El Caballero de la armadura oxidada (3b)

Sábado, 17 mayo, 2008

El caballero de la armadura oxidada de Robert Fisher

Capítulo III: EL SENDERO DE LA VERDAD (segunda parte)

Terminamos hoy este tercer capítulo dedicado al Sendero de la Verdad. Este Sendero como os habréis dado cuenta es el sendero del conocimiento propio -el famoso dicho: “conócete a ti mismo”-, que nos liberará de la vanidad que nace de darle prioridad a lo qué piensan los demás de nosotros y de la arrogancia que nace de un desconocimiento ciego de nuestros defectos. Se trata pues de buscar la verdad sobre nosotros mismos.

El caballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y estrecha senda. Des­aparecía entre los altos árboles que sobresalían hacia unas nubes bajas. Presintió que este viaje sería mucho más difícil que una cruzada.

Merlín sabía lo que el caballero estaba pen­sando.

-Sí -afirmó-, es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.

-¿Cómo haré eso? -preguntó el caballero. -Empezaréis por aprender a conoceros -res­pondió Merlín-. Esta batalla no se puede ganar con la espada, así que la tendréis que dejar aquí -la tierna mirada de Merlín descansó en el caba­llero por un momento. Luego añadió-: Si os en­contráis con algo con lo que no podáis lidiar, llamadme, y yo acudiré.

-¿Queréis decir que podéis aparecer donde­quiera que yo me encuentre?

-Cualquier mago que se precie lo puede hacer -replicó Merlín. Dicho esto, desapareció.

El caballero quedó asombrado. -¡Pero bueno… si ha desaparecido!

Ardilla asintió.

-A veces realmente la hace buena.

-Gastaréis toda vuestra energía hablando -les riñó Rebeca-. Pongámonos en marcha.

El yelmo del caballero emitió un chirrido cuan­do éste asintió. Partieron con Ardilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca sobre su hombro. De tanto en tanto, Rebeca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de lo que les esperaba más adelante.

Después de unas horas, el caballero se derrum­bó, exhausto y dolorido. No estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de todas maneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron parar para dormir.

Rebeca voló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó a través de los orifi­cios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y llenó algunas cáscaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita que Merlín le había proporcionado. Demasiado agota­do como para esperar a que Ardilla le preparara más nueces, se quedó dormido.

A la mañana siguiente le despertó el sol cayen­do sobre sus ojos. La luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mien­tras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excita­ción. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.

¡Una parte de su visera se había roto y se había caído!

«¿Cómo habrá sucedido?», se preguntó. Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.

-Se ha oxidado y se ha caído.

-Pero ¿cómo? preguntó el caballero. -Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo -dijo Rebeca.

El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágri­mas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.

-¡Eso es! -gritó-. ¡Las lágrimas de auténti­cos sentimientos me liberarán de la armadura!

Se puso de pie más rápido de lo que había hecho en años.

-¡Ardilla! ¡Rebeca! -gritó-. ¡Espabilad! ¡Vamos al Sendero de la Verdad!

Rebeca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole al caballero que no le dijeron que su rima era malísima. Los tres con­tinuaron la ascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Notó las diminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a través de las ramas de los árbo­les. Miró con detenimiento las caras de algunos petirrojos y vio que no eran todas iguales. Le co­mentó esto a Rebeca, que dio pequeños saltitos, arrullando alegremente.

-Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis empezando a ver las diferencias en vuestro interior.

El caballero intentó comprender qué quería de­cir Rebeca exactamente. Era demasiado orgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un caba­llero tenía que ser más listo que una paloma.

En ese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba alborotada.

-El Castillo del Silencio está justo detrás de la próxima subida.

Emocionado ante la idea de ver el castillo, el caballero apuró el paso. Llegó a la cima del monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía a lo lejos, bloqueando el sendero por completo. El ca­ballero les confesó a Ardilla y a Rebeca que esta­ba decepcionado. Había esperado una estructura más elegante. En lugar de eso, el Castillo del Si­lencio parecía uno más.

Rebeca rió y dijo:

-Cuando aprendáis a aceptar en lugar de es­perar, tendréis menos decepciones.

El caballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.

-He pasado casi toda mi vida decepcionándo­me. Recuerdo que, estando en la cuna, pensaba que era el bebé más bonito del mundo. Entonces mi niñera me miró y dijo: «Tenéis una cara que sólo una madre podría amar». Me sentí decepcio­nado por ser feo en lugar de hermoso, y me decep­cionó que la niñera fuera tan poco amable.

-Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo que ella dijo. No os hubierais sentido decepcionado -explicó Ardilla. Esto tenía sentido para el caballero

-Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas.

-El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros -replicó Ardilla.

-No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo -lijo Rebeca-. Los animales acep­tan y los humanos esperan. Nunca oiréis a un co­nejo decir: «Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar». Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.

El caballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera feliz simplemente por ser una persona.

Al poco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero cogió la llave dorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y mientras abría la puerta, Rebeca le dijo:

-Nosotras no iremos contigo.

El caballero, que estaba empezando a amar y a confiar en los animales, se sintió decepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de decirlo, cuando se dio cuenta. Estaba esperando otra vez.

Los animales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.

-Os podemos mostrar la puerta -dijo Ardi­lla-, pero tendréis que entrar solo.

Al alejarse volando, Rebeca le llamó alegre­mente.

-Nos encontraremos al otro lado.

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