Viktor Frankl

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

La verdad es que aunque sigo impresionado por el doloroso accidente en Barajas (una oración), voy a seguir con el tema habitual de estos viernes últimos. Este capítulo es continuación directa del anterior pero añade una serie de casos de la experiencia clínica del Dr. Frankl que permite comprender mejor el alcance de la logoterapia. Como el mismo dice se trata de llegar al alma de las personas y acertar con la palabra precisa, capaz de iluminar su horizonte vital, y volver a dar sentido a la lucha de la vida. Al final del capítulo surge la posibilidad de la fuga…

Evidentemente, Henri estaba decidido a suicidar­se. No tenía esposa, ni hijos: nadie le esperaba en la vida. Tampoco creía en Dios. A pesar de su aspecto de «musulmán», mantenía la cabeza fría y miraba a Viktor de manera tan desafiante, que el psiquiatra decidió romper la tensión.

-Muy bien, Henri. Aunque no la comparto, res­petaré tu decisión. Más aún, este estúpido curandero os invita a todos a tomar un té con limón.

-¿Cómo? -se sorprendió el doctor Bela-. No me habías dicho que tienes nada menos que té con limón.

Viktor introdujo su mano en el cajón más bajo de la mesa y sacó una botella con cuatro vasos.

En un abrir y cerrar de ojos, los cuatro prisione­ros se bebieron el contenido de la botella. Viktor ob­servó que Henri estaba un poco más calmado.

-El té con limón es una de mis bebidas preferi­das para subir al monte -comentó el psiquiatra-. Soy guía de alta montaña: pertenecí a un club alpino en Austria.

-¿Quién, tú? -se burló el doctor Bela-. ¿Pre­tendes hacernos creer eso, si basta mirar tu aspecto delgaducho para que des pena?

-Si no me hubiesen quitado mi carnet en Ausch­witz, podría demostrároslo…

-¿Ha estado usted en el Himalaya o tal vez en los Andes? -preguntó Henri, esbozando una leve sonrisa.

-La verdad es que todavía no -se excusó el psiquiatra, con la expectativa de que Henri mostrase alguna de sus cartas ocultas.

-Pues yo sí -afirmó tajantemente el francés.

-Henri es geógrafo -explicó Kandel, el ruma­no-, y ha subido todos los picos más altos de la tierra.

-Casi todos -matizó Henri. Luego, añadió-: Pero no tiene ningún mérito. Simplemente, necesita­ba escribir una serie de libros de geografía.

El psiquiatra vienés atisbó un rayo de luz en los ojos del prisionero, y trató de que esa luz iluminase alguna senda entre la selva oscura.

-Si has escrito ya la colección entera -sonrió Viktor-, me temo que estoy en desventaja.

-No se preocupe -dijo Henri-. Me faltan al­gunos volúmenes: todavía puede alcanzarme.

-¿Cómo? ¿Te falta completar la serie? -el psi­quiatra se internaba en la selva con una luz ahora más potente- ¡Entonces tienes que vivir, Henri: has publicado una serie de libros, sin haber llegado a la cima de tu obra!

-¿Qué más da que una colección esté incomple­ta? -preguntó Henri.

-No da igual en absoluto -replicó Viktor-. En la vida te espera una obra que tú y sólo tú puedes concluir. Lo mismo que a mí: la vida me exige que reescriba el original de un libro que perdí en Ausch­witz. Para tu obra científica, tu vida es tan insustitui­ble como la vida de Kandel para su hija. ¿Me entien­des ahora?

El francés se quedó mirando, pensativo, el fondo de su vaso. Después, apuró el té con limón y dijo con tranquilidad:

-Le entiendo, doctor Frankl; créame que le en­tiendo. La verdad, nunca había pensado en ello: en mi vida hay una misión que sólo yo puedo realizar. Gracias. De verdad, gracias.

Cuando Henri y Kandel abandonaron el barracón, el doctor Bela recogió la botella y los vasos. Leer el resto de esta entrada »

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