¿Qué es la democracia?
Lunes, 16 junio, 2008
ALGUNOS AFIRMAN QUE como las dos definiciones más arraigadas de democracia son: la americana: «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», (Abraham Lincoln) y la de Juan Jacobo Rousseau que la define como: el reino de «la voluntad general», y que según esto, pueden afirmar que la democracia, no ha existido nunca en ninguna parte. Efectivamente –siguen diciendo-, jamás se ha visto a un pueblo gobernarse a sí mismo (a excepción de los pequeños cantones suizos donde es posible reunir a toda la población en la plaza del pueblo y consultarle cualquier cosa) y respecto a «la voluntad general» (no confundir con la expresión de una mayoría), en lo que supone de anulación de todas las voluntades particulares, no se da –según ellos- tal género de abnegación más que en los monasterios contemplativos.
SIN EMBARGO, hemos de aceptar que la democracia es el sistema de gobierno más generalmente admitido en la actualidad, y hay que reconocer su existencia puesto que tantos pueblos tienen a gala llamarse democráticos.
POR ESOS OTROS DICEN QUE, aunque la fórmula americana sea una manera romántica de recordar que el pueblo tiene la primera y la última palabra (la primera, por la designación de los elegidos; la última, por su eventual revocación) y sea cierto que en el intervalo, el pueblo no tiene la palabra, y aunque la teoría de J. J. Rousseau sea impracticable (según confesión del propio autor)… No obstante, todo el pensamiento político moderno ha sido inspirado por estas ideas y ha tomado históricamente dos direcciones: una condujo al totalitarismo, en el que “la voluntad general” (haciendo desaparecer una tras otra las voluntades particulares) se expresa finalmente por un solo hombre que pretende hacerla coincidir con el sentido mismo de la historia; la segunda vía es la de las democracias actuales, en las que la voluntad de la mayoría ocupa el lugar de la “voluntad general”, perpetuándose así los conflictos internos de las sociedades, conflictos que la alternancia en el poder atenúa pero no resuelve, y albergando en su interior la mala conciencia de no poder, sin autodestruirse, asegurar a cada individuo la libertad integral que debería desprenderse de su soberanía de principio.
A pesar de los pesares, las democracias occidentales tienen sus ventajas: ofrecen al ciudadano de a pie un gran número de recursos contra la arbitrariedad, protege del absolutismo, y mientras sigan las cosas así, parece que es el régimen más aguantable y llevadero.


