese sufrimiento que antaño estuvo a punto de romper vuestra última resistencia es la prueba de que habéis amado, que esa prueba es la justificación de vuestra existencia, vuestro tesoro más preciado, lo único que os llevaréis cuando todo lo demás regrese al polvo. Sentiréis la connivencia profunda del sufrimiento y del amor en vuestra naturaleza caduca.

Cfr. André Frossard, en “Preguntas sobre Dios”

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