Las noches en el Ka-Be

Viernes, 8 agosto, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Rios

Esta vez vemos al Dr. Frankl aplicándose a sí mismo uno de sus descubrimientos: la aceptación y distanciamiento en el sufrimiento y la búsqueda de sentido en todo lo que ocurre. El análisis de los tres niveles de valores es excelente y la actitud de abandono que muestra al final resulta emocionante. Una vez más, un capítulo sin desperdicio.

A las 5 de la madrugada todo era oscuridad allá afuera. Viktor estaba echado sobre un tablón en el suelo de tierra del Ka-Be, donde «se cuidaba» a unos setenta prisioneros. Se encontraba enfermo y no te­nía que desfilar para ir después al trabajo. Podía dor­mitar esperando el reparto de pan y el rancho de sopa aguada.

Desde el Ka-Be se escuchaba lejana, en el aire negro, la banda que empezaba a tocar: eran sus com­pañeros que salían al trabajo en formación. No oía bien la melodía, pero adivinaba las frases musicales dibujadas a intervalos por el viento. Miró a los de­más enfermos desde su tablón, porque sentía que esa música era infernal: marchas y canciones populares que les gustaban a los nazis. Y, al sonar esa música, sabía que todos sus camaradas, afuera en la niebla, desfilaban como autómatas: la música les empujaba como el viento a las hojas secas.

De repente, la ventisca abrió la puerta de par en par y la nieve entró en el barracón del Ka-Be. Un prisionero exhausto y cubierto de hielo se introdujo tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado. Regresaba del horroroso turno de noche, formado ahora para pasar revista. Pero el guardia lo echó rápidamente del Ka-Be.

-¡Cómo compadezco a este individuo -pensó Viktor-, mientras yo estoy aquí tumbado!

Pero no tardó en darse cuenta de que la fiebre, provocada por el tifus, le subía espectacularmente. Era una fiebre peculiar, llamada fiebre del tabardillo, que provocaba delirios y excitación a todos los en­fermos, en especial por la noche. El psiquiatra la identificó enseguida.

-¡Dios mío -rezó-, no quiero caer en un esta­do de delirio febril que me llevaría directamente a la cámara de gas!

Y fiel a su lema de aceptar la enfermedad, distan­ciándose al mismo tiempo de ella, decidió aprove­char su excitación febril para reconstruir, ya desde esa noche, el manuscrito de su libro El médico y el alma. Sacó del bolsillo su lápiz, además de los tro­zos diminutos de papel, y comenzó a estampar unas cuantas palabras taquigráficas -en medio de la no­che y a oscuras- para que le sirvieran de guión.

«Existen en el hombre tres tipos de valores que dan sentido a su vida -anota Viktor-. Primero: va­lores creativos. Segundo: valores vivenciales. Terce­ro: valores de actitud. Por ejemplo, un enfermo que yo atendí vivió sucesivamente estos tres valores de forma casi dramática. Era un hombre joven. Profe­sión: diseñador de publicidad; al diseñar anuncios vivía los valores creativos. Sufrió un tumor en la parte alta de la columna vertebral: ya no pudo ejer­cer su profesión ni, por tanto, esos valores creativos.

«En el hospital, se entregó a la lectura de buenos libros, se deleitaba oyendo música escogida y ani­maba a otros pacientes: entonces pasó a experimen­tar los valores vivenciales, es decir, da ahora un sen­tido a su vida acogiendo ese segundo tipo de valores. Primer viraje.

»Finalmente, su parálisis progresa tanto que ya no es capaz de leer, ni aguanta los auriculares -Viktor sigue escribiendo taquigráficamente-. ¿Qué actitud toma ante su destino? Sin quejarse, ofrece a Dios sus dolores por los seres queridos. Pues bien, cuando yo pasé la visita de la tarde, la víspera de su muerte, y sabiendo perfectamente lo que le aguardaba, ese ad­mirable enfermo me rogó que le pusiera la inyección de medianoche: para que yo no me molestara en le­vantarme a la mitad de la noche. Este hombre, en las últimas horas de su vida, no se preocupaba en abso­luto de sí mismo, sino sólo de los demás. Segundo y maravilloso viraje hacia el tercer tipo de valores: los valores de actitud, que son los más importantes para la persona, y los más difíciles de asumir, porque no todos aceptan el sufrimiento con dignidad».

Y así, escribiendo taquigráficamente incluso en la oscuridad de las noches, Viktor realizaba un esfuer­zo de voluntad para aprovechar el estado emocional, provocado por la fiebre del tifus.

Su amigo y colega, el doctor Pannwitz, estaba asombrado de esta cualidad: Viktor aceptaba la en­fermedad y sabía distanciarse al mismo tiempo de ella, dándole un sentido. Porque veía, en cambio, a los demás enfermos consumirse por la fiebre y, bien lo sabía Pannwitz, eso significaba la cámara de gas.

Al cuarto día de su estancia en el Ka-Be, a Viktor le sorprendió una visita: la de su amigo Otto, que ha­bía entrado allí gracias a la intercesión del doctor Pannwitz.

-¿Cómo te encuentras, Viktor? -le preguntó.

-Mucho mejor que tú. Gracias -Viktor leyó preocupación en las arrugas de la frente de su cama­rada. Y añadió-: ¿Ocurre algo?

-Sí y muy grave -dijo Otto-. Estás a punto de ser asignado al turno de trabajos por la noche. -¿Trabajar en el turno de noche con casi 40 gra­dos de fiebre?

-Me temo que eso significaría tu muerte segura. Se lo he dicho a Pannwitz. Ya veremos lo que puede hacer -Otto miró alrededor y supo que debía salir del Ka-Be-. Adiós, Viktor.

Al cabo de un rato, Pannwitz entró apresurada­mente en el barracón.

-Viktor, escúchame -el médico jefe hablaba nervioso-. ¡Ofrécete voluntario para desempeñar tareas sanitarias en otro campo de concentración, también filial de Dachau!

-Bien -asintió el psiquiatra mientras meditaba la propuesta-. Creo que debo decidir entre morir en un grupo de trabajo nocturno o cuidar enfermos en otro campo de concentración. Entonces lo mejor es ir como voluntario y, si tengo que morir, al menos puedo darle algún sentido a mi muerte.

-¡No vayas! -le gritó uno de los enfermos-. ¡Es una trampa para enviarte a Auschwitz! Hace

poco ocurrió un traslado así y se los llevaron a la cá­mara de gas.

-Estoy seguro de que no -le explicó Pannwitz, que también era un preso con experiencia-. Irías, con los prisioneros que se han apuntado en la lista; a lo que llaman un «campo de reposo» que está tam­bién en Baviera, a unos diez kilómetros de aquí.

-Tiene más sentido ayudar a mis camaradas como médico -repitió Viktor-, que vegetar o per­der la vida trabajando de forma improductiva.

-De acuerdo -asintió el médico jefe-. Se lo diré al suboficial del equipo sanitario. Me ha ordena­do, en secreto, que cuide de forma especial a los mé­dicos voluntarios. Y tu aspecto de debilidad es tal que teme tener un cadáver, en vez de un médico.

Aterrados de que fuese una selección, muchos de los enfermos apuntados al «campo de reposo» co­menzaron a buscar modos para salir de la lista. Ese mismo día el oficial del equipo sanitario entró en la enfermería y anunció:

-Los enfermos que se presenten voluntarios para trabajar en el turno de noche serán borrados de la lista para el campo de reposo.

De inmediato, 28 prisioneros se ofrecieron volunta­rios. Viktor, en cambio, prefirió mantener su nombre (es decir, su número) en la lista. Sólo un cuarto de hora más tarde, apareció en el Ka-Be el suboficial sanitario.

-Vengo a comunicar -dijo- que se ha cance­lado el transporte al campo de reposo.

-¿Se ha cancelado? -preguntaron dramática­mente quienes se ofrecieron para trabajar de noche-. ¿Y nosotros, los veintiocho enfermos del trabajo nocturno?

-Está claro -rió el suboficial con sarcasmo-. Os habéis ofrecido voluntarios…

A Viktor le dio asco la siniestra ironía del soldado alemán. Todos sabían que trabajar por la noche, y enfermos, significaba la muerte.

Durante las jornadas siguientes, también por las noches, Viktor siguió reconstruyendo su libro El mé­dico y el alma. Al noveno día pudo, por fin, salir del Ka-Be casi totalmente restablecido de su enfermedad.

Unas semanas después se organizó por segunda vez el transporte a un «campo de reposo», y el psi­quiatra volvió a dar su nombre. También ahora se desconocía si era una estratagema para enviarlos a la cámara de gas. Una noche, a las diez menos cuarto, el doctor Pannwitz se acercó a Viktor, que paseaba por el patio central, y le dijo:

-He hecho saber en el cuarto de mando que to­davía se puede borrar tu nombre de la lista; tienes de tiempo hasta las diez.

-Gracias, doctor Pannwitz, prefiero irme con los demás -le contestó Viktor.

-¿Pero y si os llevan a Auschwitz y sus cámaras de gas?

-He aprendido a dejar que el destino siga su curso.

Los ojos del doctor Pannwitz tenían una expre­sión de piedad, como si comprendiera. Estrechó la mano de Viktor en silencio, a modo de adiós, no para la vida, sino desde la vida.

Despacio, el psiquiatra volvió a su barracón y allí encontró a su buen amigo Otto esperándole:

-¿De verdad quieres irte con ellos? -le dijo con tristeza.

-Sí, voy a ir.

A Otto se le saltaron las lágrimas, y Viktor trató de consolarle:

-Todavía me queda algo por hacer, Otto: expre­sarte mi última voluntad.

-Tú dirás…

-Otto, escucha, en caso de que yo no regrese a casa, junto a mi mujer, y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba de ella a diario, continua­mente. Recuérdalo. En segundo lugar, que la he ama­do más que a nadie. En tercer lugar, que el breve tiempo que estuve casado con ella tiene más valor que nada, que pesa en mí más que todo lo que he­mos pasado aquí.

-De acuerdo, de acuerdo… -a pesar de sus lá­grimas de niño, Otto trató de memorizar todo, pala­bra por palabra.

-Y, si te acuerdas -Viktor le animó-, dile que, para mí, el mundo gira siempre enamorado, como los pendientes que le regalé.

A la mañana siguiente, Viktor partía con el trans­porte.

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