En Nazaret (y 2)

Viernes, 7 Marzo, 2008

Tras celebrar la Misa en la Basílica de la Anunciación nos dirigimos a la Iglesia de san José. Allí se encuentra la gruta que sirvió de hogar a la Sagrada Familia durante casi 30 años. Se trata de una gruta con dos estancias y un largo pasillo que las comunica. Jesús, ¡el hijo del carpintero! Resulta fácil imaginar a Jesús niño corriendo y jugando dentro de la gruta; y ver a José como le enseña a trabajar: Jesús, ven, coge así esta madera, y luego José pondría delicadamente su poderosa mano sobre la manita de Jesús, y con fuerza aserraba aquella madera, arrastrando y protegiendo la manita de su hijo, enseñándole así las artes del oficio…

La Nazaret arqueológica del siglo I era una colina horadada que formaba una aldea pequeñísima de apenas unas 40 o 50 grutas, con una población cercana a 400 personas. No se menciona en ningún momento en el AT y resulta comprensible la afirmación de Natanael: ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Todo el antiguo poblado no abarcaba más de 200 x 150 m. Las grutas normalmente consistían en dos estancias contiguas de unos 3 x 3 m. cada una. En la primera, la catalima, vivía la familia y en el fondo, más bajo, estaba la estancia de los animales, donde podía encontrarse un pesebre, una repisa para el trigo, un lugar para amasar y hacer el pan, etc.

La foto de la izquierda está tomada de una gruta de allí mismo (las dos columnas son modernas). Es de suponer que debían emplear lámparas para poder ver en aquella oscuridad, así se explican lo ejemplos de que hubiera que barrer para encontrar la dracma perdida y de que bastase poner una luz en el candelero a fin de que alumbre a todos en la casa… Se dormía en el suelo, quizás con un poco de paja debajo. Nos resulta difícil imaginar como sería la vida en aquel lugar, sin calefacción, ni agua corriente, ni luz… La dureza de aquella vida, la sobriedad de su alimentación: no conocían el azúcar, la carne era un lujo poco común… Nos dejó impresionados a todos. Muchas de las parábolas y ejemplos de Jesús están –muy probablemente- sacados a los recuerdos de su vida en Nazaret.

Después de visitar la gruta de la casa de José, subiendo por el zoco, llegamos a la parroquia de los griegos católicos, llamados melquitas; junto a ella un sencillo edificio 9 x 8 m. quiere recordar la sinagoga que existía en Nazaret en tiempos de Jesús; aquella sinagoga en la que el Señor dio comienzo oficial a su misión. Nos sentamos en silencio y casi podíamos imaginar la escena: el Señor fue invitado. Se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron el rollo del profeta Isaías, lo abrió y leyó: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de Salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en que el Señor perdonará a su pueblo». (Is. 61, 1-2).
Jesús se sentó ante la mirada expectante de los presentes, sus convecinos que El conocía desde niño, y dijo: «Hoy, ante de vosotros, se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de sus palabras. Se preguntaban: –¿No es este el hijo de José?

Fue una jornada inolvidable la de Nazaret. Tras dar un largo paseo por la ciudad, regresamos, ya oscurecido, al autobús que nos dejó en Tiberiades donde pasaríamos la última noche en la región de Galilea.

Leave a Reply