Formación y creatividad

Martes, 10 junio, 2008

ALGUNOS PIENSAN que formar a otros en valores supone una imposición de dichos valores; que formar a otros en unos valores determinados es forzar a las personas, ahormarlas, someterlas a una influencia más o menos autoritaria y, en esa medida, destructora de la originalidad personal. Por eso –dicen- que debería ser cada uno quien reconozca los valores que le interesen y adoptarlos libremente.

SIN EMBARGO, parece claro que toda nuestra existencia está tejida con aportaciones de los demás, y que sería ridículo querer eludir de modo absoluto su influencia.

POR ESO OTROS DICEN que basta observar el proceso que sigue cualquier persona desde su nacimiento: el hombre viene al mundo como el más desvalido de los vivientes, incapacitado para casi todo durante largos años; y así como su desarrollo corporal no se produce sin una alimentación proporcionada por otros, algo parecido ocurre con su inteligencia, cuya potencialidad se desarrolla mediante la influencia de los demás. De hecho, los escasos ejemplos conocidos de niños que se criaron de modo salvaje, al margen de la civilización, muestran a las claras esta realidad.

Es cierto que conviene dejar un margen amplio a la creatividad personal, pero teniendo en cuenta que la verdadera creatividad no es ni el originalismo necio, vanidad pseudoinfantil de quien busca llevar la contraria a todo lo establecido, confundiendo la espontaneidad con la sabiduría; ni tampoco el originalismo mimético de esa gran oleada de mediocres que sigue a los verdaderos creadores, imitando ingenuamente su estilo sin llegar a captar su sustancia.

Por eso, aunque ciertamente existe el peligro de que la formación acabe transformándose en una cierta dominación por parte de otra persona, conviene distinguir —como ha escrito José Antonio Ibáñez-Martín— que una cosa es recibir ayuda, hacer uso de esa segunda mano que se nos ofrece, y otra muy distinta es convertir nuestra vida en una existencia de segunda mano. Son cosas bien distintas, y de una no hay por qué pasar a la otra.

¿Dónde está el límite entre una influencia realmente formadora y legítima, y otra que fuera autoritaria e invasora? Para que esa influencia sea legítima, es preciso que busque formar una auténtica interioridad en aquellos a quienes se dirige. Un sólido núcleo interior personal que no deje a la persona a merced de los vaivenes de la moda del mundo del pensamiento y que le permita resistir a las tendencias superficializadoras y dispersoras de cada época.

Quien asume la tarea de formar, ha de procurar siempre hacer pensar, despertar en su interior al artista latente que esculpirá desde dentro su propia obra. Una obra que muchas veces será imprevisible para nosotros, y quizá extraña a nuestros deseos. Mediante la formación, no tratamos de conseguir la realización de unos actos determinados, ni buscamos simplemente transmitir unos criterios de conducta, por acertados que éstos fueran: se trata de buscar en cada persona el desarrollo más plenamente humano de sus capacidades, de modo que de ahí fluya con naturalidad un modo de ser y de actuar acorde con la formación que se ha ido asimilando.

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