Piénsalo un poco

Miércoles, 6 agosto, 2008

Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó a ellos solos a un monte alto, y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él (Evangelio del día)

Fue un regalo inesperado del Cielo: ver al Maestro al descubierto, en el resplandor de su gloria, en compañía de los dos más grandes personajes representativos de Israel. Piénsalo un poco: ¿qué habría sucedido si Jesús hubiera venido a la Tierra “destapado”? ¿Quién hubiera podido abofetear una Faz Radiante? ¿Quién se hubiera atrevido a emplear un látigo contra un Cuerpo Resplandeciente? ¿Quién no hubiera doblado su rodilla de forma inevitable ante esta Presencia Transfigurada? Pero entonces, piénsalo un poco, el amor… El amor habría sido como arrancado a la fuerza, por la fuerza de una Majestad Irresistible… Hoy en día se emplea mucho esta palabra: irresistible. Ellos, y ellas, como quieren estar “irresistibles” tienen que mostrarlo todo… Dios, que sabe de Amor, oculto pudorosamente lo que le habría hecho irresistible. Piénsalo un poco.

Es tanta la felicidad de la visión en Pedro que exclama sin poderse contener: Señor ¡qué bien se está aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Podemos imaginar a Pedro recordando aquel momento, como el que cuenta algo muy íntimo a unos amigos: “Allí, por unos instantes, nos olvidamos de todo. Todo parecía como ridículo, insignificante… ¡Nada! Allí, sólo Cristo importaba, y lo demás era nada, nada, nada… Allí, sus manos claras… Sus labios, sonriendo… Sus cabellos, iluminando el aire… Sus ojos, abiertos a lo eterno… Su pecho, ardiendo… Sus pies, besando la tierra… Allí, sólo él importaba, y nadie más, nada más… Fueron sólo unos instante, al menos eso nos pareció…”. Pedro emocionado, guardo silencio. -¿Y, después? Preguntó impaciente uno de los que le escuchaban. – ¿Después? -continuó Pedro- Después, otra vez lo de siempre. Hubo que bajar del monte, y entonces la vida, los problemas cotidianos, las dudas y recelos, las humillaciones, los empeños personales, los planes y proyectos, los padecimientos y las risas… Todo volvió a gritar con la misma fuerza de siempre, pero su grito ya no era como antes. A partir de entonces, sabíamos que aquello no era lo importante. Después de aquello, una voz lejana y cercana nos recordaba: “No importa… Eso no importa… Sólo Cristo; sólo Cristo importa…”. (cfr. J.F. Rey Ballesteros)

No me importa decirte que el Señor, algunas veces, me ha concedido como chispazos de luz, a penas han sido unos instantes en toda mi vida, como a Pedro me parecieron muy breves. Pero lo normal es ir a contrapelo. Sigo mi plan de vida me guste o no me guste, porque debo hacerlo, por Amor a mi Señor. Quizás te preguntes: pero ¿se puede interpretar una comedia con Dios? ¿No es eso una hipocresía? Te responde un santo: “Quédate tranquilo: para ti ha llegado el instante de participar en una comedia humana con un espectador divino. Persevera, que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, contemplan esa comedia tuya; realiza todo por amor a Dios, por agradarle aunque a ti te cueste” (de san Josemaría).

Y cuando llegue la noche oscura, acudiremos a Ella: Madre ¡reaviva en nuestra memoria las brasas de esos dardos de luz que un día se clavaron en nosotros. ¡Que recordemos, Madre, que recordemos!


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