Lo que permanece oculto en el rescoldo
Miércoles, 23 Julio, 2008
Al leer la parábola de la vid y los sarmientos del Evangelio de hoy, se percibe una palabra que, como el golpeteo del agua sobre la roca, se repite una y otra vez: “permaneced en mi (…), si no permanece en la vid (…), si no permanecéis en mí (…), el que permanece en mí (…), al que no permanece en mí (…), si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros”... Esa palabra es la que quiere el Señor permanezca en nuestra mente y en nuestro corazón.
A cualquier observador atento no le habrá pasado inadvertida la multiplicación de los patronos de Europa en los últimos años: además de San Benito, contamos con Santa Catalina de Siena, los santos hermanos Cirilo y Metodio, Santa Teresa Benedicta de la Cruz y, hoy es la festividad de Santa Brígida de Suecia, nacida en el año 1303. Algo, sin ninguna duda, está oprimiendo el corazón de Cristo cuando pide este refuerzo de intercesión a su Iglesia en Europa. Una Europa que huye de sus raíces cristianas, que no quiere permanecer en Cristo.
En su reciente y exitoso viaje a Australia, Benedicto XVI ha denunciado algunas de las consecuencias de esta huida en el discurso a los jóvenes en el muelle “Barangaroo East Darling” (Sydney, 17 de julio) al preguntarse: ¿Cómo es posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?”. Efectivamente, esta es la gran tragedia de nuestro tiempo y no tiene hoy día sino una voz capaz de denunciarla, la voz de la Iglesia en Benedicto XVI. “Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas”. Benedicto XVI sabe que hay una Verdad, una Verdad absoluta, lejos de la cual el hombre se pierde y se desintegra… “no sólo el entorno natural, sino también el social -el hábitat que nos creamos nosotros mismos- tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio”. Una Europa que se desangra por las heridas que necesitan ser sanadas por Cristo: “Es Él quien nos revela completamente las capacidades humanas para la virtud y el bien; Él es quien nos libera del pecado y de las tinieblas” (cfr. Encuentro con los representantes de otras religiones (Sydney, 18 de julio).
Pero la semilla de Santa Brígida no ha muerto todavía en Europa. Por eso vamos tu y yo a acudir a Santa María: El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza (San Josemaría en Camino 492)


