“Cuando el mundo gira enamorado” de Rafael de los Ríos

Seguimos con este impresionante relato. En este capítulo se nos dice el motivo del título del libro: unos pendiente que Frank regalo a Tilly el día de su primer aniversario de boda llevaban gravados ese lema. También descubrimos la fuerza del amor humano en los momentos más duros de un hombre y como la existencia de Dios se presenta como algo esencial para dar sentido a la vida, aunque sea una vida que parece ir apagando su luz poco a poco entre las tienieblas…

Viktor acudió a la habitación del médico jefe, acompañado por Otto, pues éste supo que allí regala­ban té. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos íntimos del doctor Pannwitz y, tam­bién -por supuesto de forma totalmente ilegal- ­como en la sesión anterior, el oficial alemán a cargo del escuadrón sanitario.

Esta vez la sesión no tuvo éxito, y los contertulios se dedicaron a contar chistes. Las risas atrajeron a Johann Meinong, el llamado «kapo asesino», quien, al ver en la habitación al oficial alemán, entró sin re­milgos. Entonces el médico jefe le pidió algo insó­lito:

-¡Vamos Johann: recítanos ese poema de amor compuesto por ti!

-¡Sí, sí; es el poema más famoso de todo el campo! -intervino el oficial alemán.

El «kapo asesino» no necesitaba que se lo repitie­ran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que leyó algunas muestras de su arte. Con un ojo más cerrado que el otro, cabeza cuadrada estilo Frankestein y voz cavernícola, que jugaba ahora a ser dulce, el kapo inició un espec­táculo que movía a la carcajada.

-Procura que no te dé la risa -susurró Otto al oído de Viktor-. Ya sé que es difícil. Pero ahora lo importante es aplaudir a nuestro kapo amoroso.

Rudo como un orangután, Johann Meinong leía con orgullo los siguientes versos:

«Mi quieto corazón se inquieta por ti, y mi alma se calma por tu ternura, pues te amo con tanta hartura que no puedo vivir ya más así. »

Al borde del ataque de risa, Viktor se mordía los labios hasta hacerse sangre. Estaba a punto de soltar una sonora carcajada, cuando Otto le golpeó en la espinilla: Aguanta, Vikor -le dijo-. Sé fuerte y aplau­de con ganas. -No creo que lo resista -replicó el psiquiatra.

El dulce «kapo asesino» prosiguió su grotesca lectura:

«Te quiero porque quiero quererte, te amo porque amo amarte, te adoro porque adoro adorarte y te beso porque… porque beso besarte.»

Viktor y Otto aplaudieron con todas sus fuerzas. Había lágrimas en sus ojos, fruto de la risa contenida. -Más aplausos, más, más -le insistió Otto, en voz baja. -Te comprendo -susurró Viktor, sin dejar de aplaudir-. Siempre resulta útil que el «kapo asesí­no» nos conozca desde un ángulo favorable.

Acabada la fallida sesión de espiritismo, Viktor y Otto regresaron a su barracón. Y, mientras Otto tre­paba hacia la litera de arriba, Viktor se despidió así: -Y me duermo porque me duerme dormir…

Al día siguiente, a las seis de la mañana, Viktor se encontraba ya en el trabajo, cavando una trinche­ra. Amanecía. Era un amanecer gris. Gris se veía el cielo, y gris la nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal vestían los prisioneros, y grises sus rostros.

De repente la imagen de Tilly surgió frente a él, y Viktor comenzó a recrearse en los hechos pasados: no en los más importantes, sino en sucesos de apariencia insignificante. Por ejemplo, recordó cómo en el cam­po de concentración de Theresienstadt, cuando Tilly cumplía 23 años, le regaló un trozo de tarta que había podido conseguir. Envuelto en papel de plata, el dulce iba acompañado de una pequeña tarjeta donde Viktor había escrito: «En este día tan especial, deseo para mí que tú seas verdaderamente tú misma». «¡Qué curioso!, pensó. En su cumpleaños yo deseé algo para mí, y no para ella. Y lo que deseé fue que se mantuviese fiel, no a mí, sino a ella misma».

La nostalgia embellecía este recuerdo, confirién­dole un matiz entrañable. Entonces la imaginación del psiquiatra cambió de mundo y se trasladó a Viena, justamente al día en que Tilly celebraba su pri­mer cumpleaños al lado de Viktor. Él le regaló unos pendientes.

-Pero no son unos pendientes cualquiera ¡eh, Tilly! -Viktor hizo hincapié en ello al entregárse­los-, sino dos pequeños globos que representan la Tierra; dos globos de oro, con los océanos esmalta­dos de azul, y sobre la banda del Ecuador, también dorada, una inscripción donde puede leerse: «El mundo gira enamorado». El dueño de la tienda me ha dicho que son los únicos pendientes de esta clase que existen en Viena`.

«¡El mundo gira enamorado!», repitió Viktor una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas, mientras clavaba el pico en la nieve. «¡El mundo gira enamo­rado!» Era como una última y violenta protesta con­tra su propia muerte, que a él le parecía inminente. Y se preguntó:

-¿Existe realmente Dios? ¿Existe lo que da sen­tido a todos los sentidos de la vida? ¿Existe el Valor de los valores? Y sintió que su espíritu trascendía aquel mundo desesperado, insensato. Y desde alguna parte escu­chó una afirmación victoriosa: -Sí.

En aquel momento se encendió una luz en el ho­rizonte, que se quedó allí fija, como si alguien la hu­biera pintado, en el amanecer gris de Baviera. «Et lux in tenebris lucet, y la luz brilló en la oscuridad» -repitió Viktor.

Estuvo muchas horas, repitiendo estas palabras y golpeando con su pico el terreno helado. Un kapo pasó junto a él.

-¡Eh, tú, cerdo: trabaja más duro! -le gritó. Ajeno a todo, una vez más volvió a conversar con Tilly. La sentía presente a su lado, tan cerca que te­nía la sensación de que podía tocarla, de que si ex­tendía su mano tomaría la suya. La sensación era te­rriblemente fuerte:

-¡Sé, Tilly, que tú estás realmente aquí! -ex­clamó.

Y, entonces, en ese mismo instante, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a Viktor, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se le quedó mirando fijamente.

Transcurrieron muchos amaneceres grises en Ba­viera, amaneceres de nieve pálida y de trabajos ago­tadores. A medida que pasaban las jornadas de inter­namiento, el psiquiatra se sentía cada vez más débil: había agotado la poca energía que le quedaba, y arrastraba el pellejo de sus huesos con un ánimo tris­te, inusual en él.

De aquellas palabras, «et lux in tenebris lucet, y la luz brilló en la oscuridad», parecía que la luz se había apagado y que sólo se palpaba la oscuridad. Y esa oscuridad envolvía su rostro, porque ya ni si­quiera se afeitaba. En definitiva, Viktor se había convertido en «un musulmán». Y todos sabían que ser «un musulmán» significaba ir destinado a un «convoy de enfermos» que lo devolvería al horno de Auschwitz.

Quizá su amigo Otto podría haber advertido la si­tuación de Viktor. Sin embargo, el veterano prisione­ro atravesaba también momentos difíciles. Una epide­mia de tifus azotaba el campo, y Otto daba muestras de haber contraído la enfermedad. Difícilmente un «musulmán» era capaz de sacar adelante a otro «musulmán».

One Response to “«Et lux in tenebris lucet, y la luz brilló en la oscuridad»”

  1. Elena Says:

    Bueno a estas alturas ya lo sabrá
    he suspendido
    más bien ha habido 1 aprobado y 6 plazas desiertas
    esta vez la excusa es que no cumpliamos el tamaño de letra y espaciado indicado por boletín y recordado por inspección de Burgos, por lo que el 40% de la nota era de entrada un 0
    en fin, ahora tiene que rezar para que me pongan bien la puntuación de interina y mi destino en principio será Burgos, si Dios quiere
    Voy a necesitar otro ca para recuperarme de esta última excusa para suspendernos, c’est la vie


Leave a Reply