Dr. Viktor Frankl

Dr. Viktor Frankl

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Ya estamos terminando este gran libro y hoy el doctor Frankl nos da una lección maravillosa de esperanza humana. Una vez más se nos recuerda su clasificación de los tres niveles de valores y lo que él denominaba “psicohigiene” en vistas a evitar los suicidios. Como trata el caso del intento de suicidio al final no tiene pérdida. Otro gran capítulo.

A pesar de los malos augurios, el destino de ese transporte no era Auschwitz, sino otro campo de concentración en Baviera. A llegar allí, el segundo médico que se había ofrecido voluntario, el doctor Bela, comentó con alivio: Doctor Frankl: ¡creo que hemos acertado!

-Nuestro abandono en la providencia de Dios -sonrió Viktor- ha sido más útil que todos nues­tros temerosos cálculos.

-¿Los cálculos matemáticos? Nunca han sido mi fuerte.

Nacido en Hungría, el doctor Belá había estudia­do en la Universidad de Budapest. Experto en medi­cina general, ejerció su profesión en la capital hún­gara. Tenía algo más de treinta años, y esa juventud le empujaba a ser audaz, al tiempo que minucioso, como buen húngaro. Además, era aficionado a la co­cina. Durante el viaje le había descrito a Viktor la campiña de Hungría, y los campos de maíz, y varias recetas de diversos platos.

-Tal vez aquí -comentó Bela- encuentre los ingredientes necesarios para hacer polenta dulce, con maíz tostado, y manteca, y especias.

-No sigas, por favor -le interrumpió Viktor-, o acabaré insultándote.

Una vez asignadas las literas de los recién llega­dos -en barracones medio enterrados en la arena, pero semejantes a los de otros campos-, Viktor y Bela, fueron recibidos por el médico jefe, el doctor Racz, también prisionero. Rayaba los cincuenta años y era un médico experimentado. Les invitó a tomar un café aguado en su despacho, pobre y destartalado.

-¡Bienvenidos! ¡Por fin han llegado! -exclamó mientras se sentaban-. Para un médico húngaro como yo, con lo meticuloso que soy, tanto trabajo resulta agobiante.

-¿Es usted húngaro? -se sorprendió Bela-. Yo también. ¡Qué casualidad!

-Dios los cría, y ellos se juntan -ironizó Viktor. El doctor Racz pasó revista a la situación de los enfermos en el campo, y repartió el trabajo entre los recién llegados: un barracón para cada uno.

-Me ha llamado la atención un hecho que a usted le interesará -el médico jefe se dirigió al psiquia­tra-. El número de fallecidos en este campo aumen­tó por encima de lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. ¿Sabe por qué?

-Supongo que por las peores condiciones del trabajo -apuntó Viktor-, la disminución de las ra­ciones alimenticias, los cambios climatológicos y, tal vez, por las nuevas epidemias…

-Eso pensé yo al principio -dijo el doctor Racz-. Pero no ha sido por eso. Obedece simple­mente a que la mayoría de los enfermos había abri­gado la ilusión ingenua de que para Navidad llegaría su liberación.

-¿Esperaban tan pronto al general Patton? -pre­guntó Bela.

-Exacto -asintió el médico jefe-. El verano pasado, los soldados americanos del III Ejército, di­rigido por el general Patton, han avanzado rápida­mente por Francia. Y muchos enfermos creían que los carros de combate aliados llegarían aquí en Na­vidad. Según se fue acercando la fecha sin que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento.

-Comprendo -dijo Viktor-. Para conseguir que el prisionero tenga fortaleza interior hay que mos­trarle, antes que nada, una meta futura y que no pier­da la esperanza en esa meta. Ya lo decía el filósofo alemán Nietzsche: «Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo». Necesitamos inculcar a los reclusos un por qué, una meta para su vida, a fin de fortalecerles para soportar el terrible cómo de su existencia.

-En efecto. -El doctor Racz se quedó pensati­vo. Luego, comentó: -El problema es que muchos presos me dicen: «Ya no espero nada de la vida». ¿Y qué respuesta les puedo dar?

-Tenemos que enseñar a los desesperados que… -Viktor se frenó primero, para hablar después con más énfasis- que en realidad no importa que no es­peremos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Es la vida quien nos pregunta a noso­tros, y no nosotros a la vida. Y nuestra respuesta con­siste en asumir la responsabilidad personal y en cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

-Me pregunto -terció Bela- cómo puedo yo decirle a un prisionero que ésta es su tarea o su meta en la vida.

-Obviamente -respondió Viktor-, cada hom­bre es distinto y único. Ninguna situación se repite con exactitud. Unas veces la vida puede exigir a un hombre que emprenda algún tipo de acción: yo los llamo valores creativos. Otras veces, lo que pide la vida es meditar y sacar consecuencias para su propio existir: yo los llamo valores vivenciales. Y, por últi­mo, a veces lo que la vida exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz: yo los llamo valores de actitud, porque, incluso su­friendo, la única oportunidad de esa persona reside en la actitud que adopte al soportar su carga. En cualquier caso -concluyó Viktor-, insisto en que cada persona es única e irrepetible. Por eso yo quie­ro hablar con quienes se vea que intentan suicidarse.

-Pero en este campo de concentración hay una regla que prohíbe intentar salvar a un hombre que trate de suicidarse -comentó Racz-. Por ejemplo, está prohibido cortar la soga de quien se intente ahorcar.

-En Auschwitz también existía esa regla -dijo Viktor-. Es una razón más para que ustedes me los envíen antes, y para que yo pueda aplicar la psicote­rapia individual.

Durante las jornadas siguientes, siempre que era posible, Viktor aplicó en el campo algo que podría definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la psicohigiene, tanto individual como colectiva­mente: se trataba de «procedimientos para salvar la vida», generalmente con vistas a evitar los suici­dios.

Una noche, a principios de marzo de 1945, se le acercó el jefe del barracón donde dormía Viktor. Se trataba de un hombre que, antes de la guerra, había sido un compositor bastante famoso. Respondía al nombre de Flesch.

-Me gustaría contarle algo, doctor -dijo el jefe de barracón.

-Usted dirá, amigo Flesch -le sonrió Viktor. -Verá. He tenido un sueño extraño. Una voz me decía que pidiera lo que quisiera, y que todas mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le pregunté?

-Naturalmente.

-Pues le pregunté cuándo terminaría para mí la guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! -subrayó Flesch-. Quería saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y cuándo acaba­rían nuestros sufrimientos.

-¿Y cuándo tuvo usted ese sueño? -le pregun­tó el psiquiatra.

-Hace unas semanas.

-¿Y qué le contestó la voz?

-Que el día 30 de este mes -susurró furtiva­mente el jefe de barracón.

Rebosante de esperanza y alegría, Flesch habló de aquel sueño plenamente convencido de que la voz no se equivocaría. A Viktor no le gustó aquello y tra­tó de frenarle:

-No crea demasiado en los sueños, por favor.

-¿Que no? -se sorprendió Flesch- Estoy ab­solutamente persuadido y nadie me hará cambiar de opinión, doctor. Ni siquiera usted.

Aunque el psiquiatra le insistió varias veces, re­sultó imposible quitarle esa creencia de la cabeza. Flesch era muy testarudo. Así que Viktor decidió acostarse, porque se encontraba rendido.

A la mañana siguiente, mientras Viktor realizaba su visita a los enfermos, el doctor Bela interrumpió bruscamente su trabajo:

-¡Viktor, es muy importante que vengas! -le susurró al oído-. Han traído a mi consulta dos pri­sioneros que han intentado ahorcarse esta noche.

-¿Los dos a la vez? -preguntó el psiquiatra.

-Sí, se habían puesto de acuerdo, pero los des­cubrieron a tiempo.

Cuando Viktor entró en el pequeño despacho de Bela, quiso tener una conversación con los dos, en presencia de su colega húngaro. Uno decía llamarse Kandel y era rumano; el otro, Henri, era francés. Tras las presentaciones de rigor, el psiquiatra les preguntó a ambos:

-¿Por qué os queréis suicidar?

-¡Mierda! -respondió el francés- ¡Porque ya no esperamos nada de esta perra vida!

-Comprendo -dijo Viktor. Lo que acababa de comprender era que Henri había tomado la iniciativa del suicidio: por eso se había adelantado al otro en responder. Entonces decidió actuar primero sobre el rumano, el más débil de los dos.

-¿Dónde naciste, Kandel?

-En un pueblo de Rumanía -el interrogado no quería especificar.

-¿Qué profesión ejercías?

-Comerciante… ¿y eso qué importa?

El psiquiatra prosiguió con sus preguntas. Trataba de ayudarle así a efectuar aquel giro copernicano del que había hablado con sus dos colegas, Racz y Bela. Es decir, enseñarle que lo importante no es pregun­tarse por el sentido de su vida, sino responder a las preguntas que su misma vida le planteaba y de asu­mir su responsabilidad ante esas preguntas.

-¿Tu esposa?

-Muerta.

-Lo siento, Kandel. ¿Te queda algún hijo vivo?

-Tengo una hija.

-La querrás mucho, ¿no?

-La queríamos. Por eso la enviamos a estudiar al extranjero.

-Pero ¿y ella? ¿Ella no te quiere a ti?

En ese momento el rumano apretó los puños y los cruzó sobre su debilitado y hundido pecho. Luego, estalló en un llanto incontenible:

-¡Ella me adora! -balbuceó- ¡Me quiere con locura! ¡Qué cartas más maravillosas me escribía, Dios mío! ¡Nadia, se llama Nadia y es preciosa!

-Entonces tu vida tiene un sentido muy concre­to: Nadia. Ella te espera, mi querido Kandel -Vik­tor hablaba en tono firme y persuasivo-. ¿Verdad que no deseas defraudar a Nadia? ¿Verdad que quie­res seguir vivo para ella?

-Sí, sí. ¡Sí! -Kandel lo afirmaba una y otra vez. El psiquiatra vienés había conseguido su propó­sito: encontrar el sentido de la vida para Kandel.

Mientras el doctor Bela atendía al rumano, ofre­ciéndole un tranquilizante, Viktor trasladó su mirada a Henri, el francés. Parecía un hombre culto, inteli­gente, con iniciativa. Y lo era, efectivamente: a sus 28 años hablaba francés, alemán, inglés y ruso. Po­seía una óptima cultura científica y literaria.

-¿Dónde naciste? -le preguntó Viktor.

-¡No pienso responder a ninguna de tus pregun­tas, médico estúpido! Me suicidaré y ya está. ¿Me entiendes, curandero?

One Response to ““Es la vida quien nos pregunta a noso­tros, y no nosotros a la vida””


  1. [...] (una oración), voy a seguir con el tema habitual de estos viernes últimos. Este capítulo es continuación directa del anterior pero añade una serie de casos de la experiencia clínica del Dr. Frankl que permite comprender [...]


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