“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

En este capítulo, a través de gestos sencillos descubrimos la importancia de la amistad, del consejo amigo. Un saludo y un comentario salvaron la vida de Víktor Frankl y con él se salvaron otras muchas personas. ¡Cuanto puede llegar a depender de una indicación amiga en el momento oportuno!. El discurso que gracias a Walter Bonn puede dar Víctor en el barracón es una joya que vale la pena leer despacio.

En aquella situación, un día a la hora de almorzar en el trabajo, Viktor sacó de su bolsillo un cigarro que había obtenido a cambio de prestar un servicio a otro preso. El psiquiatra no fumaba. Pero, al igual que en Auschwitz, un cigarrillo constituía algo muy valioso: una especie de moneda con la que podían adquirirse otras cosas. Por ejemplo, alimentos.

Cuando los prisioneros se reagruparon para reci­bir en sus escudillas la sopa aguada y el trozo de pan negro, Viktor se acercó a un preso, que era un fuma­dor empedernido.

-¿Quieres este cigarro a cambio de tu sopa? -¡Por supuesto! -respondió el otro, a sabiendas de que aquella sopa no era más que agua caliente, con un ligerísimo olor a humo de carne-. Me basta con mi pan negro.

Viktor se retiró a beber la sopa, observando cómo volvía al trabajo otra fila de presos que ya habían re­cibido el rancho. Entre ellos, marchaba Alberto, el italiano que cantaba arias en Auschwitz. Se cruzaron un breve saludo. Fue suficiente. Su amigo se dio cuenta de que había visto a un «musulmán».

Al cabo de un rato, mientras Viktor apuraba los restos de sopa, se le acercó un prisionero.

-Hola, Viktor -le dijo-. ¿No te acuerdas de mí? Soy Benscher, un amigo de Alberto.

-¡Ah, sí: Benscher! -disimuló el psiquiatra, sin reconocerlo.

-¡Escúchame bien! -el recién llegado habló con energía-. ¡Estas muy delgado y sin afeitar!…

-¡Bah! ¿Y qué? -A Viktor parecía no importar­le nada.

-¡Y pesimista! -añadió Benscher-. ¡Reaccio­na, Viktor! ¡Es urgente! ¡No te des por vencido: por­que te estás convirtiendo en un «musulmán»!

Entonces el psiquiatra comprendió que su lamen­table estado le llevaría, antes o después, a la muerte.

-Un millón de gracias, Benscher. Y dáselas tam­bién a Alberto, que te ha enviado. Dile que echo de menos sus canciones.

A partir de ese momento, Viktor reaccionó con un vigor nuevo. No sólo se afeitaba a diario, sino que se decidió a reconstruir su libro El médico y el alma, para lo cual consiguió que el jefe del barracón, Walter Bonn, le proporcionase formularios de las SS. Él es­cribiría detrás del papel, por la parte no rellenada. Y, además, pudo sacar a Otto de su lamentable situación. Leer el resto de esta entrada »

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