La tensión del último día
Viernes, 5 septiembre, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos
Siguen los intentos de escapada y la tensión de los últimos momentos de la guerra en el campo de concentración. Un capítulo que se lee casi sin pestañear.
Ante la inminente llegada de los aliados, los oficiales alemanes dieron la orden de evacuar completamente el campo al atardecer del día 27 de abril de 1945. Todos, también enfermos y médicos, deberían ser transportados aquella tarde, porque los soldados de las SS iban a prender fuego al campo por la noche, para no dejar muchas huellas de su barbarie.
-Son casi las cinco de la tarde -comentó el doctor Bela, con cierto nerviosismo- y ni siquiera han aparecido los camiones para transportar a los enfermos. Esto no me gusta.
-Mira lo que está ocurriendo -apuntó Viktor-. Acaban de cerrar las puertas del campo. Y ahora los soldados vigilan estrechamente toda la alambrada. Está claro que quieren evitar cualquier intento de fuga.
-Parece que van a quemar el campo, con nosotros dentro. Debemos escaparnos cuanto antes, Viktor.
-De acuerdo.
Ambos médicos volvieron a los barracones donde yacían los enfermos, postrados con fiebre y delirando. Tres de ellos habían fallecido. Mientras hablaba con el doctor Racz, el oficial alemán ordenó a Viktor y Bela enterrarlos al otro lado de la alambrada.
-Esta es nuestra ocasión -susurró el médico húngaro-. A medida que vamos llevando los cadáveres, podemos ir sacando nuestras mochilas.
-Con el primer cadáver cogeremos tu mochila -dijo Viktor-. Con el segundo, la mía.
-Y cuando traslademos el tercero -concluyó Bela-, nos fugamos.
Los dos primeros viajes detrás de la alambrada se realizaron según las previsiones. Cuando regresaron, el doctor Bela dijo:
-Espérame aquí, Viktor. Voy a buscar algunos trozos de pan para los días que pasemos en los bosques de Baviera.
-Bien. Te espero.
Pasaron varios interminables minutos. El doctor Bela no regresaba y Viktor comenzó a impacientarse. Finalmente, el médico húngaro volvió con una bolsa de alimentos.
-¿Ocurre algo? -preguntó Viktor-. Has tardado mucho.
-Me ha costado reunir la suficiente comida -dijo Bela-. Hay mucha vigilancia.
-Bien, vámonos.
Pero algo los detuvo. De pronto la verja del campo se abrió de par en par, y Viktor exclamó:
-¡Entra un camión de la Cruz Roja internacional!
-¡Dios mío, gracias! -dijo Bela-. ¡Estamos salvados!
Era un camión espléndido, enorme, de color aluminio y con grandes cruces pintadas a los lados. Acompañado de otras personas, venía el delegado de la Cruz Roja en Ginebra. El camión marchaba despacio y se detuvo en la explanada. Allí lo rodearon todos lo que quedaban en el campo de concentración. Enseguida quienes venían dentro descargaron cajas con medicinas, distribuyeron cigarrillos y les hicieron fotografías. La alegría era inmensa.
-¡Quedan todos bajo mi protección! -dijo el delegado de la Cruz Roja-. Y, para permanecer cerca del campo, yo mismo me alojaré en una granja vecina. Ahí estaré a su disposición.
-¿Sigue en pie el plan de evadirse, Viktor? -bromeó Bela.
-Es evidente que ya no tenemos necesidad de escapar ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla -respondió Viktor-. Pero me temo, querido doctor Bela, que con las emociones nos hemos olvidado del tercer cadáver.
-¡Atiza, es verdad! -Bela se llevó las manos a la cabeza.
Los dos médicos sacaron del campo al tercer cadáver y le enterraron en la estrecha fosa que habían cavado para los tres cuerpos. El soldado alemán que los acompañó se volvió de pronto extremadamente amable. La situación iba a cambiar y trató de ganarse las simpatías de ambos. Incluso se unió a las oraciones que los dos doctores ofrecieron por los muertos antes de echar la tierra sobre ellos.
-¿Sabes lo que te digo, Viktor? -susurró Bela en el camino de vuelta-. Que este tipo es un caradura. -¡Pobrecillo! -le disculpó Viktor-. Tendrá mujer e hijos.
Antes de abandonar el campo, el delegado de la Cruz Roja se despidió de Viktor y Bela.
-Ya he dicho a todos los prisioneros que se ha firmado un acuerdo mediante el cual este campo no va a ser evacuado. Insisto en que todos quedan bajo mi jurisdicción.
-¡Bien! -le felicitó el doctor Bela-. Es lo mejor para los enfermos.
Pero el regocijo de los presos era prematuro. Aquella noche llegaron los camiones de las SS con la orden terminante de despejar el campo:
-Todos ustedes serán enviados a un campo central -dijo el oficial de las SS-. Y desde allí se les remitirá a Suiza en 48 horas, para canjearlos por prisioneros de guerra.
-Fíjate, Viktor, ahora nos llaman de usted -comentó Bela, ajeno por completo a las verdaderas intenciones de los nazis.
-Apenas puedo reconocer a los SS -dijo el psiquiatra-. Ahora se muestran muy amables e incluso nos felicitan por nuestra buena suerte.
Los presos que todavía tenían fuerzas fueron entrando en los camiones, y a los que estaban muy enfermos les izaban los demás. Sin esconder ya sus mochilas, Viktor y Bela se encontraban en el último grupo, a la espera de subir al camión.
-¡Un momento! -gritó el oficial alemán, frenándoles; luego, ordenó al doctor Racz-: Médico jefe, en esta expedición sólo caben trece prisioneros, ni uno más. ¡Cuéntelos y que suban rápido!
El doctor Racz contó el número preciso. Pero no eligió ni a Viktor ni a Bela. El psiquiatra vienés le increpó:
-Y a nosotros, sus amigos, ¿para cuándo nos deja?
-¡Mierda, doctor Racz -Bela fue más directo-: váyase a hacer puñetas!
-Lo siento -se disculpó Racz-. Me he distraído porque estoy muy cansado. Y además… ¿ustedes dos no se iban a evadir?
-¿Evadirnos? -Bela se enfadó aún más-. ¿Para qué nos vamos a evadir? ¿Es que se ha vuelto usted loco?
-Perdón, perdón -el doctor Racz hablaba aturdido-. Me han dicho que todavía queda por venir un último camión, y allí subiremos los tres.
Viktor y Bela se sentaron en el suelo, con sus mochilas en la espalda, y esperaron la llegada de ese último camión. Fue una espera larga e inútil, porque el camión no apareció. Y también una espera providencial: quienes salieron en los primeros camiones fueron encerrados en barracones de otro campo cercano y, una vez dentro, murieron abrasados.
-Bueno, vámonos a dormir -dijo Viktor-. Ya estoy harto de esperar. Mañana será otro día…
-Seguro que en el cuarto de guardia nazi hay buenos colchones.
El doctor Bela no se equivocaba. En el barracón de guardia, ahora desierto, había literas con colchones. Los dos médicos -y otros presos más- se tumbaron allí; exhaustos por la excitación de las últimas horas, con la ropa y los zapatos puestos.
De pronto, un estruendo de cañones despertó a Viktor. Los fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el barracón. La figura del doctor Racz apareció en la puerta, como si fuese un fantasma:
-¡A tierra! -gritó el médico jefe-. ¡Échense todos a tierra!
El prisionero de la litera de arriba saltó sobre Viktor, clavando los zapatos en su estómago. La línea de fuego había llegado hasta ellos. Un poco más tarde, disminuyó el tiroteo. Empezaba a amanecer. Y Viktor miró por la ventana:
-¡Fantástico, muchachos! -exclamó el psiquiatra-. ¡Allá afuera, en el mástil junto a la verja del campo, hay una bandera blanca que flota al viento !.
-¡Bienvenido, general Patton! -gritó el doctor Bela.
-¡Bienvenido, general Patton! -cantaron todos.




