Consejo genético neutro

Sábado, 30 agosto, 2008

Los avances en el conocimiento y en los instrumentos de diagnóstico de las enfermedades de origen genético han llevado a los médicos a ejercer el papel de asesores de las familias afec­tadas por estas enfermedades.

ALGUNOS AFIRMAN QUE los familiares tienen que estar informados de la manera más completa posible para poder tomar las decisiones adecuadas respecto a sus hijos (en espe­cial, cuando se trata de decidir si se deja nacer o no a un niño con anomalías genéticas).

Se ha querido dar a este «asesoramiento», tras sus inicios de los años sesenta, un carácter «neutro», o meramente informativo, sin pretender influenciar a los familiares a la hora de tomar decisiones.

SIN EMBARGO, en realidad, esta idea de un asesoramiento que pueda ser «neutro en el plano ético» es una ilusión. Es una ilusión porque en el fondo la única solución concreta que la medicina puede ofrecer hoy a los padres de un niño que va a nacer con discapacidad es el aborto.

POR ESO ALGUNOS DICEN QUE la ne­gativa, de principio, a adoptar una postura moral o ética y limitarse al papel informativo implica en sí misma ya una deci­sión moral negativa, es decir, la decisión de no ayudar a los padres, con humanidad y compasión, a tomar la decisión justa, que es la del respeto a la vida.

Y AÑADEN QUE se demuestra como la neutralidad del consejo genético es un artificio, por el hecho de que en todas partes los encuentros entre el genetista y el paciente desembocan casi siempre en una pregunta de enorme consecuencias éticas: «Y usted, doctor, ¿qué haría en mi lugar?», preguntan la madre angustiada, el padre desorientado… Pregunta que pone fin, humanamente, a la inhu­manidad de la neutralidad ética.

No responder a esta pregunta sería una forma de escapar , de dejar a la persona que pregunta abandonada en sus dudas irresolubles. Equivaldría a ponerse una venda en los ojos para no ver una grave necesidad de un ser humano, sería casi una omisión negligente del deber de cuidado, un acto de arrogante afirmación del principio de autonomía por encima de otros principios ético-profesionales no menos importantes, y si acaso más importantes.

Los pacientes no van al médico para recibir una clase de genética y unas ideas claras sobre los datos y riesgos de su enfermedad. Van para ser aconsejados, para que les digan los motivos y las consecuencias de sus posibles decisiones. Este proceso tiene como base la confianza. Y la verdadera confianza exige que no se omita ninguna información significativa, y también exige conocer y respetar las convicciones éticas del otro, para protegerlas y tutelarlas.

La experiencia muestra que las madres, por ser madres, están a favor de acoger al hijo herido por la enfermedad genética, e incluso de tenerlo como un regalo de Dios.

«¿Qué haría usted, doctor, en mi lugar?», es la pregunta tremenda que pone en evidencia la incosistencia del consejo genético neutro.

Fuente: Lexicon, por Gonzalo Herran Rodriguez

Cfr. Calidad de vida

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