Aquellos ojos claros
Viernes, 28 marzo, 2008
“Cuando el mundo gira enamorado” Seguimos con este texto que es continuación del de ayer.
Arrancado de los demás médicos, Viktor fue llevado a otro barracón, donde los formaron en línea, con vistas a una nueva selección. El psiquiatra estaba triste: se encontraba ahora no sólo muy lejos de sus colegas, sino también entre extranjeros que hablaban lenguas ininteligibles.
El oficial de las SS que realizaba la selección se acercó a él.
-¿Edad? -preguntó. -Treinta y nueve años. -¿Profesión? Fiel a su norma de decir sólo y únicamente lo que le preguntaban, sin especificar más datos, Viktor respondió: -Médico. -¿Especialidad? -insistió el oficial esta vez. El psiquiatra tardó en responder. Miró fijamente a los ojos azules del hombre de las SS. Y ambas miradas -azul contra negro- se entrecruzaron fríamente.
Pero no. Esa mirada no se cruzó entre dos personas. El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas parecía decir: «Esta cosa despreciable que hay ante mí pertenece, como todos los judíos y gitanos, a un género al que es obviamente indicado suprimir».
Ojos azules contra ojos negros. Y pelo rubio resplandeciente contra pelo moreno rapado. Y manos limpias contra manos mugrientas. Y uniforme impecable de las SS contra uniforme rayado andrajoso. «Esto que tengo ante mí -parecían repetir las pupilas azuladas- merece sin duda la cámara de gas. Pero antes conviene considerar si, en este caso concreto, posee algún elemento utilizable».
-¡Especialidad! -el oficial de las SS se impacientó.
-Especialista en Psiquiatría y Neurología -respondió al fin Viktor.
Entonces el oficial ordenó que otros prisioneros veteranos, con mando en Auschwitz, lo enviasen a un grupo más reducido, quizás porque no comprendía del todo qué significaba la segunda palabra: «Neurología».
De nuevo le condujeron a otro barracón y le agruparon de forma diferente, junto a personas que hablaban todas las lenguas de Europa. «¿Qué ocurrirá después?», era la pregunta que golpeaba el cerebro de Viktor. Y lo que sucedió después, y durante todo el día, fue el mismo proceso. Selecciones y más selecciones.
Por fin, pasó la última selección y se encontró de nuevo en el grupo de médicos con quienes había pernoctado en el primer barracón. Fue plenamente consciente de que en las horas transcurridas se había cruzado con un destino distinto en cada ocasión.


