Aquellos ojos claros

Viernes, 28 marzo, 2008

“Cuando el mundo gira enamorado”
de Rafael de los Ríos.
Seguimos con este texto que es continuación del de ayer.
Enseguida se oyeron fuertes voces de mando. Ha­bía aparecido un oficial de las SS para asistir a la re­vista. Y todos tuvieron que agruparse según diversos criterios: prisioneros de más de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal, mecáni­cos o enfermos con hernias.

Arrancado de los demás médicos, Viktor fue lle­vado a otro barracón, donde los formaron en línea, con vistas a una nueva selección. El psiquiatra esta­ba triste: se encontraba ahora no sólo muy lejos de sus colegas, sino también entre extranjeros que ha­blaban lenguas ininteligibles.

El oficial de las SS que realizaba la selección se acercó a él.

-¿Edad? -preguntó. -Treinta y nueve años. -¿Profesión? Fiel a su norma de decir sólo y únicamente lo que le preguntaban, sin especificar más datos, Viktor res­pondió: -Médico. -¿Especialidad? -insistió el oficial esta vez. El psiquiatra tardó en responder. Miró fijamente a los ojos azules del hombre de las SS. Y ambas mira­das -azul contra negro- se entrecruzaron fríamente.

Pero no. Esa mirada no se cruzó entre dos perso­nas. El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas parecía decir: «Esta cosa despreciable que hay ante mí pertenece, como todos los judíos y gitanos, a un género al que es obviamen­te indicado suprimir».

Ojos azules contra ojos negros. Y pelo rubio res­plandeciente contra pelo moreno rapado. Y manos limpias contra manos mugrientas. Y uniforme impe­cable de las SS contra uniforme rayado andrajoso. «Esto que tengo ante mí -parecían repetir las pupi­las azuladas- merece sin duda la cámara de gas. Pero antes conviene considerar si, en este caso con­creto, posee algún elemento utilizable».

-¡Especialidad! -el oficial de las SS se impa­cientó.

-Especialista en Psiquiatría y Neurología -res­pondió al fin Viktor.

Entonces el oficial ordenó que otros prisioneros veteranos, con mando en Auschwitz, lo enviasen a un grupo más reducido, quizás porque no compren­día del todo qué significaba la segunda palabra: «Neurología».

De nuevo le condujeron a otro barracón y le agru­paron de forma diferente, junto a personas que ha­blaban todas las lenguas de Europa. «¿Qué ocurrirá después?», era la pregunta que golpeaba el cerebro de Viktor. Y lo que sucedió después, y durante todo el día, fue el mismo proceso. Selecciones y más se­lecciones.

Por fin, pasó la última selección y se encontró de nuevo en el grupo de médicos con quienes había pernoctado en el primer barracón. Fue plenamente consciente de que en las horas transcurridas se había cruzado con un destino distinto en cada ocasión.

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