En su viña

Miércoles, 20 agosto, 2008

Imagina por un momento que te preguntasen qué preferirías: ¿tener un trabajo desde la primera hora de tu vida o estar desocupado y ser contratado solo al final y recibir el mismo pago que si hubieras trabajado toda tu vida? Esta es la cuestión que nos plantea el Evangelio de hoy.

Ya sabes como es: aquel padre de familia que salió de madrugada a contratar unos braceros, unos fueron llamados al comenzar la aurora y otros ya muy cercana la noche fueron contratados para trabajar en su viña. Esto es lo precioso: Su Viña.

Aquellos hombres hubieran preferido haber trabajado solo al final, así parece indicarlo la envidia con la que murmuran del Amo: ellos han recibido la misma paga a pesar de haber soportado el peso del día y el calor… El Amo se sorprende de la reacción, porque el contrato era bien claro: el que quiera venirse conmigo: niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame… Porque Él quiera ser bueno, es decir, porque Él quiera que todos los hombres se salven, porque Él llame misericordiosamente a cada uno a la hora en que sus circunstancias personales lo aconsejen… A ellos qué les importaba: anda, toma lo tuyo y vete.

Por eso, tu y yo, que hemos nacido cristianos, que desde la cuna aprendimos a rezar, sí, tu y yo, que hemos sido llamados desde la primera hora de nuestra vida, vamos a disfrutar de este honor. Cada día salimos a trabajar a su viña, al mundo, y con nuestro trabajo podemos “instaurar todas las cosas en Cristo (Ef 1,10), dice san Pablo a los de Éfeso, renovad el mundo en el espíritu de Jesucristo, colocad a Cristo en lo alto y en la entraña de todas las cosas” (san Josemaría). Esta es la gozada de poder trabajar en su viña, así la fatiga, el sudor y el cansancio del peso del día, es algo santificable y santificador, es un servicio a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas. Cuando nos sabemos trabajadores en su viña, con una razón de amor y de servicio, con “alma sacerdotal”, ese trabajo honesto, el que sea, nos mantiene unidos a Dios, nos permite participar en la creación, es dignidad humana, es instrumento para conseguir la perfección humana –terrena- y la perfección sobrenatural, es vínculo de unión entre los hombres para contribuir al progresos de todos los pueblos, es fuente de recursos para sostener a la familia… Es camino de santidad.

Bueno, ya se que muchos estáis de vacaciones, pero también ahí puedes descansar en el lagar de su viña, sin perder esa presencia del Padre, así nos lo recordaba hace unos días Benedicto XVI: “La persona humana se regenera sólo en la relación con Dios, y a Dios lo encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio”.

Madre mía, que no pierda este gozoso sentido sobrenatural del trabajo en el ajetreo de mi día, que aprenda a abandonarme en tu regazo, que sepa decirte cuando me venga la inquietud: tú harás las cosas antes, más y mejor, y así alcanzaré la paz y la serenidad que necesito. Y esa alegría, esa paz, será nueva fuente de eficacia.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 543 seguidores

%d personas les gusta esto: