La gente sencilla

Miércoles, 16 Julio, 2008

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla”. Nos recuerda en Evangelio de hoy.

Imitando a Enrique Monasterio, también yo tengo “recuerdos de alumno”. Aún recuerdo cuando me decía uno de mis profesores del seminario: “Mira Rafa, se aprende más de rodillas, en media hora, con la mirada fija en el Sagrario y el corazón contrito y humillado, que en cinco años estudiando Teología. Hay que estudiar y formarse, sí… Pero, mira, todo cuanto estudies se te descubrirá en esa media hora. Sin ella, te creerás que sabes algo. Después de ella, sabrás que todo lo que has aprendido es solo como un chispazo desprendido del sol”. Han pasado los años y solo pudo rubricar la verdad de aquellas palabras.

Ayer mientras disfrutaba de la deliciosas tardes que nos ofrece este verano, en un instante se me escapo: “¡Señor, si no soy nada!”… Y lo volví a experimentar una vez más: se avanza más en el camino abandonándose en los brazos abiertos de mi Señor, que en los muchos propósitos de mis ratos de oración. Que hay que hacer propósitos, nadie lo duda… Pero si aprendemos a transformar los propósitos en peticiones, mejor.

El Evangelio tiene sus secretos y este es su regalo para hoy: sólo de rodillas (así nos hacemos pequeños) recibirás el Amor. Si quieres recibir lo más grande tendrás que hacerte muy pequeño, sencillo, y entonces Él te cogerá y te levantará como un Padre levanta hacia el cielo a su hijo pequeño: un Dios que “enaltece a los humildes”.

Hoy, 16 de julio, es además el día de la Virgen del Carmen, y aprovecho para felicitar a todas las Cármenes (incluida mi madre y hermana mayor). En mi familia, quizás por las raíces cántabras, somos muy devotos de esta advocación, y desde pequeños llevamos la medalla del Carmen o escapulario. La palabra “escapulario” es un vestido superpuesto, que llevan los monjes durante el trabajo manual. Con el tiempo se le fue dando un sentido simbólico: el de llevar la cruz de cada día, como discípulos, y seguidores de Jesús. En algunas Ordenes Religiosas como el Carmelo, el Escapulario pasó a simbolizar la dedicación especial de los Carmelitas a María, la Madre del Señor, y a expresar la confianza en su protección maternal; el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás. Se transformó en un signo mariano.

Desde niño me gusta llevarlo como si fuera un collar con el nombre de mi Dueña. Es un signo de mi pertenencia a María. Cada vez que me llevo la mano al pecho y lo palpo me siento orgulloso de haber ofrecido a la Virgen mi vida y mi sacerdocio. Me complazco y descanso cuando repito, una y otra vez: “Soy de María”. Eso significa para mi el escapulario del Carmen.

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